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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestras batallas son interiores y nuestros enemigos invisibles; podemos sentir que vencerlos es demasiado difícil, pero luchando en el nombre de Jesús superamos las dificultades.
Homilía i183007a, predicada en 20190807, con 7 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Trata de responder rápido, sin pensar mucho, ¿te atrae el cielo, quieres ir al cielo? La primera lectura del libro de los Números en los capítulos 13 y 14, de algún modo nos pone a pensar en el destino último de nuestra vida. Para quienes sabemos que la vida no termina simplemente con la muerte, el destino último es la eternidad y la eternidad a la que somos invitados se llama el Cielo. Pero, hay que reconocer que en el Antiguo Testamento hay como una especie de prefiguración de lo que es la vida cristiana.
Salir de Egipto, que equivale a vencer el pecado, ser perdonados, liberados y salir de nuestras esclavitudes, de nuestras idolatrías. Luego, recorrer el desierto. El desierto es imagen de lo que es nuestra vida, en la cual con mucha frecuencia tenemos tentaciones de rebeldía, tenemos dificultades, encontramos vacío, aprendemos a conocernos a nosotros mismos y en más de una ocasión sentimos ¿dónde se fue Dios, dónde se fue Dios? Entonces, el desierto es imagen de esta vida. Pero luego, ese camino que hicieron los israelitas por el desierto tenía una meta que era la tierra que Dios les había prometido, por eso hablamos de la tierra prometida.
Esa tierra prometida, ese llegar a nuestro destino, está claro para nosotros los cristianos, sobre todo después de que Cristo dijo: Me voy a prepararles un lugar. Cuando esté listo, vendré por ustedes para llevarlos allá. Y Cristo también habló con otras expresiones sobre cómo nuestro destino propio era la gloria del cielo, esa parte está clara. Pero, ¿realmente tenemos gusto, hambre, deseo de cielo? Ya el gran obispo San Agustín se lo preguntaba, decía: Si estamos tan apegados a esta vida, si de ninguna manera queremos salir de esta vida, será que de verdad si creemos en el Cielo, de verdad si creemos que Dios tiene preparado para nosotros algo que se llama la bienaventuranza.
La razón por la que podemos conectar estas reflexiones con la primera lectura de hoy es porque lo que encontramos es que unos exploradores enviados por Moisés fueron a la tierra de Canaán y luego volvieron al campamento de los israelitas a contarles cómo estaba la situación allá. Y nos damos cuenta que tienen versiones contradictorias. Por una parte, les traen frutos del país. Por una parte, les dicen: Es una tierra que mana leche y miel, todo eso anima mucho. Pero luego también dicen: Hay unos habitantes terribles y es muy difícil y no lo vamos a poder lograr, no vamos a poder conquistar esa tierra.
Es decir que, la tierra prometida para ellos o el cielo para nosotros, puede ser al mismo tiempo un cierto objeto de deseo, sobre todo si uno tiene una fe viva, pero luego puede ser un objeto, podríamos decir, de preocupación o incluso de distancia, parece que nos esforzamos más por prolongar la vida en esta tierra que por llegar a una verdadera plenitud de vida en la gloria del cielo. Y yo creo que a nosotros nos puede estar pasando lo mismo que les pasó a los israelitas. Por un lado, pues suena muy bien eso de estar con Cristo, eso de vivir con Él, eso suena muy bien, eso del banquete del Reino de los Cielos, eso da una alegría que no cabe en palabras.
O como decía Teresa de Jesús, eso de alegrarse, que todos se alegren, eso suena muy bien. Esa reconciliación universal, ese saber que ya no estamos en peligro, ese saber que esa felicidad nadie nos la podrá quitar, todo eso suena muy bien, pero la gran pregunta, o mejor, el gran obstáculo que encontraron aquellos exploradores fue, hay que conquistarlo, hay que llegar allá. Y esa parte ya no les pareció tan fácil, que hay que llegar allá, que hay que conquistarlo ya no les pareció sencillo. Y nos puede pasar lo mismo a nosotros, porque esas conquistas para ellos eran conquistas fundamentalmente exteriores, batallas, guerras, ganarle a este ejército, vencer a estos soldados.
Eso era lo que ellos tenían que hacer. Pero nuestras batallas, muchas veces, no son tanto exteriores, sino más bien interiores. Nuestros enemigos quizás no son tan visibles, sino más bien invisibles. Mira, que hay que dejar este egoísmo, que hay que dejar esta mentira, que hay que dejar este vicio, que hay que dejar esta envidia, que te olvides de esta lujuria, que bájale el volumen a esa soberbia, que hay que perdonar. Esos son nuestros enemigos, esas son nuestras batallas. Y, a veces, cuando caemos en cuenta que hay que acometer esas batallas y hay que llegar a la victoria, es muy posible, pero muy posible que nosotros sintamos, no, eso está demasiado difícil.
Y es posible que nosotros nos desanimemos. Por eso, hay una gran figura del Antiguo Testamento que la verdad nos dice mucho en este día, es ese hombre que se llama Caleb y que fue mencionado en la primera lectura. Y la razón por la que es interesante este hombre es porque, a pesar de las dificultades, él siguió diciendo: Sí, sí se puede, en el nombre del Señor sí se puede. Creo que necesitamos esa voz, creo que necesitamos ese espíritu. Necesitamos ser más como Caleb, y necesitamos avanzar en el nombre del Señor.

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