Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Hombres imperfectos llamados por Cristo para prolongar su propia misión.

Homilía i253002a, predicada en 20090923, con 20 min. y 50 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, este es un Evangelio de misión, es el envío de Jesús al grupo de sus apóstoles. Y lo primero que nos llama la atención es que Jesús los trata como prolongadores de su propia misión, es decir, les da aquellas recomendaciones, aquel mandato y aquel poder que son necesarios para que ellos hagan lo mismo que Cristo hace. Y lo que Cristo hace son tres cosas en el Evangelio, Cristo predica, Cristo sana y Cristo expulsa demonios. Estas son las mismas tres cosas que van a hacer los apóstoles.

Estamos tan acostumbrados a oír estos textos, que corremos el riesgo de perder la capacidad de maravillarnos. Siendo así que, en realidad, es maravilloso que hombres, hombres con un pasado de pecado, hombres llenos de fragilidad, hombres imperfectos, porque la Biblia los retrata así, imperfectos, atentos a su propia gloria y quien tiene el primer puesto, hombres así van a prolongar la labor de Cristo. Hombres así, imperfectos, podrán ser prolongaciones de esa humanidad tan perfecta que recibió nuestro Señor Jesucristo de las entrañas de María, y esa humanidad tan perfecta con un alma santísima como no se puede describir.

Este es un hecho que yo creo que merece ponderación, este es un hecho que merece nuestra atención, porque uno podría decir: Que Cristo haga milagros, pase, al fin y al cabo, Él es santísimo, purísimo, perfectísimo, es Dios y hombre, es explicable que Él haga milagros. Que Cristo expulse demonios, perfectamente comprensible. Él es santísimo, inmaculado, lleno de virtud, unido al Padre, es apenas normal que tenga victoria sobre el demonio. Que Cristo tiene palabras de sabiduría, es lógico, Cristo es la sabiduría misma del Padre, Cristo es la Palabra del Padre venida a nuestra tierra, es obvio, es natural que sus palabras tienen que estar cargadas de sabiduría.

Pero la escena que aparece en el Evangelio de hoy es que este Cristo tan perfecto en sí mismo, este Cristo tan lleno de virtud, de pureza y de luz, ahora comunica esa misma potestad a seres humanos que por supuesto, no han nacido de manera virginal e inmaculada como Él, no están plenamente unidos al Padre como Cristo lo está, no tienen una vida intachable como Cristo la ha tenido. A ustedes no les parece que es una cosa impresionante, una cosa que merece atención y que, seguramente, puede inducir más de una pregunta inteligente.

Cómo así que este Cristo tan perfecto utiliza instrumentos tan imperfectos, cómo así que este Cristo tan santo utilice pecadores, cómo así que este Cristo tan sabio utilice ignorantes. Cómo así que este Cristo que es, por decirlo de algún modo, una casa de luz es la morada de la luz eterna, se valga de ese espejo borroso que es nuestro conocimiento para transmitir su gracia de Evangelio, ¿cómo es eso posible? Y si lo pensamos bien, esta clase de preguntas tienen una importancia crucial, porque no se refieren solo a esta misión que sucedió en Galilea o en Judea hace no sé cuántos años, cerca de 2000.

Sino se refiere también a nuestro tiempo, porque Cristo sigue utilizando hombres y mujeres imperfectos. Nosotros, sacerdotes, por ejemplo, qué imperfectos, qué cortos nos quedamos, qué deficientes que somos en tantas cosas. A veces, uno puede pensar, pues no mucho cabe esperar del Evangelio transmitido por unos labios tan impuros, por unos sacerdotes que tienen tantas fragilidades, a veces, las conocemos en detalle y, a veces, podemos hacer la pregunta crucial, la pregunta punzante.

Será que Cristo si nos está hablando a través del sacerdote, sabiendo que es tan imperfecto ese sacerdote. Será que Cristo nos está hablando a través de una Iglesia que tiene tantas llagas, tantas heridas, una Iglesia que a lo largo de los siglos tiene tanto mugre y que, incluso ha tenido que pedir perdón públicamente, como lo hizo el Papa Juan Pablo II con ocasión de las celebraciones del año 2000. ¿Será que Cristo sí se puede hacer manifiesto así? Pues, hermanos, es la misma situación. Cristo eligió apóstoles y no los eligió perfectísimos, sino más bien rudos. No los eligió sapientísimos, sino más bien ignorantes.

Y a ellos, según vemos en este Evangelio, a ellos precisamente, los envió y no los envió a que hicieran otra cosa, sino lo mismo que él estaba haciendo. Y me permito volver a leer los versículos pertinentes: «Jesús reunió a los doce y les dio poder sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades, y los envió a proclamar el reino de Dios». Exactamente lo mismo que Él estaba haciendo, Cristo envió a los apóstoles a que hicieran lo que Él estaba haciendo, con la gran diferencia de que Cristo es tan bueno, santo, perfecto, sabio.

Mientras que estos apóstoles ya les conocemos, como decimos en Colombia, ya les conocemos el cobre, ya sabemos lo deficientes que son, lo pobres en su conocimiento y en su virtud. ¿Qué podemos aprender de este hecho? Porque Jesús nos enseña no solamente cuando habla, no solamente en sus discursos, Jesús nos enseña con sus actos, sus acciones, sus gestos, sus decisiones son también modelo para nosotros, son fuente, indudablemente, de reflexión y de aprendizaje. ¿Qué podemos entonces aprender de esto? Varias cosas.

San Pablo utilizó una vez una expresión, que el apóstol era como una vasija de barro y el Evangelio es como el oro que se puede echar en esa vasija. San Pablo dice: Llevamos este tesoro en vasijas de barro. Y esto se puede aplicar y explicar de dos maneras. En cuanto al sacerdote, por ejemplo, o el misionero, o el catequista, o la religiosa, esa comparación de San Pablo nos ayuda a recordar que nosotros somos simples servidores y además servidores que tenemos que tener cuidado de nosotros mismos. En otro lugar dice San Pablo a uno de sus más aventajados discípulos, a Timoteo le dice: «Cuídate tú y cuida la doctrina».

Eso va muy bien con la vasija de barro que lleva un tesoro precioso. El tesoro, por supuesto que hay que cuidarlo, pero mal se podrá cuidar el tesoro si no se cuida la vasija, porque rota la vasija se desparrama el tesoro, hay que cuidar el tesoro y la vasija. Cuídate tú que eres la vasija y cuida la doctrina que es el tesoro, hay que cuidar los dos. Entonces nosotros, los que tenemos un servicio de evangelización, un servicio de pastoreo, un servicio al pueblo de Dios, tenemos que aplicarnos eso de la vasija y el tesoro.

Es decir, tenemos que ser conscientes de nuestra fragilidad, tenemos, al mismo tiempo, que agacharnos con humildad delante del tesoro. Les confieso que uno de los momentos que más me gusta en la Santa Misa es inmediatamente después de la consagración. Yo sé muy bien, porque así nos lo enseña la teología de nuestra Iglesia, que es Cristo en persona quien realiza la consagración a través de mis indignas manos, a través de mi indigna boca, a través de mi indigna humanidad, Cristo mismo hace el milagro, confecciona el milagro de la Eucaristía para alimento de todos.

Pero, nos manda la Iglesia en su liturgia que el sacerdote inmediatamente después de la consagración, después de ofrecer a este Cristo para que sea adorado por el pueblo, lo deposita con amor sobre la patena, y él mismo se abaja, él mismo se postra, él mismo reconoce su barro, él mismo sabe que el único que merece la atención, el aplauso y la adoración es Jesucristo. De por sí, el sacerdote no es otra cosa sino barro. Y la Iglesia, discreta pero muy claramente, le recuerda esto al sacerdote en varios momentos de la misa, son las llamadas oraciones secretas.

Secretas no significa que no se puedan decir en público, que no se puedan conocer, sino que no están destinadas para que las oigan otros oídos, sino, en primer lugar, los oídos del sacerdote. Por ejemplo, antes de leer el Evangelio, el diácono, si lo hay, o si no el sacerdote debe decir estas palabras: Purifica mi corazón y mis labios para que anuncie digna y competentemente el santo Evangelio de la paz. Es una oración que el sacerdote tiene mandado decir para que lo oigan sus propios oídos, para que no se le olvide que sus labios tienen que ser purificados, para que no se le olvide que su corazón dista todavía demasiado del Corazón Santísimo de Jesucristo.

Así la Iglesia le está recordando al misionero, le está recordando al sacerdote, le está recordando al predicador: Oye, que tú eres barro, eres barro, no te creas gran cosa, no te creas gran cosa. Igualmente, se proponen el pan y el vino para la ofrenda y después de que el sacerdote dice: Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan y este vino, después se lava las manos. A mi mamá no le gusta mucho ese gesto, porque dice que le recuerda a Pilatos, el sacerdote que se lava las manos como diciendo, yo aquí no tengo nada que ver. Pero en el caso de la misa, no es recordando a Pilatos, allá quede Pilatos en su propio sitio.

En el caso de la misa, ese lavarse las manos tiene otro significado. Es un acto de humildad y debe decir el sacerdote estas o parecidas palabras: Lávame, Señor de mis pecados y purifícame de mi iniquidad. Con eso, ¿qué está haciendo el sacerdote, qué le manda la Iglesia cuando le dice que diga esa oración? Pues que reconozca su barro, que sepa que está llevando el tesoro, pero lo está llevando en vasijas de barro, esta es la primera explicación. Pero luego, si esta explicación es para que el sacerdote mismo la tenga presente.

La segunda explicación es para que ustedes, amados hermanos, la tengan siempre presente. Y yo la resumo en colombiano o coloquial, diciendo: No nos dejemos enredar por el sacerdote, es decir, tengamos siempre presente a quién buscamos, a quién buscamos a través del sacerdote. El sacerdote es un puente, es un mediador que, ciertamente, tiene una misión muy noble. Pero la finalidad de la Iglesia no es el servicio a los sacerdotes, la finalidad de la Iglesia es que nosotros, lo mismo que ustedes, sirvamos al único y verdadero Dios. Esto ¿cómo se concreta?

Si vienes a la Misa y el sacerdote resulta que hizo un sermón que casi no se le entendió nada, en vez de quedarte tú en tu mente criticando ese sacerdote perezoso que no preparó la homilía, sacerdote irresponsable, para qué pondrán esa gente allá, ese tipo no sirve para eso. En vez de enredarte con la humanidad y el barro del sacerdote, tú trata de sacar, aunque sea, una sola cosa que te lleve a Dios en lo que el sacerdote diga. Tiene que ser demasiado extraña la circunstancia para que no puedas sacar ni una sola palabra útil de una misa.

En vez de estarte enredando en que si el sacerdote es un gran pecador o es muy bueno o es muy inteligente, es torpe, estudió mucho, estudió poquito o nada, no te enredes con la humanidad, con el barro del sacerdote, no te enredes con eso, que tu mirada vaya siempre más allá. Esta amiga mía, doctora de la Iglesia, dominica consagrada seglar llamada Santa Catalina de Siena, decía que los sacerdotes somos una sola cosa: administradores de la sangre de Cristo. Y yo te doy esta comparación, cuando el sacerdote va a darte el Sacratísimo Cuerpo de Cristo o su preciosísima Sangre, tu atención está en ese copón, ahí donde está Cristo.

Tu atención no está en que si el sacerdote está bien peinado o mal peinado, sabe mucho, sabe poco, estudió mucho, estudió poco. Eso en ese momento no importa, lo que importa es Cristo Jesús que está en ese bendito copón, lo que importa es Cristo Jesús, que es el Redentor de tu alma, porque tú eres salvo en la persona de Cristo, no en la persona del sacerdote. Tú eres salvo por virtud de la sangre de Jesucristo, no por la sangre de nadie más. Entonces, tu atención tiene que estar ahí en el copón, ahí en Cristo. Claro, cuando a uno le van a dar la Sagrada Comunión, es muy fácil recordar esta enseñanza.

Pero Santa Catalina de Siena quiere que nosotros la recordemos, no solo cuando nos van a dar la Eucaristía, sino siempre, siempre que nos acerquemos al sacerdote hemos de buscar la sangre de Cristo. Por ejemplo, al confesarnos es lo mismo. ¿Qué es lo que te va a perdonar a ti los pecados? La sangre de Cristo. Santa Catalina dice que la confesión no es otra cosa sino la renovación del bautismo. De modo, pues, que si tú vas a recibir el baño saludable de la sangre de Cristo, ese baño saludable que te limpia de todo pecado, eso es lo que tú buscas en el confesor.

Tú no buscas si se expresa bien, si habla mucho, si habla poquito, si hizo buena cara, mala cara, si está distraído, si está cansado, si bostezó, eso no te importa. Frente al misterio de la sangre, frente al misterio del tesoro que trae el sacerdote, qué te vas a enredar tú con que si es, parece buena persona, parece simpático. Hay gente que yo no sé cómo calificar, digamos despistados, que se alejan por años, años de la Santísima Eucaristía. ¿Por qué? Porque es que el cura de mi parroquia predica mal, predica largo, predica aburrido, o es que yo sé que es un pecador.

Ay, Dios santo, cómo te dejas enredar en el barro del sacerdote. No, si tienes un buen predicador, aprovéchalo, pero aprovéchalo reconociendo en él lo que Cristo le ha dado al sacerdote, sin enredarte con Él. Si es regular, regular tres cuartos, tú salva lo que se pueda salvar de cada sacerdote, aprende lo que puedas aprender y sigue tu camino. Por supuesto, el sacerdote mismo es un ser humano y ese barro del sacerdote requiere cuidado como cualquier otro ser humano. Requiere el cuidado de el alimento, el vestido, la vivienda, los estudios, el descanso y los dones de la amistad.

Es decir, que cuando yo digo que nosotros busquemos en el sacerdote principalísimamente el don de la sangre de Cristo, no digo que ustedes nos utilicen a nosotros, como entre otras cosas suele suceder, es decir, aquello que mucha gente hace, mirar al sacerdote más o menos como el secretario del notario en la notaría. ¿Qué hace un secretario de notario en la notaría? Es el que pone los sellos. Entonces, hay gente que va donde el sacerdote, por ejemplo, a confesarse, a que le pongan el sello y se va. Es decir, lo mira solamente como un funcionario, como el que tiene un oficio, haga bien su oficio, ya se le pagó, adiós.

No, el sacerdote es también un ser humano que merece respeto, atención y merece amistad. Aquella amistad que sea compatible con el misterio de la sangre de Cristo, esa es la clave. Todo eso podemos aprender de este Evangelio y todo empieza de una cosa sencilla pero muy profunda, siendo tan dispares Cristo y sus apóstoles, el mismo Cristo quiso que los apóstoles prolongaran la misión que Él estaba haciendo, de ahí hemos sacado toda esta reflexión.

Que Dios nuestro Padre, nos permita amar el sacerdocio de Cristo y en Cristo, amar a nuestros sacerdotes sabiendo que están hechos del mismo barro que los demás seres humanos y que, al mismo tiempo, son ministros de un misterio y de una gracia sin la cual no existiría la Iglesia. Que esta sea nuestra oración, que esta sea nuestra intención en este día y que el Señor nos ayude a vivir con amor nuestra fe. Amén.

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