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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los que hemos venido de pueblos que eran paganos jamás debemos olvidar que la salvación no es un derecho; es un regalo al que se accede por la fe y la humildad.
Homilía i183003a, predicada en 20110803, con 4 min. y 33 seg. 
Transcripción:
En mi experiencia como sacerdote y predicador, he visto que uno de los pasajes que causa mayor desconcierto en muchas personas es el que tenemos en el Evangelio de hoy. Se trata de una sección del capítulo 15 de San Mateo. La historia es muy sencilla, se trata de un viaje que hace Jesucristo, un recorrido fuera de la tierra que Dios prometió a Abraham, de la tierra prometida. Recordemos que la tierra de Jesús, el país de Jesús, tenía tres grandes secciones. Hacia el sur teníamos Judea con su capital, Jerusalén. Luego, en la mitad la ciudad y la región de Samaria, y luego hacia el norte, la región de Galilea, donde quedan, por ejemplo, las poblaciones de Nazaret o de Cafarnaúm.
Pero más al norte todavía, ya era tierra de paganos, y los paganos de esa región eran los fenicios. Hay muchas comparaciones que pueden hacerse entre los fenicios y los hebreos, por decir una, los fenicios fueron siempre grandes navegantes, mientras que los hebreos tenían un temor y una distancia reverente frente a las aguas, no eran como su medio natural. Entonces, Jesús sale de su propia tierra, Jesús sale no solamente de Galilea, sino que sale de la tierra de la alianza, de la tierra prometida a Abrahán. Y no sabe uno bien por qué sale, pero es que, además, la noticia de su fama ha llegado hasta esos lugares.
Y entonces una mujer, una sirofenicia, es decir, una mujer de identidad siria y fenicia a la vez, viene y se acerca a Jesús y le hace una petición, una petición entrañable, como solo la puede hacer una mamá, le pide por la curación, por la liberación de una hijita que ella tiene. Y aquí es donde viene el desconcierto, porque entonces Jesús toma una actitud que se nos parece demasiado fuerte, demasiado dura. En primer lugar, la ignora prácticamente y, en segundo lugar, cuando ya es inevitable atenderla, entonces le dice: «No está bien tomar el alimento de los hijos para darlo a los perros o a los perritos».
Es verdad que esa palabra perro no tenía tanta fuerza despectiva como quizás la puede tener en nuestra época, pero, en todo caso, no era una caricia ni era tampoco una gran señal de esperanza para ella. O sea, era algo duro, duro para decirlo a una persona angustiada, duro para decirlo a una mamá. La mujer insiste haciendo un acto de humildad y le dice: «Bueno, pero es que las migajas también caen de la mesa de los hijos, y así se alimentan los perritos». Y Jesús hace un elogio de la fe de ella: «Qué grande es tu fe». Y, de hecho, concede entonces la liberación, la curación a la hija de esa señora.
¿Qué podemos aprender de aquí? Pues yo creo que podemos aprender que nosotros somos esos sirofenicios, es decir, ustedes y yo, pienso que la inmensa mayoría de quienes puedan ver este video o escuchar estas palabras, ustedes y yo venimos del paganismo y eso significa que todo, nosotros lo hemos recibido del pueblo de la primera alianza. Dice Jesús abiertamente en el Evangelio de Juan: «La salvación viene de los judíos». Y nosotros hemos recibido esa salvación del pueblo de la primera alianza.
Es decir, no nos creamos con demasiados derechos, la salvación es siempre un regalo y un regalo al que se accede con dos condiciones, como una puerta que tiene dos llaves. La llave de la fe, la llave de la absoluta confianza en Cristo y la llave de la humildad porque solo la humildad nos permite reconocer la grandeza de Dios y acoger lo que Él nos da como un verdadero regalo.

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