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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo muestra que sus milagros no son simplemente expresión de su poder, su fidelidad y su benevolencia; sino sobre todo manifestar que su Reino ya ha llegado.
Homilía i183005a, predicada en 20150805, con 5 min. y 57 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del comienzo del capítulo número 15 de San Mateo. Es una escena que, por lo menos en una primera lectura, tal vez nos resulta desconcertante, estamos acostumbrados a pensar en nuestro Señor Jesucristo como aquel que realiza obras preciosas, fruto de una gran compasión. De hecho, esta escena del capítulo 15 no está tan lejos de otra escena donde brilla toda la misericordia del Señor cuando alimenta a una enorme multitud multiplicando panes.
La pregunta podría ser, si Jesús es tan compasivo en la multiplicación de los panes, perdón pero, dónde quedó esa compasión en el caso de esta mujer, que ciertamente no pertenecía al pueblo de la alianza, ella no era israelita, ella no era descendiente de Abraham, pero era una mujer en necesidad. ¿Por qué la compasión de Cristo parece tardía y como difícil de alcanzar para esta mujer? Esta pregunta demuestra que hay una cierta dificultad en el texto de hoy. Pero suele suceder que donde hay una dificultad, también hay una oportunidad, y la oportunidad en este caso es la de conocer un poco más qué significan los milagros de Cristo, qué eran los milagros de Cristo.
Sabemos que eran obras de poder, sabemos que eran obras que superaban las leyes de la naturaleza, se nota bien, ya lo hemos dicho varias veces, en la multiplicación de los panes, esa parte está clara. Pero la pregunta sería, además de manifestar poder y además de ser, como ya se explicó, señales de misericordia, ¿había algo más en los milagros, algo a lo que tal vez no le hemos prestado suficiente atención, algo que quizás el texto de hoy está poniendo de relieve? Dice nuestro Señor Jesucristo que Él ha sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
Esto es muy importante porque está indicando que el primer significado de la misión de Cristo es mostrar la fidelidad de Dios frente a su pueblo. Dios había hecho maravillosas promesas de fidelidad y de restauración. Por ejemplo, a través de profetas como Jeremías, ya que a través de Jeremías dijo: Voy a hacer una nueva alianza, o a través de Ezequiel, porque dijo Dios a través de Ezequiel: Voy a poner mi ley en sus corazones, les voy a dar un espíritu nuevo, un corazón nuevo. Esas promesas de Dios no caen en el vacío, esas promesas de Dios no fueron hechas al pueblo griego, ni al pueblo de los esquimales, ni al pueblo de los muiscas, ni al pueblo de los mayas.
Esas son promesas de Dios para su pueblo elegido, y ese pueblo elegido es el que experimenta en primer lugar la fidelidad de Dios. O sea que ya aprendemos algo, estos milagros son expresiones de la fidelidad de Dios. Y otra cosa, estos milagros son señales del Reino de Dios, el reinado de Dios que llega a ese pueblo, el pueblo elegido, para luego, a través de ese pueblo, llegar a todas las naciones, como en efecto ha sucedido. Si nosotros, que venimos de pueblos paganos, hemos recibido la fe, es porque los apóstoles que eran del pueblo elegido, fueron enviados por Cristo a todas las naciones.
De modo que, como lo expresa claramente el evangelio de Juan, la salvación viene del pueblo elegido, la salvación viene de los judíos. Dios, en primer lugar, es fiel a su pueblo. Dios cumple sus promesas. Y, en segundo lugar, Dios quiere en estos milagros manifestar la llegada de su reinado. Entonces, los milagros no son simplemente actos de compasión, no son simplemente manifestaciones de poder, son las señales del Reino de Dios que entra cumpliendo las promesas de fidelidad a su pueblo, para desde ese pueblo, en su momento, con gran providencia, abrir camino hacia otros pueblos.
Los milagros son señales de fidelidad y señales del Reino de Dios. Y por eso, lo que le dice Cristo a esta mujer al poner esa relación entre el pueblo elegido y los demás pueblos que, de alguna manera recibimos como las migajas que caen de la mesa de Israel, al hablar de esa manera, Cristo está invitando a esta mujer a la fe de Israel. Que esa misma compasión de Cristo llegue a nosotros y que entendamos que los milagros no son simplemente benevolencia del Señor, sino son, sobre todo, señales de que su reino ya ha llegado. Bendito reino de poder y de amor, y de gloria. Amén.

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