Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La providencia infinita de Dios obra tanto en el momento en el que se hace presente en nuestra vida como en el momento en que parece abandonarnos.

Homilía i223007a, predicada en 20190904, con 5 min. y 45 seg.

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Transcripción:

¿Por qué Cristo tiene prisa? Esta es una pregunta que podemos hacernos al leer el Evangelio de hoy, que ha sido tomado del capítulo cuarto de San Lucas. Cristo es anhelado y amado por multitudes, por pueblos y, sin embargo, Él dice: Tengo que ir a otros lugares, para eso me han enviado. ¿Por qué no se queda en esos lugares donde la obra ha empezado? Esta pregunta es más compleja de lo que creemos, porque uno podría decir, bueno, las necesidades son muchas y estamos de acuerdo. Pero también uno podría preguntarse, pero ¿la semilla del Evangelio ya quedó bien establecida, ya quedó bien firme? en aquellos pueblos donde Él empezó a predicar.

Es decir, ¿qué determina que Cristo llegue y qué determina que Cristo se tenga que ir? O si lo vamos a decir de otra manera, ¿cómo determinaba Cristo su agenda, cómo determinaba Cristo su itinerario? Si nos guiamos por aquellas palabras que Él dijo a sus apóstoles, es evidente que para Él era importante eso que llamó los signos de los tiempos, es decir, a través de lo que él veía en la gente y en las circunstancias, y lo que sentía en su corazón en la oración, a través de esa mirada que es exterior e interior a la vez, Él descubría que tenía que irse.

Pero todo esto nos puede parecer bastante misterioso, sobre todo si tratamos de aplicarlo a nuestra propia vida. Por ejemplo, si nos preguntamos ¿cuál es el momento de comenzar una obra, cuál es el momento de dejarla? Estas son preguntas muy concretas que a veces tenemos que afrontar las comunidades religiosas. Es admirable cuando se mira la historia de la evangelización en América, es admirable ver la cantidad de comunidades que llegaron, sirvieron, incluso dieron a la Iglesia numerosos obispos, es el caso de nuestros hermanos franciscanos y también nosotros, dominicos.

Y después, poco a poco, se fueron dejando esos lugares cuando ya había un clero establecido, cuando ya había una cierta firmeza, la comunidad entonces se mueve a otro lugar, usualmente para prestar un nuevo servicio misionero. ¿Hay alguna pista que nos pueda servir, hay alguna indicación que nos pueda orientar sobre cuál es el momento de llegar y cuál es el momento de irse? Creo que es muy difícil encontrar normas completamente generales a este respecto, pero lo que sí podemos estar seguros, de lo que sí podemos estar seguros es de que Cristo ama cuando llega y ama cuando se va.

Es decir, que el servicio de Cristo no solamente es la intensidad de su visita, sino también el dolor de su ausencia. Sobre este tema habla hermosamente Santa Catalina de Siena, doctora de la Iglesia. Ella llama con un lenguaje muy femenino, muy bonito, muy profundo, ella llama a ese modo de obrar de Dios, lo llama juego de amor. Y con esa ternura de palabras, lo que Catalina quiere significar es lo que encontramos en el Evangelio de hoy, ¿por qué Cristo viene, por qué Cristo se va? Otro gran santo de nuestra Iglesia Católica, San Ignacio de Loyola, habla de dos palabras que tienen relación con nuestro tema actual.

Habla de la consolación, que es como ese momento de la visita y de la percepción de la presencia divina y luego la desolación, que es como la percepción de su ausencia. Pero lo más hermoso es que, tanto en Ignacio como en Catalina, Dios está obrando con su providencia, Dios está obrando con su sabiduría, tanto en el momento en el que se deja sentir, como en el momento en el que se hace extrañar, ambas cosas son de Dios. Que Dios nos regale la maravillosa cascada de sus consuelos, es necesario para el corazón humano.

Pero, el corazón no puede vivir solamente navegando, buceando entre consuelos, también necesita ausencias, también necesita percibir la diferencia, también necesita de la dinámica del suspiro, de la necesidad y del hambre. Es decir, Dios no solamente tiene que alimentarnos, sino también dejarnos sentir el hambre, porque el alimento se convierte en descanso, pero el hambre se convierte en movimiento. Y por eso, aunque no tengamos normas precisas para decir cuándo llega o cuándo se va, sí tenemos claridad.

Y es que su providencia, su providencia infinita, está obrando tanto en el momento en el que Él llega, como en el momento en el que parece abandonarnos, y en uno y en otro momento, en una y otra circunstancia, Dios está buscando lo que es mejor para nosotros. Fiémonos de Él, fiémonos de su manera de obrar porque, lo mismo que Abrahán, cada uno de nosotros también tiene que hacer su camino, y es un camino en la fe.

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