Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Orar me lleva a conocerme y conocer a Dios encendiendo el deseo de encontrarme con Él, de escucharle, acogerle, amarle y servirle.

Homilía i273006a, predicada en 20171011, con 4 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Hoy escuchamos en el Evangelio tomado del comienzo del capítulo 11 de San Lucas, hoy escuchamos cómo los apóstoles le piden a Jesucristo: «Enséñanos a orar». No puedo escuchar esta petición de aquellos santos varones o mejor, varones en proceso de santificación. No puedo escuchar esa petición sin recordar aquellas palabras tan sabias de San Agustín: Tu mismo deseo ya es oración. Es decir, lo primero que necesitamos para orar, lo primero que hace verdadera, auténtica y profunda nuestra oración es el deseo, deseo de orar.

Ese deseo no lo sienten muchas personas. Deseo de orar es, al mismo tiempo, conciencia de mi necesidad y conocimiento de quién puede, quién puede darle una respuesta. Por eso, el deseo de orar al mismo tiempo conecta con mi realidad y con la realidad divina. Aquella persona que reconoce sus limitaciones, pero no saben en dónde está la abundancia del amor de Dios, puede llegar a la desesperación, puede llegar al cinismo. Una persona que se descubre impura o ignorante, o incapaz de traer justicia y belleza a este mundo, una persona que se enfrenta con tantas necesidades puede llegar a un momento de exasperación y decir, nada tiene sentido.

Una persona que conoce que hay un Dios que es bueno, un Dios que es santo, un Dios que es grande, pero que no tiene verdadera conciencia de su propia necesidad, pues terminará diciendo, Dios allá y yo aquí. Esa es más o menos la idea que está detrás de esa corriente filosófica de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, el llamado deísmo. El deísmo con D de dedo es aquella manera de pensar que reconoce la existencia, ciertamente reconoce la existencia de un dios, pero ese dios es únicamente un postulado intelectual para darle algún orden a todo lo que luego encontramos en el universo.

Ese dios de una filosofía cerrada sobre sí misma tampoco cambia mi vida, no es un Dios al que yo puedo orar. O sea que el deseo de oración conecta el conocimiento que he de tener de mí mismo, de mis miserias, de mis necesidades, de mis pecados, lo conecta con el conocimiento de Dios. Y por eso también San Agustín decía: Que yo me conozca, Señor, y que yo te conozca. Porque cuanto más reconocemos nuestra necesidad y conocemos quién puede satisfacerla, más sentimos ese anhelo. Es como lo que sucede cuando tengo sed y veo como a mi alcance ese vaso de agua y siento, eso es lo que necesito, eso es lo que quiero.

El deseo se enciende a la vista de aquello que puede calmarlo. Y esa es la maravilla, eso es lo que trae el conocimiento de Dios, aprendamos, entonces, de la sabiduría de este Agustín. Aprendamos de la sabiduría de una santa Catalina de Siena que decía que toda vida espiritual solo puede tener comienzo en el conocimiento de sí mismo en Dios, y el conocimiento de Dios en sí mismo. Es la combinación de esos dos conocimientos la que puede hacer de nosotros verdaderos, verdaderos hombres y mujeres encendidos en el deseo de encontrarnos con Él, de amarle, de servirle, pero primero de escucharle, de acogerle, porque solo Él merece honor y gloria por los siglos. Amén.

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