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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios empezó a bendecirte desde el momento en que te llamó a la existencia y aumentó esa bendición desde el momento en que te llamó para ser colaborador de su viña.
Homilía i203005a, predicada en 20170823, con 5 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Hay una hermosa frase de San Agustín que me ha impactado profundamente, tantas frases de él, de hecho. Pero hoy quiero recordar una que pienso que nos ayuda a acercarnos al texto del Evangelio de hoy, ese Evangelio ha sido tomado del capítulo número 20 de San Mateo. La frase de Agustín es esta: La ociosidad camina tan despacio que muy pronto la alcanzan todos los demás vicios. De hecho, uno de los siete pecados capitales es precisamente la ociosidad, con otro nombre, quizás más común, la pereza.
Y es muy interesante esto, porque todavía hay muchas personas que miran el trabajo como una especie de castigo, según dice por ahí, alguna canción tropical muy famosa: El trabajo lo hizo Dios como castigo. Esa manera de hablar pareciera canonizar la ociosidad, el no hacer nada, pero ese no es el pensamiento de la Sagrada Escritura. Yo me acuerdo, por ejemplo, aquel texto del libro de los Proverbios, donde se le invita al perezoso: Mira a la hormiga, perezoso, como quien dice hasta una hormiga te da clases a ti, tiene algo que enseñarte. Aprende de la hormiga, la hormiga que es laboriosa.
Podríamos pensar en otros animalitos, quizás las abejas, por ejemplo, que son siempre laboriosas y hacen cosas bellas y dulces. Pero, la lección fundamental aquí es el trabajo, no lo podemos mirar simplemente como una especie de carga o como una especie de maldición o de castigo. Más bien lo que podemos decir, inspirados en las palabras del Papa San Juan Pablo II, es que el trabajo bien entendido es un camino de santificación. Y es camino de santificación porque lo más importante del trabajo, estas son expresiones de Juan Pablo II en su obra Laborem Exercens.
Lo más importante del trabajo no es lo que tú haces, sino en quién te vuelves, qué llegas a ser, lo que tú llegas a ser gracias al trabajo, eso es lo más hermoso del trabajo. Es decir, el trabajador no solamente cambia al mundo, por ejemplo, el carpintero cuando hace su obra, o el arquitecto o el ingeniero. No, no es solamente lo que tú haces afuera, es lo que sucede adentro. Y todas estas reflexiones vienen a mí, porque nos damos cuenta que precisamente en el Evangelio de hoy se destaca la importancia de estar ocupados en la viña del Señor.
Y hacia la mitad del texto encontramos esta pregunta que hace el dueño de la viña: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? San Agustín dice: La ociosidad camina tan despacio que todos los vicios la alcanzan. Otros dicen que la pereza, pues, es madre de todos los vicios. Y ahí no vale decirlo, de aquel chiste que, como toda madre, merece respeto. No, no, no vamos a decir eso, porque aquí se trata no de dar vida, sino de dar muerte, eso es lo que trae la ociosidad. Así que es bueno, a partir de este texto, preguntarnos cómo estamos gastando nuestra vida, cómo estamos gastando nuestro tiempo.
Pero, luego la parábola nos corrige, no sea que por estar empeñados en las cosas de Dios, creamos que ahora Dios está en deuda con nosotros. Si has seguido hasta aquí el hilo del razonamiento que te propongo, tú no vas a caer en ese error. Porque si efectivamente, el trabajar en la viña del Señor. Bueno, todo trabajo lícito, pero especialmente trabajar en la viña del Señor ya es bendición, según nos decía el Papa Juan Pablo II, quiere decir que no es tanto Dios el que me debe a mí, sino soy yo quien debe una inmensa gratitud al Señor, porque me ha llamado a colaborar en la obra de la creación, mucho más si me llama a colaborar en la obra de la redención.
Por eso, ese trabajo realmente es bendición, y eso es lo que no ven los trabajadores de la viña en la parábola que hoy estamos compartiendo. Ellos parece que tratan a Dios como deudor de ellos, como quien dice tú me debes a mí, No, Dios no te debe. Dios empezó a bendecirte desde el primer momento en que te llamó a la existencia y aumentó esa bendición desde el momento en el que te llamó para que fueras colaborador de su viña. ¿Qué hay que hacer? Abrir los ojos, descubrir esta bendición y luego abrir la boca para proclamarla.

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