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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La prisa del amor de Cristo la sienten quienes llevan su Evangelio hasta los confines de la tierra.
Homilía i223004a, predicada en 20130904, con 4 min. y 16 seg. 
Transcripción:
Hay un paralelo muy hermoso entre la primera lectura y el Evangelio de hoy. Esta primera lectura fue tomada del comienzo, es decir, del capítulo primero de la Carta a los Colosenses, y el Evangelio es tomado del capítulo cuarto de San Lucas. No olvidemos que en esta semana, que es la número 22 del tiempo ordinario, estamos iniciando la lectura continua del Evangelio de Lucas, el cual nos va a acompañar hasta el final del año litúrgico. Nuestro año litúrgico tiene su culminación con la fiesta de Cristo Rey, faltan, por supuesto, unas cuantas semanas para llegar allá.
Y es bueno que se sepa que, para las misas de entre semana, el maestro, el guía que tenemos es el evangelista Lucas. Pues bien, lo que nos presenta San Lucas, en este caso, es la prisa de amor que tiene Jesucristo. Podemos decir que no se deja retener, cuando la gente empieza a experimentar la bondad, la dulzura, la salud, la vida que irradia Jesús, por supuesto, se apegan a Él. Y hay algo bueno en eso de apegarse a Cristo, si es para volvernos discípulos suyos, si es para adquirir el ritmo de su paso, qué bueno apegarnos a Jesucristo.
Pero si, en cambio, es para tratar de retenerlo y que Él tome nuestro ritmo, pues eso es lo que Él no admite, eso es lo que Él no quiere. Ser discípulo de Cristo es aprender a caminar a su ritmo. No es pretender someterlo a Él a que se quede a nuestro ritmo y a que haga las cosas a nuestra manera. Brille, sin embargo, brille con gran fuerza en este Evangelio y en nuestras almas, el don de ese amor generoso, ese amor que está siempre pensando en dónde es necesario. Este es el criterio del verdadero amor, ¿en dónde soy necesario, a dónde puedo hacer bien?
El amor puramente carnal, el amor mundano lo que está buscando es ¿a donde me puedo satisfacer, a donde me puedo sentir bien, a donde puedo encontrar mi alegría? Qué distinto es el amor que trae Cristo, un amor que no tiene su finalidad en la propia complacencia ni en la propia ventaja o lucro, sino más bien ¿a dónde puedo llegar, a dónde puedo servir, a quién más tendría que alcanzar con esta buena noticia? Y aquí es donde aparece el paralelo con la primera lectura, la de la Carta a los Colosenses.
Porque allí se nos cuenta cómo el apóstol Pablo, de una manera tan llena de esperanza y que nos trae tanta alegría, dice: El mensaje que ha llegado a ustedes, está llegando al mundo entero. Es decir, ese amor que ya vemos resplandecer en la persona de Cristo no es estéril, ese propósito del amor, de llegar, de expandirse, de difundirse, no es vano, ese propósito no cae en el vacío, ese propósito alcanza su obra y alcanza su obra fundamentalmente en la evangelización.
Descubramos entonces en dónde está la alegría del evangelizador, es como pertenecer a la vanguardia del amor que vence, es unirse a la bendita invasión de gracia, es ser parte de un diluvio de salvación que tiene su fuente en el corazón de Cristo y que quiere llegar hasta el último rincón de la tierra. ¿No será esa tu vocación, no será eso lo que le hace falta a tu vida, salir un poco más y dar un mucho más?

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