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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El desierto hace aparecer la verdad de Dios y la verdad del corazón humano, llevándolo a la purificación y haciendo crecer la semilla de la esperanza.
Homilía i183006a, predicada en 20170809, con 5 min. y 13 seg. 
Transcripción:
La primera lectura hoy está tomada de fragmentos de los capítulos número 13 y 14 del libro de los Números. Si hubiera que dar un título a ese pasaje de hoy, quizás podría servir éste: El difícil camino de la esperanza.
¿Qué es lo que sucede? A ver, los hebreos han salido de Egipto, Dios les ha mostrado el poder de su brazo, al quebrantar toda la arrogancia del faraón. Han caminado por el desierto y Dios les ha mostrado su providencia, manteniendo su salud y cuidándolos con alimento y con bebida. Han sido rebeldes a Dios, han caído en idolatría y en desobediencia, pero Dios les ha mostrado su ternura, su paciencia y su compasión perdonándolos muchas veces. Han murmurado contra los líderes que Dios les puso particularmente contra Moisés, pero Dios ha sido aún más compasivo, ha confirmado a Moisés como verdadero jefe y guía en ese camino y ha sostenido sus promesas.
Nos damos cuenta entonces que el recorrido desde Egipto ha sido un recorrido en el que una y otra vez Dios ha sido compasivo, paciente, providente, generoso, bueno. Y nos damos cuenta que el camino del desierto ha revelado que el problema del faraón, no era solamente del faraón. Quiero decir, si faraón era rebelde contra Dios y ese era su gran problema, pues resulta que los hebreos, aunque salieron del poder del faraón, no salieron del pecado típico del faraón, es decir, siguieron el camino de la arrogancia, el camino de la desobediencia, el camino de darle la espalda al Señor, eso fue lo que ellos hicieron.
O sea que el desierto fue el gran revelador, en el desierto apareció la verdad de Dios, ese Dios que es fiel, que es compasivo, que es sabio, que es providente, que es bondad. Pero en el desierto también apareció la verdad del corazón humano, corazón que es voluble, inestable, rebelde, egoísta, envidioso, inconstante de muchas maneras. Esta es la gran virtualidad que tiene precisamente el desierto, el desierto nos ayuda a descubrir la verdad. Es tan cierto lo que estamos diciendo que, siglos después, un gran profeta llamado Oseas, para describir cómo Dios iba a llamar de nuevo a su pueblo, dijo: Yo los voy a llevar al desierto.
Personificando a todo el pueblo en la figura de una mujer amada pero infiel, Dios le habla a esa que es su esposa, es decir, al pueblo, y dice: «Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón». El desierto es el lugar de la verdad, es el lugar de la purificación. Pero precisamente, por la crudeza de la verdad que aparece en el desierto, no es tan fácil crecer en la esperanza, porque en la rudeza del desierto es realmente difícil creer que el corazón podrá encontrar verdadero descanso, y eso es lo que nos relata en particular, el texto de hoy.
Nos muestra cómo, a pesar de que había algunas señales esperanzadoras sobre cómo iba a ser esa tierra prometida, muy pronto los israelitas se dejan sumergir en el desaliento y muy pronto ellos se dejan hundir en la desesperanza, el texto de hoy nos muestra también a dónde termina la desesperanza. Recordamos seguramente lo que sucedió con aquel personaje, aquel apóstol que traicionó al Señor, Judas Iscariote cuando cayó en desesperanza, se suicidó. Pues algo parecido es lo que encontramos aquí, el pueblo que cae en desesperanza, el pueblo que ya está a las puertas mismas de la tierra prometida, pero no es capaz de creer en la tierra prometida.
Ah, ese pueblo, finalmente quedará tendido en el desierto, durante 40 años dice el Salmo 95: «Durante 40 años aquella generación me asqueó y dije, son un pueblo rebelde que no conoce mi camino». Por eso tomemos también las palabras de ese mismo salmo y apliquémoslas a nosotros: Ojalá escuchemos hoy la voz del Señor, y que hoy, hoy no se endurezcan nuestros corazones, solo así podrá crecer la semilla de la esperanza.

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