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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Carta a los Colosenses, escrita en la madurez del apóstol Pablo, nos muestra la profundidad de su pensamiento y la intensidad de su amor por Cristo, así como la solicitud por sus hermanos en la fe.
Homilía i223009a, predicada en 20210901, con 7 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, quiero compartir una reflexión sobre la primera lectura que como sabemos, acabamos de oírlo, es el prólogo de la Carta a los Colosenses. Lo primero que me llama la atención, que no es tan trascendente, es el hecho de que Pablo, cuando escribió a los Colosenses, tenía aproximadamente la misma edad que yo tengo ahora. Esa clase de comparaciones, pues, es injusta y tal vez inútil.
Pero es interesante pensar que Pablo, a la edad que yo tengo ahora, ya había escrito a los romanos, a los gálatas, probablemente unas tres o, tal vez, cuatro cartas a los Corintios, de las cuales se conservan nuestras dos, primera y segunda Corintios, por supuesto, también la carta a los Tesalonicenses. Había estado preso dos veces, había sido azotado varias veces, había sido excluido. Entonces, uno inevitablemente se pregunta: ¿Yo qué estoy haciendo por Cristo, cuál es mi sufrimiento por Cristo, cuál es mi entrega por Cristo? Ese es el primer punto.
Segundo, sabemos que la Carta a los Colosenses pertenece a ese grupo de cartas paulinas, que son llamadas, de la cautividad porque él estaba preso. Otras cartas escritas en esta condición son la Carta a los Efesios, que es hermana de ésta, la carta a Filemón, la carta a los Filipenses y para quienes le dan una autoría paulina a la Carta a los Hebreos, todo indica que fue escrita, si fue por él, en esta misma época. Es decir, este es un hombre preso que se encuentra, para escarnio público, que se encuentra como un fracasado y en medio de su fracaso proclama las grandezas de Cristo, como vamos a escuchar en los próximos días.
De hecho, esta carta a los Colosenses es uno de los documentos cristológicos más importantes, no solo del Nuevo Testamento y de la Biblia, sino de todos los tiempos. Lo escribió un hombre preso, pero él decía: La Palabra de Dios no está encadenada. Yo estoy en cadenas, la Palabra de Dios no. Yo creo que eso corresponde a lo que hoy se suele llamar resiliencia. Pero, sobre todo, habla de la grandeza de la respuesta de Pablo y, antes de eso, la grandeza de la gracia divina.
Y lo último que quiero compartir es que esta es una carta profundamente doctrinal, es la que tiene ese himno que nosotros decimos precisamente los miércoles en vísperas: Damos gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Es una carta doctrinal que ataca algunas desviaciones doctrinales también de la comunidad de Colosas. En particular, los colosenses tenían una cierta fascinación por lo espiritual, lo místico. El tema de los ángeles era muy importante para ellos y también el tema de un cierto ritualismo que podía quedarse en lo exterior.
Esa ascética caracterizada por el no hagas, no tomes, no comas, la grandeza de abstenerse de muchas cosas, como una especie de heroísmo. Pablo se da cuenta que esa espiritualidad fácilmente puede poner en el centro el logro humano. Y es curioso, porque uno mira a lo largo de la historia y con bastante frecuencia sucede así. ¿Sucede qué? Pues eso, que se le da mucha importancia al logro humano, lo que yo logro vencer, en términos de ascetismo. Pero, lo que quiero destacar es que para Pablo es fundamental asentar la doctrina.
Vivimos en tiempos en que a veces la doctrina se maltrata, se desprecia, un poco con la idea de oponer lo doctrinal a lo pastoral. A veces, se cree que el cuidado de la liturgia o del derecho canónico o de una teología sana es sinónimo simplemente de rigidez, por no decir de fariseísmo, y que, por el contrario, una actitud bonachona, incluso permisiva, va más en la línea de la misericordia y del Evangelio. Es interesante ver que la preocupación de Pablo por la doctrina brota, precisamente, de la convicción de que el Evangelio no se puede preservar, si no se preservan las verdades de la fe.
Esto indudablemente toca nuestro ser de frailes predicadores, esto toca nuestras convicciones y el por qué de nuestra vocación. No se trata de volvernos acartonados o inflexibles, sino, más bien, de entender que la verdadera misericordia es también misericordia para con la inteligencia, y que ver cómo la inteligencia se hunde en el error, debe despertar en nosotros una actitud compasiva. De modo que la enseñanza, la predicación de la verdad, no es ninguna arrogancia ni ninguna rigidez, sino un modo muy particular.

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