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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús no sólo es nuestro amigo sino que lucha contra nuestros enemigos. Y lo hace entrando en nuestra propia historia y con nuestras propias circunstancias, para sentirnos amados por El.
Homilía i223002a, predicada en 20090902, con 13 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, el santo Evangelio nos presenta el día de hoy a Jesús en acción. Jesús es aquel que está de pie a nuestro lado, increpando la fiebre, es decir, luchando contra nuestras enfermedades, está a favor nuestro, luchando en contra de nuestros enemigos. Lo primero y más importante que debemos saber sobre Jesucristo es que Él es nuestro amigo. Y lo segundo más importante es que Él está luchando contra nuestros enemigos. Qué hermosa imagen, Jesucristo de pie a mi lado, apoyándome, sanándome, levantándome, enviándome también a ponerme al servicio de mis hermanos.
Esto fue lo que Jesús hizo con la suegra de Pedro, al lado de ella, apoyándola, sanándola, levantándola y enviándola al servicio de los hermanos. Es la primera imagen que debe quedar clara en nuestra mente, Jesús nuestro amigo, Jesús, el que lucha contra nuestros enemigos. ¿Qué otra escena podemos recoger del día de hoy? Nos dice Lucas que la gente llevaba sus enfermos, los acercaban a Jesús, veían en Jesús una esperanza de curación, esa esperanza no quedaba defraudada.
Y también aquí hay otra imagen, hermosa imagen que puede y debe quedar grabada en nuestra mente. Nos dice el texto de hoy: «Jesús, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando». No le faltaba poder a Jesucristo para curarlos a todos con una sola palabra, la inmensidad del amor de Dios obrando en Él era suficiente para que, con una sola palabra, todos hubieran quedado sanos. ¿Por qué Jesús se pone en la tarea de acercar a cada uno y sobre cada uno imponer las manos? Porque Jesús sabe que el corazón humano no solo necesita sentirse sanado, sino que principalmente necesita sentirse amado.
Cada uno con su propia historia, cada uno con sus propias circunstancias, cada uno de nosotros necesita esa experiencia única, la de saberse recibido por Jesucristo, amado, abrazado por Jesucristo, sanado, liberado por Jesucristo. Podemos decir que nuestro Señor Jesucristo quiere que la experiencia de la sanación sea una experiencia personal, inolvidable. Un compañero mío, hermano de comunidad, es decir, dominico también él, fue ordenado sacerdote cuando vino el Papa Pablo VI, hace ya más de 40 años, eso fue en el año 1968.
El Papa Pablo VI ordenó un número notable de sacerdotes, los cuales, por supuesto, esperaban con gran expectativa ese momento, esa celebración. Y este hermano de comunidad, después de más de 40 años, todavía recuerda el instante en que el Papa puso las manos sobre él, sobre su cabeza, y él recuerda que Pablo VI tomaba con amor y con gran firmeza esa cabeza de ese joven en aquella época, que estaba siendo ordenado sacerdote. Él recuerda la intensidad, la presión de las manos del Papa sobre su cabeza, cuando le estaba confiriendo el orden sacerdotal.
Seguramente, las personas que fueron curadas por Jesucristo, en la escena del Evangelio de hoy, conservaron ese recuerdo. El recuerdo de esas manos preciosas y santas sobre sus cabezas, conservaron esa experiencia, quizás como el tesoro más precioso, como el recuerdo más dulce de toda su vida. Así quiere Jesús que nosotros recordemos nuestro encuentro con Él, que cada uno de nosotros sienta en su corazón que es amado con su nombre y su apellido, con su historia, con sus circunstancias, con sus dolores y también con sus cuitas.
La tercera escena que podemos tomar del Evangelio de hoy es aquello de los demonios. Nos dice el texto que de muchos, no dice de todos, de muchos salían también demonios. Esto es importante decirlo y repetirlo, una cosa es la enfermedad y otra cosa es el ataque del maligno y la Biblia conoce bien la diferencia entre las dos cosas. Destaco este hecho porque no faltan en nuestro tiempo aquellos que quieren negar el ataque directo de los espíritus del mal, aquellos que quieren reducir toda la obra del maligno simplemente a malestares físicos, neurológicos o, en todo caso, orgánicos.
Pues la Biblia nos dice, muchos estaban enfermos, fueron donde Jesucristo y de esos, algunos estaban también bajo la acción del maligno. Esto nos hace descubrir dos cosas. La primera, que esa acción del maligno se sitúa en paralelo a la acción de la enfermedad, en el sentido de que también es una frustración del plan de Dios para el ser humano. Esta acción del maligno quiere impedir, quiere recortar, quiere amarrar, quiere impedir el plan de Dios en nuestra vida. Un poco como lo que suele suceder también cuando la enfermedad se ensaña sobre nosotros.
Pero, por otro lado, es diferente. Los enfermos que eran curados y que solamente estaban enfermos en su cuerpo, no tenían que dar ese espectáculo de gritos y, sobre todo, ese grito tan extraño: Tú eres el hijo de Dios, eso no lo gritaban los que estaban solamente enfermos. En cambio, los que estaban bajo la acción del maligno sí que daban estos gritos y así mostraban que, junto al mal físico, existe también un mal espiritual. Pero sobre todo mostraban que el mismo Jesús, que es médico del cuerpo, es médico del alma.
Jesús, sin embargo, no consentía que estos demonios dieran sus gritos. ¿Por qué lo impedía Jesús? Porque no tiene sentido decir que Cristo es el Hijo de Dios si luego uno no le va a hacer caso a Cristo, si uno no va a adorarlo y a amarlo como Él merece ser amado y adorado. El grito de los demonios no es un grito de adoración, sino es un grito de rabiosa frustración. Y Jesús no quiere esos gritos que únicamente hablan de la derrota. Jesús quiere, ante todo, ser amado y obedecido desde lo profundo de nuestro ser.
Como eso es imposible para el demonio, que parece que tiene en el centro de su ser solamente el odio, entonces, si no vas a obedecer con lo profundo de tu ser, si no vas a amar con lo profundo de tu ser, si lo único que tu grito significa es la frustración de tu derrota, cállate. No vale la pena que digas lo que no sientes, lo que no admites en el fondo de tu ser. Jesús, que libera, libera de la enfermedad, y Jesús que libera, libera también de la acción del maligno. La última escena del Evangelio de hoy da un poco de nostalgia.
Esta gente ha sentido el poder liberador de Cristo, han sentido su amor, han sentido su amistad, tienen el recuerdo de sus manos que los han tocado y les han manifestado la ternura misma de Dios. Ahora no quieren dejar ir a Cristo, ¿podemos reprochárselo? Estoy seguro que no, nosotros haríamos lo mismo, nosotros tampoco quisiéramos dejar ir a Cristo, nosotros también quisiéramos retenerlo. Jesús, sin embargo, sigue su camino, y así también nos libera. Nos libera del egoísmo, nos libera de pensar que somos los únicos que sufrimos, nos libera de la estrechez de la mente.
Jesús tiene que seguir su camino y nosotros tenemos que mirar, quizás con lágrimas en los ojos, pero sobre todo con gratitud en el corazón, tenemos que mirar cómo Jesús también se va a ayudar a otras personas, a sanar, a liberar y a amar a otros hermanos. Eso también es sanación y liberación para nosotros, eso también es saber que nosotros mismos tenemos que hacer lo que Jesús está haciendo. Nosotros mismos tenemos que seguir al encuentro de los hermanos para amarlos en el nombre de Cristo, para servirles en el nombre del Altísimo.
Además, este Cristo que corporalmente tenía que retirarse de esa población, en ese momento, ahora presente en el Sacramento Eucarístico, presente por la acción del Espíritu Santo, también en nuestros corazones, sigue tocándonos, abrazándonos y sanándonos. No hay que temer demasiado que Él se retire, si en el fondo se queda con nosotros en el don precioso de la cena, en el don precioso de la Eucaristía, digo mejor, en el don precioso de su acción por el Espíritu en nuestras almas.
Así que sepamos y entendamos bien, hermanos, que este Cristo que vamos a recibir del altar, este Cristo que vamos a comulgar hoy, es el mismo que caminó en Galilea, es el mismo que quiere sanarnos y liberarnos y revelarnos el amor del Padre. Amén.

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