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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús confió a su Iglesia estas tres misiones: vencer al maligno, sanar las heridas y anunciar el Reino de Dios. Hoy vivimos esto alejándonos del mal, llevando a los demás consuelo y proclamando el bien que sólo Dios puede traer.
Homilía i253009a, predicada en 20250924, con 7 min. y 51 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, tres son los encargos que Cristo dejó a sus apóstoles según el Evangelio de hoy, y que siguen siendo la gran tarea de la Iglesia. Y cuando yo digo la Iglesia, por supuesto, no estoy pensando solamente en los obispos, en los sacerdotes, en las religiosas, en los misioneros, estoy pensando en todos los que somos bautizados y formamos ese cuerpo de Cristo en esta tierra y en la eternidad. Es decir, estoy pensando en ti y en mi, ser Iglesia, ser cuerpo de Cristo.
¿Cuáles fueron los tres encargos? Bueno, se trata de expulsar a Satanás, se trata de sanar las enfermedades y se trata de anunciar el reino de Dios. Tres acciones: Expulsar a Satanás, repito, curar el daño que el mal, en sus múltiples formas, ha traído a la humanidad y anunciar el Reino de Dios, que es otra manera de decir, proclamar la grandeza del amor divino que nos transforma, que nos sana, que nos hace criaturas nuevas. De eso se trata, esa es nuestra tarea, eso es lo que tenemos que hacer.
Bien, pues veamos cómo se vive eso en el hoy de la Iglesia, veamos lo que esto implica para nosotros, expulsar a Satanás. Bueno, yo quiero recordar que, de los últimos Papas, quien había hablado tal vez con más fuerza sobre la necesidad de liberarnos de la acción pérfida del demonio, es, sorpresivamente para algunos, el Papa Francisco. Desde el principio de su pontificado habló con mucha claridad sobre la existencia, sobre la perversión, sobre el daño que el demonio quiere hacer al cuerpo de Cristo, especialmente dividiendo y destruyendo la comunidad cristiana.
Entonces, ¿qué quiere decir esto de luchar contra el demonio? Pues lo podemos entender de tres maneras. Una muy directa y dos, que podemos llamar indirectas, pero no menos necesarias. La manera directa de la lucha contra el demonio es, por supuesto, apartarnos de todo lo que tiene que ver con brujería, satanismo, invocación del mal y, por supuesto, también superstición, por decir algo, cábala, gnosticismo, nueva era, yoga. Son terrenos donde abunda la acción del enemigo, abunda.
El espacio de esta reflexión no nos da para explicar cada una de estas cosas, porque habrá gente que me diga: Ay, pero cómo así que ahora usted está diciendo que el yoga es satánico. Mira, mira, mira, mira, busca un poquito. Pon en cualquier buscador de internet, busca: Yoga, Iglesia católica y busca sobre todo testimonios, gente que conoce de dónde viene ese asunto del yoga y qué consecuencias tiene. Solo te doy una pista, ¿te has dado cuenta que las posturas corporales del yoga siempre deben nombrarse en esa lengua antigua, esa lengua hindú? ¿Sabes qué significan esos nombres? Averigua por ahí.
Pero, en fin, todo lo que tiene que ver con ese mundo oscuro donde entra, ya te dije, nueva era, donde entra superstición, donde entra brujería, satanismo, todo eso fuera de nuestra vida, fuera, fuera, eso no tiene que estar en tu vida. Segundo, tiene que ver con el enemigo y debemos estar absolutamente en guardia todo aquello que es polarización y división dentro de la Iglesia. Es verdad que tenemos que tener claridad sobre lo que es verdadero y sobre lo que es nuestra fe auténtica, en eso tenemos que tener claridad. Pero una cosa es tener claridad en esos principios y defenderlos, y otra cosa es ese ataque virulento, obsesivo.
Es que me he encontrado con laicos y también algunos hermanos sacerdotes obsesivos, que están todo el tiempo atacando al otro porque es progresista, o porque es tradicional, o porque celebra esta misa de esta manera, o porque celebra la misa de otra manera. Mira, claridad en los principios lo hemos repetido siempre, pero ese tipo de obsesión y de ataque continuo, eso no es de Dios. Y, sobre todo, esa pretensión de, no sé, cómo de presentarnos, como si nosotros fuéramos los únicos y como si todo lo demás está equivocado, eso no es de Dios, eso no lo quiere el Señor.
Así que no te dejes engañar. Hay que tener cuidado contra ese espíritu de división y hay que tener cuidado contra las distintas idolatrías, porque nos dice el apóstol San Pablo que detrás de cada ídolo, finalmente el que está es el enemigo, es el demonio. Cualquier idolatría que tú tengas finalmente se convierte en servicio a las tinieblas. Si tú tienes idolatría del placer, pues finalmente, detrás de ese ídolo ¿a quién está sirviendo? Entonces, hay que expulsar todo lo que tenga que ver con Satanás, todo lo que tenga que ver con el demonio a nuestra vida.
Luego hay que curar. Y curar significa consolar, significa escuchar, significa orar, significa ser luz, ser esperanza, ser una mano tendida que abre un camino para el que está sufriendo. Es verdad, repito, tenemos que ser claros en los principios. Pero ¿dónde está tu compasión, dónde está la dulzura, dónde está la ternura? Es que no soy yo, es que la Biblia misma te dice, somos llamados a la ternura, increíble, llamados a la ternura, esos somos nosotros. Entonces, no podemos perder eso. Hay que curar, hay muchas personas que están sufriendo, hay muchas personas que han sufrido muchísimo, yo diría demasiado.
Y luego, hay que anunciar el Reino. Vuelvo a recordar al Papa Francisco, decía con su estilo característico, que hay cristianos que viven como en una Cuaresma interminable, es decir, que viven como en una especie de reproche, diciendo esto está mal, esto está mal, esto está mal. Y sí, hay muchas cosas que están mal. Pero ¿por qué no nos muestras también la alegría de lo que está bien, por qué no nos muestras también el gozo de lo que es estar en Cristo? ¿Por qué a veces la única manera de alegrarte es a través del sarcasmo o a través del triunfalismo o a través de la burla?
Porque eso también pasa en algunos católicos que solo parecen mostrar alegría cuando se están burlando, por ejemplo, de los errores o de los pecados en los que caen otros. Y entonces, ahí descargan toda su ironía, todo su sarcasmo y parece ser eso lo único que les alegra. ¿Dónde está, dónde está el espíritu gozoso y de alabanza en ti? ¿Dónde está, dónde, dónde se te perdió, dónde se te perdió? Esa pregunta hay que responderla. Necesitamos anunciar el bien, necesitamos proclamar el bien, necesitamos mostrar la ruta del bien.
Y eso es una tarea que no podemos delegar a otros. Hermanos, los encargos que Cristo dejó a sus apóstoles siguen siendo los mismos encargos de la Iglesia, termino donde empecé, y por eso, son también tu tarea y la mía. Que Dios te bendiga.

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