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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Palabra de Dios nos muestra que Él permanece por encima de los nuestros cambios; que la humanidad está conectada, nuestras acciones repercuten en otros; a pesar de nuestro pecado Dios en todos los tiempos tiene un resto que será semilla de transformación, conversión y vida.
Homilía i253007a, predicada en 20210922, con 6 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Esdras, que era sacerdote en el Antiguo Testamento y que era también escriba, es decir, muy buen conocedor de la revelación de Dios y de la ley de Moisés. Esdras, en la primera lectura de hoy, nos presenta una hermosa y profunda confesión ante Dios. Confesión, casi diríamos en el mismo sentido que lo usamos nosotros los cristianos, reconocimiento de nuestra condición de pecadores y reconocimiento de que Dios es el Señor, el único que puede perdonarnos y el único que, por su misericordia, quiere perdonarnos.
Esa oración de Esdras, yo creo que amerita que le demos tiempo, no pasemos por encima de ella. Yo quiero destacar tres elementos en esta oración. Primero, la proclamación de la grandeza de Dios. Un Dios que, como el cielo, abarca de uno a otro confín. Un Dios que supera las limitaciones de mi historia particular. Yo tengo mis días buenos y días malos, días de fidelidad, días de infidelidad. Dios cubre, Dios está por encima de todo ello.
Dios es Dios en el momento en el que nosotros respondemos bien y Dios sigue siendo Dios en el momento en el que nosotros respondemos mal. Dios es el que permanece, Dios es el que es, Dios es el que no traiciona, Dios es el eternamente fiel, Dios es grande. Esta proclamación de Esdras es fundamental, saber que Dios permanece, saber que nosotros cambiamos, pero Él permanece.
Segundo, Esdras nos muestra que los pecados tienen un efecto de acumulación. No es que nosotros tengamos la culpa de lo que hicieron nuestros padres, pero que nosotros sufrimos las consecuencias de lo que otros hicieron, eso es así. Piensa en el caso de un hijo que padece la ruina de su familia porque el papá era adicto al juego, el hijo no era adicto, el hijo no tiene la culpa, pero el hijo sí sufre las consecuencias. En teología a eso se le llama la pena. La pena es la consecuencia objetiva, histórica, interpersonal, trasciende a la persona.
Y esto es muy importante porque nos habla de la solidaridad que tenemos nosotros como especie humana. Qué fácil, qué fácil es levantar el dedo y acusar a otros. Por ejemplo, llenarnos de orgullo o de resentimiento frente a la clase política y decir, estos políticos, pero ellos no estarían ahí si nosotros no los pusiéramos ahí. Todos tenemos responsabilidad, nosotros alimentamos la fuerza del mal. Por ejemplo, el consumo de obscenidad, de vulgaridad, de pornografía, hace fuerte la pornografía, la obscenidad, la vulgaridad.
¿Por qué esos materiales asquerosos se producen? Porque hay quien los consuma, producirlos vale dinero, hay mucho dinero que hay que pagar y se espera ganar también mucho dinero. Entonces, es necesario que entendamos que hay una íntima solidaridad en lo bueno o en lo malo, en la especie humana, que estamos conectados. Por eso dice Esdras: Nosotros estamos viviendo consecuencias de lo de nuestros padres y de nuestros propios pecados. Es decir, hay una historia de pecado nuestra.
Entonces, lo primero ¿qué era? La grandeza de un Dios que permanece por encima de todas las variaciones y cambios y mudanzas nuestras, eso era lo primero. Lo segundo, que la humanidad está conectada y que nuestras acciones siempre repercuten sobre otros. Y aunque la culpa no se transmite, la pena sí. Tercer elemento, esa raíz de esperanza tan bella en el texto de Esdras, tan bella esa raíz de esperanza. Tan bello descubrir que, aunque es grande nuestra culpa, aunque es grande nuestro pecado, Dios da una oportunidad, Dios nos ha dado un respiro, Dios ha dejado un resto, Dios se ha compadecido de nosotros.
Ese resto, eso que queda, eso que queda es expresión del amor victorioso de Dios. Y también nos invita a ser parte de ese resto. Es fácil dejarse arrastrar por el mundo, Santa Catalina de Siena llama a eso el río cenagoso del mundo. Lo más fácil es dejarse llevar, pero en todos los tiempos, Dios tiene un resto. Lo importante es que ese resto no se vaya a llenar de arrogancia y de soberbia, porque esa es la fuente de todo pecado y perdición. Si ese resto es humilde y es fiel, será semilla de transformación, de conversión y de nueva vida.

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