Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La atmósfera de gracia y comunión que irradia de Cristo es el ambiente necesario y suficiente para hacer nuestra su oración.

Homilía i273005a, predicada en 20131009, con 4 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, en esta tarde, dejémonos impregnar por el ambiente de oración que Cristo irradia. Cómo sería aquel momento, nos dice el evangelista Lucas y una escena semejante describe San Mateo: Estaba Jesús orando y cerca de él los discípulos. Estaban cerca de él físicamente, pero percibían con claridad la enorme distancia que les separaba. Distancia no en términos de centímetros o metros, distancia en términos del vuelo del corazón de Jesús.

Solo una vez, dicen los Evangelios que el Señor se transfiguró. Pero al parecer algo había en su rostro cuando oraba, algo tenía su mirada, quizás una sonrisa inimitable se dibujaba en su rostro. Y esa luz, esa serenidad, esa majestad, esa gracia que brotaba del cuerpo de Jesucristo, eso atrajo de tal manera a los discípulos que se atrevieron a hacer la petición que hemos oído: «Enséñanos a orar». Por eso hablo de esa atmósfera de Cristo, la que Él crea, la que Él produce, la que Él irradia. Es el mismo evangelista Lucas el que dice en otro lugar: «De Él salía una fuerza que los curaba a todos».

Algo había en Jesús que era capaz de transformar el ambiente que lo rodeaba. Y es necesario dejarse impregnar por ese ambiente, es necesario entrar en esa nube luminosa para poder sentir, como los discípulos, el deseo de orar. Entonces, se cumplirá en nosotros lo que dijo San Agustín: Tu solo deseo de orar ya es oración. Que venga a nosotros la oración de Jesús, es la oración del Padre Nuestro como lo acabamos de oír en el Evangelio. Pero es, sobre todo, la oración del Calvario, es la oración de la cruz.

En ese momento, lo que tantas veces había dicho con sus labios, lo dijo con todo su cuerpo, le dio perfecta gloria al Padre Celestial, inauguró el reinado de Dios en esta tierra y arrojó nuestros corazones por esa senda que sólo él conocía. Eso es, mis hermanos, exactamente lo que sucede en la Misa. En la Misa no sólo decimos el Padre nuestro, sino que sucede el Padre nuestro. En la Misa, en la Santa Misa está Jesús mismo en oración, más allá de la devoción que pueda tener tal o cual persona, tal o cual religiosa, tal o cual sacerdote.

Es Cristo el que está orando en la Eucaristía, es Él el que está impregnándonos de su atmósfera, es Él el que está convocándonos para que nos unamos a Él y seamos ofrenda junto a Él. Hermanos, dejémonos llevar por este llamado, dejémonos cautivar por este corazón, dejémonos quemar por esas llamas de amor, son ellas las que han hecho mártires y han hecho santos.

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