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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Tres interpretaciones sobre aquello de que los últimos serán los primeros: (1) Hay bellas cualidades como la honestidad, la humildad o la pureza que el mundo no aprecia, y Dios sí; (2) Suele suceder que los más pecadores son los primeros en arrepentirse y ser ágiles e ir hacia Dios; (3) Lo que el mundo llama éxito suele ser la reafirmación de los privilegios de unos pocos pero en los marginados hay tesoros que permanecen desconocidos.

Homilía i203008a, predicada en 20210818, con 14 min. y 40 seg.

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Transcripción:

La frase con la que concluye el Evangelio de hoy es muy propia de nuestro Señor Jesucristo, es una de esas frases paradójicas, como pequeños enigmas que después que uno los ha escuchado, se le quedan grabados: «Los primeros serán los últimos, los últimos serán los primeros». Cristo utilizaba frases de esa clase que facilitaban que el mensaje se quedara resonando en la cabeza y en el corazón de sus oyentes. ¿Qué significa esa frase? Hay varias interpretaciones, todas útiles, recordemos algunas.

Una primera interpretación tiene que ver con lo que ya decía el profeta Samuel muchos siglos atrás. Decía el profeta Samuel: La mirada de Dios no es como la mirada del hombre. El hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón. De tal modo que aquello que es valorado en este mundo, que incluso es aplaudido y celebrado, no necesariamente le gusta a Dios. Y, por el contrario, aquello que el mundo considera inútil, como suele ser el caso de la humildad, la honestidad o la pureza, Dios lo valora profundamente.

Por consiguiente, aquellas personas que siguen el camino de Dios muchas veces son los últimos en la perspectiva del mundo, ante los ojos del mundo, pero ante Dios son los primeros. Esa es una interpretación que nos invita a mejorar nuestra mirada, nos invita a recordar lo que dijo el profeta Isaías: «Mis planes no son como vuestros planes, mis caminos no son como vuestros caminos. Como el cielo se levanta sobre la tierra, así mis planes, mis caminos se levantan sobre los vuestros». Eso dijo Dios a través de Isaías.

Entonces, en esta primera interpretación tenemos que elevar nuestra mirada, buscar con ojos nuevos qué es lo que le agrada a Dios para practicarlo nosotros, pero también para saber quiénes son los elegidos del Señor en nuestra época, esa es una primera interpretación. Una segunda interpretación tiene que ver con esa frase tan dura que Cristo dice en el Evangelio, sobre todo dirigida a los fariseos y a los escribas. Dice el Señor: «Las prostitutas, los publicanos, van delante de vosotros al Reino de Dios».

No está Cristo premiando el pecado, no está diciendo que esa sea una vida correcta o agradable a Dios, la del publicano que aprovecha el cobro de los impuestos para oprimir al pobre, o la condición de la mujer prostituida. En ese mismo pasaje, Cristo explica por qué los publicanos y las prostitutas van delante, porque fueron los primeros en arrepentirse. Entonces, según esta interpretación, los últimos serán los primeros porque muchas veces las personas que han estado en una peor condición de pecado son los primeros en arrepentirse.

Y al arrepentirse, descubren el don precioso del amor de Dios y terminan ganando la carrera, mientras que el que se cree bueno, tiene dificultad para apreciar la bondad que Dios le da, porque tiene riesgo de autosuficiencia. Entonces, según esta interpretación, muchos de los que parecen virtuosos y ortodoxos y correctos en la valoración de la gente llegarán sí, pero llegarán de últimos y llegarán de últimos, porque en el fondo se apoyan en sí mismos, se apoyan en su propia virtud y, por consiguiente, son tardos para descubrir el amor gratuito de Dios, esa es otra interpretación.

En la primera interpretación, sacábamos como conclusión que hay que pedirle a Dios que nos mejore los ojos. En la segunda interpretación nos damos cuenta que hay que pedirle a Dios que no tengamos una falsa imagen de nosotros mismos, creyéndonos buenos y siendo tardos para responder con gozo, con agilidad a su amor. Y una tercera y última interpretación que quiero compartirles tiene que ver con el éxito y la prosperidad. Hay que conectar esta tercera interpretación con las bienaventuranzas.

La primera de las bienaventuranzas dice: Bienaventurados los pobres en el espíritu o pobres de espíritu, lo cual en sí mismo no es tan fácil de explicar, dejemos por ahí. Pero en todo caso, dice: Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos. Y estos pobres, estos pobres, son muchas veces los fracasados, los que no tienen éxito. Mientras que hay otro grupo indudablemente minoritario, que son la élite, que son los que sí han logrado el éxito, los que han salido adelante.

Entonces, a los ojos del mundo, los primeros son los del éxito, los de la prosperidad, los que se salen con la suya, muchas veces inescrupulosos, muchas veces con una conciencia flexible, como de caucho, que da para todo. Y esa es la gente que, a menudo, es vista como exitosa y puesta como referencia. Mientras tanto, hay otros que, por distintas razones, muchas veces porque ni siquiera se les han dado las oportunidades en la vida, quedan como al margen y por eso los llamamos los marginados.

Comentaba hace poco, oía en un programa una profesora universitaria, ella da clases, es doctora en filosofía, da clases en alguna de estas muy prestigiosas universidades de Estados Unidos, no sé si era Yale o Stanford, una de esas, Harvard, que tienen renombre mundial. Decía ella que ella era consciente como mujer despierta, honesta, decía: Yo soy consciente que el sistema educativo está hecho para reforzar las diferencias sociales, porque pagar una carrera en una de estas universidades vale una fortuna.

Por curiosidad, me puse a ver y en una de esas universidades cobraban cada crédito a 4500 dólares el crédito. Pero hay materias, una materia vale varios créditos y hay que tomar varias materias, por supuesto, al semestre. ¿Cuánto vale estudiar ahí? Evidentemente solo la élite puede estudiar ahí, pero una vez que se logra el título, el título de Stanford, de Harvard, de Yale vale muchísimo. Y logra entonces que esta persona tenga una hoja de vida impresionante, un currículum impresionante que, a su vez, le garantiza recuperar la inversión y seguir en la élite. El sistema se refuerza a sí mismo.

Entonces, hay mucha gente que jamás podrá entrar en esos círculos. Eso vale para Estados Unidos, vale para Colombia, vale para prácticamente todas partes. Entonces, la élite se refuerza a sí misma, es uno de los problemas sociales más graves que va creando también resentimiento, pero ese es otro tema. Entonces, el mundo aprecia, aplaude, elige, entroniza siempre a los mismos y esos son los primeros. Pero tanta gente que tiene cualidades humanas, cualidades intelectuales, cualidades de liderazgo y de sensibilidad social, jamás llega por allá, Dios ve eso.

Y por eso, no debemos pensar que Dios aplaude cuando el mundo aplaude a los exitosos, tal vez sí, porque indudablemente hay gente buena en todas partes, tal vez sí, tal vez no. Entonces, esta tercera interpretación nos invita a un sano escepticismo, a no correr detrás de las celebridades, ya se trate de celebridades del arte, de la farándula, del intelecto o de la política. Un sano escepticismo y, a la vez, un ojo atento a tantas personas que no han tenido las mismas oportunidades y que, sin embargo, tienen corazones rebosantes de virtud.

Ustedes y yo hemos conocido seguramente personas que tienen cargos muy humildes, muy, muy humildes y, sin embargo, tienen una calidad humana, un talento que uno no deja de pensar ¿qué hubiera podido alcanzar esta persona en otras circunstancias? O a veces uno siente, este es el tipo de gente que debería liderarnos. Entonces, son interpretaciones de la frase de Cristo, eso fue lo que hicimos hoy en la homilía. Primeros que serán últimos y últimos que serán primeros. A veces, se cumple por aquellas cualidades que el mundo aplaude y que Dios, sin embargo, no aprecia tanto.

A veces, tiene que ver con la presteza, la agilidad para el arrepentimiento, que no suele ser característica de los que se creen buenos. Y a veces, tiene que ver con lo que el mundo llama éxito y con una cantidad de gente tan valiosa, tan sencilla, que, sin embargo, está perfectamente clara y brilla ante los ojos de Dios. Sigamos ahora nuestra celebración, pidiendo a Dios la conversión de la mirada, la conversión del pensamiento, la conversión del corazón, que cada vez más nosotros amemos lo que Dios ama.

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