Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aprender a orar no es sólo repetir lo que dijo Jesús, sino aproximarnos a sus actitudes, a su corazón, a su manera humilde, confiada, colmada de amor, hacia el Padre Celestial.

Homilía i273003a, predicada en 20111005, con 4 min. y 29 seg.

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Transcripción:

Cada evangelista, lo hemos dicho varias veces, tiene su modo peculiar de mirar al misterio de Cristo. Lucas, por ejemplo, que es el que nos está acompañando en las lecturas de entre semana en esta parte del año, Lucas hace énfasis en la alegría, en la acción del Espíritu Santo, en el papel tan importante que tienen las mujeres, en la atención a los más pequeños y los pobres. Estas son características de Lucas, pero hay otra más. Lucas es también el evangelista que más nos habla de la oración y especialmente de la oración de Jesús, Jesús en oración.

Por eso, no nos extraña que al llegar a este capítulo 11, que es el del evangelio de hoy, encontramos a Cristo orando y encontramos que Cristo, después de su oración recibe esta petición tan bella de los discípulos: «Señor, enséñanos a orar». De esa escena yo rescato, en primer lugar, cómo para orar uno necesita ver oración. Es decir, la oración, por supuesto, es un regalo de Dios, pero la oración es también algo que aprendemos, necesitamos aprender. Y por eso, los discípulos dijeron a Cristo: enséñanos, no hubieran pedido ser enseñados si no fuera algo que se puede aprender, enséñanos a orar.

También me llama la atención que Cristo estaba en oración, los discípulos estaban con Él, y, sin embargo, cuando Él termina, son ellos los que preguntan. Es decir, estaban con él, pero en cierto modo era él únicamente el que estaba orando. Y esto me llama la atención porque indica un momento contemplativo en la vida de los discípulos. Ellos quizás carecían de la confianza, o carecían del Espíritu, o carecían de las palabras para orar, pero ya entendían algo importantísimo, sí hay que orar, sí que hay que orar.

Es necesario conectarse con la vida de Dios, es necesario escuchar su Palabra, es necesario ponerse en sintonía con su voluntad. Y este no es un descubrimiento pequeño, por algo San Agustín dice: Tu mismo deseo ya es oración. Es decir, aunque no sepamos orar, el impulso de orar ya viene de Dios, el impulso de acercarse a Dios no es algo que venga de nosotros, aunque nosotros lo sintamos, es algo que viene de Dios mismo. Por algo dijo Jesús en el Evangelio de Juan: «Nadie viene a mí si el Padre no lo atrae».

Es Papá Dios el que nos atrae hacia sí, es el que gentilmente nos va moviendo para que nosotros descubramos que sí nos hace falta, o dicho de otra manera, el hambre de Dios ya es un regalo de Dios, la necesidad de Dios ya es un regalo de Dios. Y por eso, también nosotros tenemos que repetirle a Cristo: Enséñanos a orar. Esa enseñanza produce una respuesta que es el que nosotros llamamos el Padre nuestro. Pero orar no es simplemente repetir el Padre nuestro, orar es tomar la actitud de Jesús.

Así como los discípulos en un momento contemplativo, descubrieron a su Maestro orando, así nosotros tenemos que descubrir el misterio de esa oración de Cristo y adoptar la confianza, la humildad, la adoración, la disponibilidad de Cristo para ser verdaderos hombres y mujeres de oración, y para que en nosotros se complete el Evangelio del que nos habló el mismo Señor.

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