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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El fruto de hacer una buena pausa para orar y reflexionar sobre nuestra vida permite que Dios nos lleve a descubrir nuestras rebeldías pero también su misericordia.
Homilía i253006a, predicada en 20190925, con 7 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Mírame a los ojos y por favor responde con sinceridad a esta pregunta. Tú eres de los que hace una pausa y se da el tiempo para reflexionar hacia dónde lleva la vida. O, por el contrario, tú eres de los que no paran y sigue produciendo, consumiendo y entreteniéndose. Hermanos, estamos viviendo la vida loca. Y ¿cuál es la vida loca? La vida loca es la vida que no para, que siempre está haciendo más dinero, gastando más dinero o divirtiéndose a lo loco. ¿Qué vida estamos llevando, qué vida estamos enseñando a las otras personas a que lleven, especialmente a aquellos que tienes más cerca, por ejemplo, tal vez tus hijos, estás en la vida loca o eres capaz de parar?
A veces uno no quiere parar, a veces uno no quiere pensar, a veces los dolores del pasado nos asaltan con tanta fuerza que no queremos parar. Pero la primera lectura de hoy del capítulo noveno del libro de Esdras nos muestra el fruto precioso, excelente, que trae una buena pausa. ¿A qué me refiero? Esdras era sacerdote y era escriba, un hombre enamorado de Dios y de su ley, la ley de Moisés. Y este hombre hace una pausa, ofrece la oración de la tarde y hace una pausa para reflexionar. Una pausa para pensar qué es lo que ha vivido Él y qué es lo que ha vivido el pueblo.
Y esa pausa es la que da origen a las reflexiones que encontramos en la primera lectura. Por ejemplo, ¿qué es lo que él descubre? Él descubre que les han sucedido cosas terribles, los recuerdos del destierro, de todos los abusos, la explotación, el maltrato, las torturas, el hambre, los robos, los saqueos, las violaciones, todos esos recuerdos, toda esa multiplicidad de llagas está muy fresca todavía. Y Esdras tiene reciente ese recuerdo, pero no se queda ahí, no se queda solo sintiendo, también empieza a reflexionar y a pensar.
Y por eso, porque hace la pausa, se da cuenta que Dios los estaba llevando hasta antes del destierro, hasta mucho antes del destierro, Dios los estaba llevando con un plan, un plan de amor, con un plan de gracia, y se da cuenta que el pueblo fue desagradecido y se da cuenta que el pueblo fue pecador y se da cuenta que hay una relación entre vivir mal y experimentar las consecuencias de la maldad. Esta conexión que es tan vital, esta es la que hace Esdras en su pausa.
Y por eso, uno tiene que hacer esas pausas, no solo las famosas pausas activas que llaman ahora, sino uno tiene que ser una pausa también para pensar y para darse cuenta para dónde va mi vida, qué estoy haciendo realmente. Entonces, él se da cuenta: Hemos sufrido mucho, pero tenemos responsabilidad en nuestro sufrimiento porque hemos sido muy desobedientes a Dios, hemos sido terribles pecadores. Y luego, en su reflexión tampoco se queda ahí simplemente deprimiéndose y diciendo: Soy un desastre, somos un desastre, todo es un desastre.
No se queda ahí, su reflexión orante lo lleva más allá, ¿a dónde lo lleva? A descubrir que a pesar de, a pesar de todo ese pecado, a pesar de toda esa rebeldía, a pesar de toda esa desobediencia, hay un amor de Dios y ese amor es fuerte y ese amor es santo y ese amor es bello y se puede contar con ese amor. Y por eso suelta esa frase: En la esclavitud no nos abandonaste. Piensa lo que era la esclavitud como institución económica y social en la antigüedad. Cuando una persona, o sea uno siente asco de decir estas frases, pero cuando una persona vendía a un esclavo o a una esclava, ya se desentendía de él, tiene nuevo dueño.
Pero lo que Esdras está descubriendo es que, aunque Dios con toda justicia nos entregó en el poder de nuestros adversarios, no nos abandonó, no nos abandonaste en nuestra esclavitud. Y luego, Esdras se da cuenta que lo que está sucediendo a través de las disposiciones de los reyes de Persia, porque los que los desterraron fueron los caldeos, capital Babilonia, pero Dios sigue obrando, Dios no los abandonó en la esclavitud, Y resulta que, a través de los reyes de Persia, singularmente el rey Ciro y el rey Darío, se ha podido producir la liberación de los judíos.
Es decir que, lo que está descubriendo Esdras, que es absolutamente precioso, es que Dios, más allá de las fronteras visibles del pueblo elegido, sigue siendo Dios. Y ¿esto dónde lo descubrió? En su oración profunda y fervorosa, ahí descubrió: Dios sigue siendo Dios aún más allá de las fronteras. Y a través de paganos, como eran los persas, en desacuerdo con paganos, como eran los caldeos, Dios está salvando a sus creyentes, que son los judíos. Estas son lecciones hermosas, ver que este Dios no tiene fronteras, que es el Dios de los dioses, que es el Dios que está por encima de toda deidad o divinidad de la que queramos hablar, esto es muy grande.
Y luego, Esdras se da cuenta de otra cosa, que esa providencia de Dios y esa misericordia de Dios ha producido un resto. Y esta idea del resto es vital, porque esta idea del resto es la que permite abrir camino, un hilo de fidelidad que llegará hasta el Nuevo Testamento, hasta José, hasta María, hasta Simeón, Ana, Zacarías, Isabel, Juan Bautista, todos esos personajes que aparecen en las primeras páginas de los Evangelios, todos ellos son herederos de este pequeño resto que es motivo de reflexión para Esdras.
Eso es el fruto de hacer una buena pausa y orar y pensar delante de Dios. Esdras ya lo hizo, ahora te toca a ti y me toca a mí. Que nosotros también reflexionemos sobre nuestra vida, que nosotros también, a la luz de Dios, descubramos su paso, que descubramos nuestras rebeldías, pero, sobre todo, descubramos su misericordia y su providencia y entendamos que nos ha dado y nos sigue dando nuevas oportunidades.

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