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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Antiguo Testamento puede resumirse en la palabra "ley" y el nuevo en la palabra "gracia."

Homilía i203002a, predicada en 20110817, con 4 min. y 42 seg.

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Transcripción:

Si uno tuviera que resumir el Antiguo Testamento en una sola palabra, quizás tendría que ser la palabra ley, porque el acontecimiento decisivo en el Antiguo Testamento es la ley que Dios dio a través de Moisés. Esa ley no es simplemente un código, es, entre otras cosas, una manifestación de amor, una declaración de amor. Porque con esa ley Dios iluminó la conciencia de su pueblo, con esa ley les hizo reconocer que habían sido elegidos, y con esa ley los educó en una maravillosa esperanza. Pero en todo caso, la palabra ley es fundamental en el Antiguo Testamento.

Si buscamos en el Nuevo Testamento una palabra que tenga importancia semejante, tendríamos que, tal vez, referirnos a la palabra gracia, palabra que significa regalo, es un regalo, la salvación como regalo, la ley y la gracia. El apóstol San Juan en su Evangelio, reúne estas dos palabras en un versículo maravilloso: «La ley nos fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos han sido dadas por Jesucristo». El tema de la ley es muy importante porque es la educación de la conciencia y porque es el aprender a distinguir entre lo bueno y lo malo que es el principio, ciertamente, no solo de toda vida humana, sino de toda vida en sociedad.

Pero la ley luego resulta insuficiente, porque la ley no tiene la fuerza para hacernos buenos. La ley puede castigar el mal, la ley puede señalar lo malo, pero la ley no necesariamente nos da la fuerza, nos da el vigor, nos da las ganas de ser buenos. Eso, la transformación interior de nuestros deseos, de nuestros propósitos y de nuestro amor para que siga el querer de Dios, para que se aproxime al amor de Dios, esa transformación interior es la que viene a dar el Nuevo Testamento, a través de ese milagro, milagro en nosotros, que se llama la gracia.

A través de esa acción, porque ya no es una palabra, sino que es un actuar, un actuar transformante de Dios en nosotros, llegamos a ser distintos. Yo me imagino, algo me alcanzo a imaginar, de las dificultades que tuvo nuestro Señor Jesucristo para hacer ver esta novedad, la novedad de la gracia a la gente que le seguía. Si lo miramos bien, Jesús a través de sus acciones estaba manifestando, estaba irradiando esa clase de regalo. Sus curaciones, el poder de sus exorcismos, la hermosura de sus enseñanzas, finalmente son expresiones de un amor que regala.

Piensa en una curación, por ejemplo, una persona que padece una lepra o una parálisis, una ceguera y que recibe sin más el ser curada, esa persona tiene una experiencia de la gracia, una experiencia del amor que transforma y se regala. Pero esa experiencia es difícil luego de traducir como una realidad que no solo recibimos, sino que compartimos. Y eso es lo que aparece en el Evangelio de hoy, en la parábola de esos trabajadores de la viña que son llamados a distintas horas del día, especialmente en los que son llamados al final.

Uno llega a comprender que el solo hecho de ser llamado, el solo hecho de ser acogido por Dios, ya es un regalo. Y uno entiende que, finalmente, Dios no nos debe nada, Dios no nos está pagando, en realidad nos está regalando, su amor mismo es regalo y el estar con Él es regalo, desde el principio del día o al final de la jornada poder encontrarse con Él es el más maravilloso regalo, es gracia.

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