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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios te destino a ti, lo mismo que a Jonás, para que fueras una bendición.
Homilía i273002a, predicada en 19991006, con 33 min. y 17 seg. 
Transcripción:
La historia de Jonás es simpática. Un hombre que recibe un llamado de Dios para predicar, pero huye de ese llamado. En la época en que fue escrito este libro, la región más apartada que se conocía se llamaba Tarsis. Las costas y las islas de Tarsis eran lo más retirado imaginable para un israelita, y por eso, Jonás se embarcó para ir a Tarsis. Tarsis era en aquella época lo que para nosotros puede ser la porra, es decir, lo más lejano. Dios lo llamó a predicar y Jonás dijo: Pues me voy a la porra a la Patagonia, lo más lejano. Quién sabe a dónde se van los de la Patagonia cuando quieren irse lejos, dirán: me voy a Colombia, o quién sabe a dónde.
Y cuenta este relato cortico, que es como una especie de novela, en el barco en el que él iba, pues sucedió un terrible percance, una tormenta, y ya parecía que se iban a hundir y todo el mundo en ese barco estaba invocando a sus respectivos dioses, pero nada que se calmaba la tormenta. Entonces, llegaron a la conclusión de que el que faltaba por llamar a su Dios era Jonás, que en la parte profunda de la nave estaba dormido profundamente. Entonces, fueron allá y lo despertaron y le dijeron: Bueno, llame usted a su Dios. Ese es el único Dios que hace falta por invocar.
Y resulta que se vino a descubrir que era causa de esa desgracia, la desobediencia de Jonás. Jonás era cobarde ante la voz de Dios, pero era honesto ante los hombres. Entonces él dijo: Mire, esta tormenta es culpa mía. Entonces, ¿qué hacemos? Pues bótenme, bótenme del barco. Y lo botaron, a la buena. Dios mandó un pez inmenso que se tragó a Jonás y allá duró, en ese pez, días y noches, tres días y tres noches. Claro que el relato como tal está para que nosotros encontremos la enseñanza.
Ya un científico nos dirá: Bueno, y cómo respiraba, si estaba dentro del pez, pues entonces uno puede decir: se acostumbró. Pero el propósito del relato es otro, el propósito del relato es que entendamos otras cosas. Y este pez se fue llevando y llevando a Jonás hasta que lo devolvió a su tierra. Jonás estaba huyendo de Dios y se había ido a la porra, pero Dios, de la porra, lo trajo otra vez a su sitio. Y le puso un mandato, tenía que ir a predicar porque allí había una ciudad inmensa, Nínive, que era la capital del reino de Babilonia.
Hay que tener en cuenta que, de acuerdo con lo que hemos dicho varias veces, Babilonia es la ciudad enemiga por antonomasia, porque de Babilonia vino Nabucodonosor a cargarse con los judíos cuando el destierro, y se los llevó precisamente a Nínive como esclavos. O sea que Nínive era la capital de la opresión, la ciudad odiada por excelencia. Y le dice Dios a Jonás: Tienes que ir a predicar a Nínive, es decir, vete a predicar donde tus enemigos. Por eso, Jonás había salido huyendo. Yo que me voy a meter en ese problema.
Entonces, porque Jonás no se quiso meter en el problema, Dios lo metió en el pez. Y ahí, en esos tres días dentro de ese pez, Jonás hizo retiro espiritual, recapacitó y dijo: Yo como que mejor predico. Nínive era una ciudad inmensa, nos cuenta la Sagrada Escritura, tres días hacían falta para atravesarla. Teniendo en cuenta que un caminante de éstos podía avanzar fácilmente entre treinta y cuarenta kilómetros por día, las proporciones también son descomunales, está diciendo que el nivel de una ciudad que ocupaba ella sola cerca de cien kilómetros o ciento veinte kilómetros en la medida de hoy.
Una ciudad grande como Bogotá no alcanza a tener treinta kilómetros, o puede tener algo más cuarenta, cincuenta, pero en todo caso tiene mucho menos de cien. Y para esa extensión tan grande tiene una población relativamente pequeña, ciento veinte mil personas. Todos estos datos, evidentemente literarios, es decir, propios del relato, están invitándonos a que fijemos nuestra atención, no en esos aspectos exteriores, sino en la enseñanza profunda. Jonás se fue a Nínive, la capital satánica del momento, Nínive, la capital enemiga, el centro de opresión.
Se fue allá a predicar, se puso allá a predicar, a atravesar la ciudad de Nínive y duró un día completo, es decir, cerca de treinta o cuarenta kilómetros entrando en la ciudad y diciendo: Dentro de cuarenta días Nínive será destruida. Jonás era un profeta, era un profeta de Yahvé, pero Yahvé era el Dios del pueblo esclavo. No había ninguna probabilidad de que le pusieran cuidado. Y, sin embargo, los ninivitas sí le pusieron cuidado a Jonás, los ninivitas sí hicieron caso. Este libro es un manojo de ironías, el pequeño libro de Jonás.
Porque, mire, Nínive era la capital del pecado, la ciudad enemiga, la ciudad poderosa y altiva. Jonás, uno de los esclavos, creyente en el Dios del pueblo esclavo, va a predicar. Y los ninivitas sí creen, los ninivitas recibieron la predicación. Y entonces, el rey de ellos proclamó conversión, proclamó ayuno, y llamó a todos a que hicieran penitencia. Y dijo: Tal vez Dios cambie su opinión, tal vez Dios cambie su parecer y todo el mundo a hacer penitencia. Lo gracioso del caso es que, en esta ciudad, que es la imagen del pecado, que es la imagen de la opresión, en esta ciudad sí si se hizo penitencia.
Mientras que, si nosotros repasamos la Sagrada Escritura, vemos que los profetas, cuando predicaron al pueblo hebreo, siempre tuvieron como resultado, o en la inmensa mayoría de los casos, tuvieron como resultado el silencio, la burla, la protesta, en cualquier caso, la desobediencia, desobediencia del pueblo hebreo a la voz de los profetas. Y en cambio, este profeta acogido y recibido por unos extranjeros que, además, eran enemigos. Y no cualesquiera enemigos, los enemigos por excelencia, los enemigos que habían destruido el templo, los enemigos que habían acabado con la dinastía, los enemigos que habían profanado lo más sagrado del pueblo hebreo.
Pero resulta que los ninivitas sí hicieron caso, esos sí acogieron la predicación de Jonás, esos sí se convirtieron, lo que nunca hizo el pueblo hebreo. Pues bien, la lectura de hoy empieza en ese punto, empieza en ese punto exactamente. Jonás sintió un disgusto enorme, le salió bien su predicación. Predicó y la gente se convirtió, le dio rabia a Jonás. Señor, ¿no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis, porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, que te arrepientes de las amenazas.
Jonás entonces, se disgusta. Quede como un cuero. Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida. Resulta que ningún destruida ni nada, no se va a destruir la ciudad. Entonces, no pasó nada. Bonito papel el que hice yo. Sintió que era absurda su vida y empezó a desearse la muerte. Ahora, Señor, quítame la vida, más vale morir que vivir. Y le preguntó el Señor: ¿Tienes tu derecho a irritarte? Jonás no respondió nada en esa ocasión. De todas maneras, se fue allá, a las afueras de Nínive, había una montañita.
Y mire la descripción que hace: Estaba sentado al oriente, allí se había hecho una choza y se sentaba a la sombra, esperando el destino de la ciudad, estaba esperando a ver a qué horas eso explotaba. Él estaba ahí sentado afuera de la ciudad, mirando a ver qué era lo que iba a pasar con la ciudad. Tenía una pequeña choza y había un árbol, ese árbol se llama un ricino. El ricino había crecido y la sombra del ricino refrescaba a Jonás, que, de acuerdo con las indicaciones que tenemos, era calvo. Entonces, el pobre calvito este, se beneficiaba de la sombra del ricino y estaba mirando a ver qué pasaba.
Pero como Dios tenía su sentido del humor con Jonás, entonces mandó un gusanito que le dañó el arbolito. Oiga, y se ha secado el arbolito ese, empieza a hacer sol, empieza a esa resolana terrible sobre la cabeza del pobre Jonás. El sol hería la cabeza de Jonás haciéndolo desfallecer. Y Jonás dijo: Ve, lo que yo siempre he dicho, más vale morir que vivir. Le habló Dios: ¿Tienes derecho a irritarte? Le repitió la misma pregunta que Jonás no había respondido. ¿Tienes derecho a irritarte? Claro que tengo razón, con razón siento un disgusto mortal. El hombre estaba realmente disgustado, estaba realmente bravo.
Y le respondió el Señor: Tú te lamentas por el ricino que no cultivaste, que brota una noche y perece la otra. Y ¿yo no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad en la que hay más de ciento veinte mil hombres y una gran cantidad de ganado? Y por ahí termina la historia de Jonás, un profeta al que le salieron bien las cosas, tal vez el único profeta al que le salieron bien las cosas. Nuestro Señor Jesucristo menciona al profeta Jonás en su predicación y dice: «Los habitantes de Nínive se levantarán en el último día y juzgarán a esta generación, porque los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay uno que es más que Jonás», decía Jesucristo.
¿Qué enseñanzas podemos tomar nosotros de esta historia? Una historia muy agradable de leer. Esos libros pequeñitos que hay en la Biblia son libros muy agradables de leer, y son libros que dejan una enseñanza como muy clara. ¿Qué podemos concluir para nosotros? En primer lugar, reconocernos en Jonás, yo creo que es bueno. Cuántas veces Dios nos invita, nos llama a dar un testimonio y nosotros hacemos lo de Jonás. ¿Cuál es el barco que sale para más lejos? A ver dónde me puedo esconder, dónde me meto, que sean otros los que prediquen. La actitud de Jonás es una actitud cobarde, pero también es una actitud común, que sean otros los que prediquen.
Me comentaba uno de los frailes que está prestando su servicio en el departamento de Pastoral aquí en el colegio, me decía: Sorpréndase, padre, de la cantidad de muchachos que pertenecen a grupos de oración entre nuestros estudiantes aquí en el colegio. Grupos de oración, grupos parroquiales, grupos juveniles, muchos de ellos son gente piadosa y son líderes allá en sus parroquias. Pero en medio de sus compañeros, no quieren identificarse como cristianos, no quieren aparecer como cristianos, no quieren tener el rótulo, no quieren tener la etiqueta de cristianos.
La gran dificultad que nos estamos encontrando en este momento con los jóvenes del colegio no es que sean todos adversos a Dios, ni todos indiferentes al Espíritu Santo, ni mucho menos, sino tenemos una dificultad tipo Jonás, una dificultad de cobardía. Son cobardes, no pueden soportar, no pueden soportar la burla, no pueden soportar el sentirse distintos de sus compañeros. Ahí, hay un elemento de identificación entre Jonás y nosotros, entre nosotros y Jonás. Y sale a huir, sale en huida.
Pero fíjate, segunda enseñanza, Dios lo había llamado para que fuera salud, para que fuera conversión y para que fuera vida. Jonás, lejos del camino de Dios, se convierte ¿en qué? Se convierte en causas de desgracia, causa de muerte. Esto es real, mientras uno no encuentre su camino en la vida, uno creará más problemas de los que resuelve, uno será un problema, será parte del problema, no parte de la solución. Uno empieza a ser parte de la solución cuando encuentra su camino en esta tierra, cuando encuentra su camino en la vida, y ese camino se encuentra en obediencia a Dios, en obediencia a la voz de Dios.
Yo pienso que esto tiene implicaciones incluso gravísimas cuando reflexiono, por ejemplo, en los matrimonios. Soy un sacerdote firmemente convencido de que una inmensa multitud de los que se casaron no eran para el matrimonio, no eran. Estábamos hablando con ustedes mismos hace unos días sobre el libro de Tobías que nos muestra cuáles son las motivaciones reales de un matrimonio, es fundar un hogar. No es solucionar un problema de soledad, ni es satisfacer unas pasiones, ni es huir de un conflicto en una casa.
Pero lamentablemente, las razones económicas, las razones de huida de la familia, las quimeras, los romances, la preocupación de quedarse solo y, a veces, me perdonan lo que voy a decir, la estúpida cifra de 30, llegó la cifra de 30 y eso para las mujeres es un desastre. Ya 30, 30 ¿quién se casará conmigo? Y ahí es cuando les cambian los puntos cardinales, ya es este o este o aquel, les cambian todos los puntos cardinales y se pierden. Llego el 30, este es un despiste terrible, terrible. Me caso, me caso, así me muera eso, decía un pobre señor que le fue más mal, pero mal en la vida.
Lejos lo de Jonás, Jonás Dios lo encaminó a bendición, a un camino de bendición, pero él se convirtió en problema, obstáculo, maldición para los compañeros de viaje en ese barco, hasta que finalmente ¿qué hicieron? Lo echaron del barco. Entonces, ¿qué hacemos con usted? Bótenme, dijo. Y lo botaron. Y ahí sí se calmó la tormenta. Ese barco, si ese barco es el matrimonio, por eso es que mucha gente toca botarla del matrimonio. Bótenme, lo botan y se calma el barco. Lo botaron, ya se calmó el barco, ya funcionó.
Desde luego, esto pasa no solo con el matrimonio, pasa con muchas otras cosas. Uno tiene que hacerse la pregunta de con qué motivaciones, sobre esto hemos predicado muchas veces. ¿Con qué motivaciones se escoge carrera, con qué motivaciones se escoge vivienda, con qué motivaciones se escogen los amigos, con qué motivaciones escogen los amigos? Si usted escogió sus amigos por plata, quiere decir, es decir, porque compartían los mismos gustos, el mismo estilo. Quiere decir que cuando usted llegue a pobre no va a tener amigos, no va a tener amigos, esa va a ser la realidad suya.
Entonces, la segunda enseñanza es, Dios te destinó a ti, lo mismo que a Jonás, te destinó para que tú fueras una bendición. Pero tú serás bendición en el camino de Dios. Fuera del camino de Dios, tú serás fórmula de oprobio y tú serás causa de maldición y de desgracia. Y ¿qué pasa? Que el que armó todo el problema, dormido, allá en el barco dormido, hasta que son los demás los que tienen que decir: Oiga, despiértese, llame a Dios, a ver. Y el otro, como Jonás: ¿Qué, yo, ahora qué hice, ahora qué hice? No, sino que usted no es de este paseo, hermano. Usted no es de este paseo. Procure largarse rapidito, rapidito, prontito, prontito, sálgase de aquí.
La moraleja en esta segunda enseñanza es: necesitamos pedirle a Dios luz y necesitamos obediencia a Dios. Claro que esto sucede no solo con los matrimonios, ustedes dirán que yo se la tengo vedada a los matrimonios, no. Esto pasa, pasa en la vida religiosa, viene una anécdota que sucedió. Hay una monjita, lo que pasa es que en un auditorio donde no hay religiosas, pues no me gusta echar este tipo de anécdotas, pero una monjita, este es un caso real, que a todas luces se veía que esa no estaba para la vida religiosa.
Es que, lo mismo que en el matrimonio se les entran unas ideas: Y yo entro en el convento y no sé qué. Y resulta que están escampando problemas, están escampando problemas, a veces pasa. Así como hay gente que se casa por salir de la casa, así también hay gente que se entra al convento por salir de situaciones y de problemas familiares. Pues el hecho es que esta monjita era causa continua de problemas y no sabían qué hacer con ella. Entonces, la Madre Superiora fue a consultar a un sacerdote sapientísimo de nuestra comunidad, cuyo nombre no digo para que ustedes no lo abrumen con consultas, pero que, desde luego, no era yo, qué tal la modestia del otro.
Sacerdote sapientísimo y dice el padre este, un padre ya mayor, le decía a la Madre Superiora: Mire, esa monja quiere ya hacer su profesión, su compromiso solemne con la comunidad. Dice el padre: Mire, denle la profesión solemne para que deje su sobar, en primer lugar. Y dénsela en segundo lugar, para que termine aburrirse y se largue. Dicho y hecho, le dieron la profesión, claro que eso es una vergüenza para la Iglesia, como es vergüenza para la Iglesia que fracasa en tantos matrimonios.
Sí, le dieron la profesión solemne a la famosa monjita y al momentico no, no que, que no, me tiento y no me hallo, que esto no es, que las estructuras, que la evangelización y aquí no hay caridad. Si, si, tranquila, con tal de que empaque, si, si, si, usted tiene toda la razón, tiene toda la razón, hermanita. De manera que, hasta el tiquete, tenga su tiquete y solucionado el problema. Jonás tuvo un retiro espiritual. El número de tres que sirve para los tres días y las tres noches es un número simbólico en la Biblia, indica el espacio de una reflexión o de una acción que transforma las cosas radicalmente.
Por ejemplo, cuando Abraham va con Isaac, al tercer día divisan, alcanzan a ver el monte donde se va a ofrecer el sacrificio. El número de tres días no quiere decir 72 horas, sino tres días quiere decir un tiempo de reflexión, de gracia, de transformación que cambia las cosas, que cambia el panorama. Jonás cambió, a través de esos tres días en ese pez, en la soledad, Dios se lo llevó a la soledad. Es necesaria la soledad, el entrar dentro de sí mismo. Jonás, que como ustedes ven, era rezongón y malgeniado, en esa soledad del pez ya no tenía con quién hablar ni tenía con quién discutir.
En esa soledad, ya como que pensó las cosas de otro modo y dijo: Bueno, pues entonces si se puede profetizar un poquito. Ya vio la cosa de otro modo, ve usted, ese es el resultado de la soledad. Muchas veces uno necesita eso. Después de un fracaso, lo que hay que hacer ¿es qué? Mire lo que hace la gente. Bueno, está bien. Me fracasó mi matrimonio, no funcionó. Pero hay que tener en cuenta que ese señor era un desgraciado, punto número uno. Punto número dos, hay que saber que hay muchos otros señores que no son desgraciados, sino agraciados.
De manera que, terminó esa historia, esa historia queda en el pasado y, como en los carros, primera, cloche, acelerador y hágale, Esa fue la historia, por ejemplo, la samaritana que ya llevaba cinco de esas arrancadas, ¿no? Bueno, listo, no se pudo con este. No importa, media vuelta, primera y hágale. Arrancamos con el segundo, tampoco, otra estrellada, ¿para qué se hicieron los talleres? Primera, hágale, ese es el punto. Hasta que un día Cristo le hizo retiro espiritual a la samaritana, la hizo entrar en sí misma,
Más o menos lo que Cristo le dijo fue: Mire, déjese de pendejadas y piense qué es lo que está haciendo y para qué es que está usted en la vida. Piense, deje de dar vueltas y de buscar la solución afuera de usted. Después de un fracaso siempre hay esas dos opciones. Una es la opción de la samaritana antes de convertirse, se mete el cambio y acelero y sigo, y sigo y sigo. Y entonces, empieza la persona a tener el grotesco, pero simpático espectáculo que presentan los carritos chocones en los parques de diversiones, ¿no?
Con la diferencia que en los carritos chocones no pasa nada, mientras que en esto, la vida va quedando abollada, un golpe aquí, otro golpe acá, un fracaso aquí, otro fracaso acá. Usted no ha pensado como en cambiar un poco de estrategia. Ya cuando uno se encuentra a las personas llenas de chichones por todas partes, le dice uno: ¿Y usted no ha pensado que de pronto sería bueno ya como cambiar un poco de estrategia? Cambiar de estrategia, entre en sí mismo, entre en sí mismo, entre en esa soledad, haga retiro, haga retiro espiritual, háblele a Dios: Señor, estoy dispuesto a asumir tu tarea, estoy dispuesto a asumir tu misión.
Claro, es posible que alguien oiga estas palabras y diga: Bueno, me llevo este casete para ponerlo en el carro, pero primera y hágale. Hay gente así, ¿no? Que oye la predicación como oír llover. Pero, hay otras personas a las que les pueden servir estas palabras. Mire, recapacite, recapacite. Si a usted lo botaron del barco era porque usted ahí era una maldición. Pero en el camino en el que Dios lo quiere, usted va a ser una bendición, usted va a ser una bendición. Yo qué bendición voy a ser. Que sí, hombre, usted va a ser una bendición. Usted puede ser una gran bendición en ese camino en el que Dios quiere llevarlo.
Llegó Jonás, se puso a predicar en Nínive: Dentro de 40 días, Nínive será destruida. Era un mensaje antipático, es que realmente no fue fácil para Jonás, era un mensaje terrible el que tenía que dar. Comparemos con nuestra situación, cuando nosotros ya hemos recapacitado y ya nos ponemos en el camino de Dios, también nosotros tenemos un mensaje para dar. Pero, bendito sea el Señor, nosotros tenemos un mensaje que es hermoso. Nosotros lo que tenemos para contar es el mensaje del amor de Dios manifiesto en Jesucristo. Démonos cuenta de cómo estamos en una situación mucho mejor que la de Jonás, démonos cuenta de eso.
Pero, por otra parte, hay algo en lo que sí nos parecemos con Jonás. Jonás estaba predicando que dentro de 40 días Nínive sería destruida. A nosotros también nos toca una parte antipática, esa parte antipática del mensaje, cuando ya nosotros nos convertimos en testigos de Jesucristo, es la parte en que nos toca hacer ver a las otras personas también sus propios pecados, sus propias faltas. Esta es la parte más difícil del ministerio y la parte más difícil del testimonio. Pero bueno, Jonás sacó fuerzas y dio ese testimonio.
Saquemos una última enseñanza del conjunto de este libro. Los judíos, después de regresar del destierro, tuvieron como la tentación de encerrarse en sí mismos, en su estructura legal, en sus costumbres religiosas y sus prácticas espirituales. Este libro de Jonás es como una pequeña obra que habla de la universalidad del amor. Así como Dios fue capaz de alcanzar a Jonás, que ya iba en ese barco hacia Tarsis, así Dios tiene manos largas, tiene brazos para llegar, incluso a nuestros enemigos, incluso a los que veamos más perdidos.
Ese mensaje, que es el mensaje central, sin duda, de este libro, es el mensaje del amor de Dios que alcanza a todos, que alcanza a todos. Nosotros podemos tener esperanza, los ninivitas eran los endemoniados de la época, eran los enemigos de la época, eran lo peor de la época y para ellos tuvo Dios un sentir de misericordia. Y si mandó un profeta que denunciara el pecado, esa denuncia también era por misericordia. El gran mensaje de esto es la universalidad de la misericordia de Dios, que se vale de todo, de la ballena, de la tormenta, de Jonás, del mal genio de Jonás, de todo se vale Dios para extender su misericordia.
Mis amigos, nosotros podemos creer en esa misericordia. Pero fíjate cómo el libro tan preciosamente une el mensaje de la misericordia con el mensaje de la penitencia y de la conversión. Es una misericordia, sí, Dios vela por las vidas de sus propios enemigos, Dios vela por los enemigos de su pueblo, Dios cuida, mira con amor y piensa con ternura también de sus propios enemigos. Pero, en nombre de esa ternura tiene muchas veces que sacudir, denunciar, tiene que proclamar que se viene encima la destrucción. Ese será el mensaje que muchas veces nosotros tendremos que dar.
En nombre del amor de Dios, creemos en la conversión incluso de los más acerbos enemigos. Pero en nombre de ese amor, también tenemos que denunciar lo que está mal, también tenemos que llamar las cosas por su nombre y tenemos que clamar por la conversión de esos, incluso de nuestros propios enemigos y de los enemigos de Dios. Que venga Dios con la gracia de su Espíritu para nosotros. Yo quiero terminar con una pregunta: ¿Cuál es tu Nínive? Aquí está una ciudad, Nínive, en la que Jonás tuvo que predicar. Le costó trabajo, hizo su oficio, lo hizo a regañadientes, fue un instrumento de la misericordia, aún sin saberlo, eso fue Jonás y esa fue la Nínive de Jonás.
Y ¿la tuya cuál es, a dónde estás huyendo tú, a dónde te le estás escondiendo a Dios, a dónde, qué estás buscando tú para esconderte? ¿Cuáles son esas palabras, cuáles son esas profecías, cuál es ese testimonio que no quieres dar? Cada uno piense, cada uno examine en dónde es dónde yo debería ser testigo de la misericordia de Dios. La misericordia de Dios no es la complicidad de Dios, no es la alcahuetería de Dios, es la misericordia que, precisamente, por ese mismo amor llama a la vida y convierte. ¿Cuál es tu Nínive? Piénsalo bien, no salgas de esta iglesia, no salgas de esta oración, no dejes que termine esta Eucaristía sin tener tú mismo una oración por tu Nínive.

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