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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Iglesia todavía tiene que convertirse al Evangelio.
Homilía i253001a, predicada en 19990922, con 17 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Una de las características de la predicación evangélica es la pobreza del predicador, su mendicancia. Esta característica la tomaron muy a la letra tanto los cristianos, como los herejes de aquel siglo en el que nació nuestra orden dominicana. Para ser francos, hay que decir que los herejes fueron adelantados en este estilo de predicación. Muchos de ellos tomaron la Biblia y haciendo caso omiso de cualquier comentario por autorizado que fuera, es decir, de cualquier glosa, aplicaron estas palabras a su propio caso.
Es decir, interpretaron el mensaje de Jesús y el mandato de Jesús como dirigido inmediatamente a ellos y a la letra entonces, se pusieron a predicar, se fueron al camino sin bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero y sin túnica de repuesto. También en nuestro tiempo hay algunas comunidades nacientes que toman una radicalidad semejante, entiendo que hay una rama naciente o renaciente de franciscanos renovados que también toma un estilo muy cercano a este del Evangelio.
Y hay que ver algunos de estos frailes precisamente en esa actitud de mendigos, mendigos por Cristo, despojados del calzado y junto con ese calzado, de todas las seguridades de que suele gozar el hombre contemporáneo. Vale la pena que meditemos por qué ese mandato y por qué en esos términos, es importante que descubramos por qué Jesús manda esto, porque también nosotros queremos hacerle caso. Y es bueno que nos preguntemos si la única manera de hacerle caso es, por ejemplo, quitarnos también nosotros nuestro propio calzado.
Interesante que Santo Domingo de Guzmán, aunque fuera hombre de gran penitencia y lo era, se presentaba ante los pueblos con su calzado humilde pero digno, y dejaba el tiempo de los pies descubiertos, muchas veces maltratados por el camino, cuando ya estaba entre un pueblo y otro. Parece que esa fue una actitud, como una decisión de Santo Domingo, no presentarse ante la gente, aunque sea algo como tan externo, ya veremos que no es solamente eso, no presentarse ante la gente descalzo.
¿Por qué esa actitud de Santo Domingo? Por eso digo, hay que preguntarnos cuál es la razón de esta estricta pobreza en que Cristo envía sus predicadores. Hay por lo menos tres razones para esa pobreza. Una, que, enviándolos así, hacía que los futuros oyentes descubrieran el desinterés y, por consiguiente, pudieran descubrir la gracia. El que no tiene pertenencias, el que no reclama dinero, el que no recoge recompensa alguna en esta tierra, está anunciando con ello mismo que espera recompensa solo de los cielos.
Y ese desinterés en el anuncio de la Palabra es la mejor disposición para que el predicador y el oyente establezcan un lenguaje en términos de la gracia, que es puro regalo, que es don continuo. La pobreza del predicador se convierte así en una motivación en el oyente, para descubrir la gracia. Una segunda razón, Jesús los envía desprovistos de bienes. De esa manera los envía y está con ellos. La carencia de bienes materiales hace que ellos dependan por completo de la palabra del que los ha enviado, dice aquí: «Jesús reunió a los doce, les dio poder y autoridad». Luego los envió.
Puestos en el camino no tienen de Cristo otra cosa, sino la intercesión de Cristo, el mandato de Cristo, la Palabra de Cristo, el envío de Cristo. La pobreza establece un rasgo, un lazo de unión continua entre el predicador y el que lo ha enviado, porque al enviarlo sin darle nada al predicador, le está diciendo: Mira, la palabra con la que te envío es suficiente, el amor con el que te envío te basta, la oración con la que te acompaño debe proveerte de todo. Y por eso, el que sale a predicar en total dependencia del que lo ha enviado, permanece en un lazo de unión con ese que lo ha enviado.
La pobreza, dicho de manera más breve, hace que estos predicadores permanezcan unidos a la palabra de providencia que los puso en camino. Y esta es una segunda razón para la pobreza. Hay una tercera razón, está muy unida al mismo mensaje que predican. Cuando nos encontramos con estos pobres que tienen otra clase de riqueza, entendemos también cuál es el Evangelio. El Evangelio tiene esa paradoja, así como dice San Pablo de Cristo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, así también el Evangelio une como paradójicamente, el despojo y la abundancia.
El mismo Cristo no tiene nada, no tiene donde reclinar la cabeza, pero puede preparar un banquete para el pueblo en despoblado. No tiene seguridad social alguna, ni dinero para médicos, pero suscita la salud en todos. Esta extraña combinación entre la abundancia y el despojo, que tiene su máxima expresión precisamente en la Cruz y la Pascua, es característica del Evangelio. Y por eso, este vestido de pobreza es indudablemente el más apropiado para transmitir el Evangelio. De aquí sacamos algunas enseñanzas sobre cómo ha de ser la predicación.
La predicación en la Iglesia tiene que ser abundante, desinteresada, audaz, sale al encuentro del necesitado, no lo espera simplemente. Gracias a Dios le he oído ya, a más de un responsable de la comunidad cristiana, ya se trate de sacerdotes o de obispos, les he escuchado esta expresión: Ya no estamos en los tiempos en que podemos sentarnos a esperar que la gente llegue a nosotros. Esa conciencia de envío desinteresado, generoso, esa conciencia es hoy más necesaria que nunca.
La predicación que sea abundante, que sea desinteresada, que esté impregnada de amor, que se vea que está desprendida de los intereses de esta tierra y que sale al encuentro de todo el que la necesita. Pero ahí quedaríamos incompletos, es una predicación que tiene señales, señales. No se trata de una legión de filósofos que con argumentos bien compuestos van a convencer a sus contemporáneos. Se trata de gente que lleva junto a la pobreza de su despojo material, lleva también la pobreza de la confianza en los propios recursos, en las propias fuerzas, en las propias ideas.
¿Qué argumento mío va a convencer a Satanás que se salga de un poseso, qué argumento mío va a convencer al cáncer o a la viruela o a la fiebre que abandone a una persona? Tengo que ir no solo desprendido del bastón, de la alforja, del pan y del dinero, tengo que ir desprendido de mí mismo, de mis ideas, de mis fuerzas, de mis virtudes, de mis recursos. Al enviarlos a Jesucristo para que realicen esas señales extraordinarias inalcanzables para las fuerzas humanas, estaba apuntando a una pobreza que es aún más radical, es la pobreza de alcanzar la salvación por nuestros propios medios.
Y por eso, una Iglesia misionera tiene que ser una Iglesia que tenga conciencia de que no puede producir salvación ella, de que como institución, como grupo de personas, como tradición, como cultura o como se la quiera mirar, no puede producir salvación. Así como el predicador, individualmente considerado, no puede lograr esto, curar enfermedades y expulsar demonios, así también la Iglesia necesita la conciencia de que no importa cuáles sean sus virtudes pasadas, cuáles sean sus tradiciones gloriosas o cuáles sean sus grandes teologías, siempre, siempre depende del poder del Espíritu.
Siempre depende de la gracia actual, de eso que no se puede predecir, que no se puede planear y que sucede cuando con la sola gracia se expulsa al demonio y se cura la enfermedad. Por eso, una Iglesia carismática en este sentido alto de dependencia radical del Espíritu y de la gracia, una Iglesia carismática, radicalmente carismática, una Iglesia desposeída de sus propias tradiciones y teologías, no porque no las cultive, sino porque no pone su corazón en ellas, una Iglesia así puede cumplir con el mandato de Jesucristo. Una Iglesia que tenga sobre todo la fuerza de apoyarse solo en Dios.
Y así como antes dije, que yo veo una creciente convicción en muchos sacerdotes y obispos, convicción de que tenemos que salir, que tenemos que hacer misión. No podemos seguir esperando a que la gente llegue a nosotros. Así como compruebo con alegría eso, veo con tristeza que cuando se habla de la influencia de la Iglesia, de la presencia de la Iglesia y de la autoridad de la Iglesia, muy poco se habla de la dependencia que la Iglesia tiene de la gracia actual, de la gracia poderosa del Espíritu, de eso se habla muy poco.
Cómo me fastidian, perdón si me desahogo con ustedes. Cómo me fastidian esos discursos en que se dice: Nosotros tenemos el auditorio más grande que institución alguna pueda tener, por ejemplo, en este país. ¿Qué institución, movimiento o religión corriente o sistema de propaganda tiene la cantidad de gente que nosotros tenemos en las misas todos los domingos? Como si eso fuera un potencial que está ahí para que lo utilicemos nosotros. O cuando se habla de quién, en manos de quién está la educación en este país, o cuando se habla de cuál es la capacidad de generar empleo que tiene la Iglesia.
Todo eso es apoyarse en bastones, todo eso es recoger para estas alforjas, todo eso es contar con nuestro pan y con nuestro dinero. Una Iglesia radicalmente misionera, más bien, debería cumplir aquello que San Pablo dice en la carta a los Filipenses: Yo olvido lo que queda atrás y me lanzo a lo que está por delante. Para los tiempos de hoy, para estos tiempos, qué sirve que nosotros recordemos que sí, la Iglesia está profundamente metida en las tradiciones de nuestro pueblo y es un elemento cultural profundamente relevante dentro del medio colombiano, eso ¿de qué sirve?
Claro que eso es cierto, como es cierto que un pan alimenta y que con el dinero se compran cosas. Pero, aunque eso sea cierto, de qué sirve, si no, para que nosotros pongamos nuestra confianza en eso y lo quitemos y quitemos esa confianza de esa gracia y de esa obra que consiste en curar enfermedades y en expulsar demonios. Por eso, necesitamos rogar por la conversión de la Iglesia al Evangelio. Cuando crearon cardenal a Fray Yves Congar, pues alguien podía haberse imaginado que ya con eso se le aplacaba un poquito el vigor profético y el tipo de discurso.
Al poco tiempo le hacen una entrevista y dice el cardenal Congar, dice: La Iglesia todavía tiene que convertirse al Evangelio. Yo creo que ese ha de ser el objetivo de nuestro discurso, de nuestra predicación, de nuestra oración, de nuestra intercesión. Que cada vez más la Iglesia entera esté como estos discípulos, dispuesta a depender solo de la Palabra del Señor, a contar solo con la gracia del Señor. Una Iglesia que haga grandes obras, pero que no se apoye en sus obras, sino en las obras de Dios.
Una Iglesia que haga mucho bien, pero que no cuente con ese bien que hace, sino con el bien que le hace Dios, que vive en ella, que reina en ella. Qué hermoso eso que le dice Dios a uno de los profetas: Yo no soy enemigo a tus puertas, soy el Santo en medio de ti. Que así también Dios sea el santo en medio de su pueblo y renovando desde dentro la Iglesia, renovando sus ministros, sus misioneros, sus sacerdotes, sus obispos, renovando profusamente la Iglesia, pueda traer una primavera de predicación y de gracia para gloria de Dios, hasta el último confín de la tierra.

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