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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La luz de Cristo hace desaparecer el daño causado, la verdad dolorosa, las intenciones ocultas, haciendo que brillen las buenas obras que le dan la gloria al Padre de los cielos.
Homilía i173003a, predicada en 20170802, con 5 min. y 33 seg. 
Transcripción:
La primera lectura del día de hoy podría tener como título: La transfiguración de Moisés. La verdad es que hay bastante parecido entre la escena que nos presenta esta primera lectura y el conocido pasaje de la Transfiguración. En ambos casos está un líder, en este caso Moisés. En el otro, nuestro Santísimo Señor Jesucristo. Hay una montaña, hay oración, hay encuentro con Dios, por lo tanto, y hay discípulos. El otro parecido, por supuesto, es la luz.
En el caso de la transfiguración, nos dicen los Evangelios que las ropas de Cristo brillaban con una blancura imposible de describir, la piel de Cristo era como un faro luminoso. En el caso de Moisés, la descripción es un poco más modesta, pero va en la misma línea. Moisés sale del encuentro con Dios en la montaña y su rostro irradia luz. Podemos recordar en la historia de la Iglesia otros casos de esa manera luminosa, ese modo luminoso.
Es impresionante, por ejemplo, lo que se dice del fundador de mi comunidad, Santo Domingo de Guzmán. Varias personas cuentan que vieron, sobre todo en la parte de su frente, vieron una luz, una luz inexplicable, grata, hermosa. Por eso algunas estatuas de Santo Domingo de Guzmán lo representan con una especie de lámpara, como una especie de fuego cerca de su frente. La lámpara que indica también el carisma que tenemos nosotros los dominicos, iluminar a través de la predicación, pero primero a través del testimonio de vida.
También se recuerdan expresiones luminosas, momentos luminosos en tantas otras personas. Así, por ejemplo, también San Martín de Porres, el humilde religioso que se santificó en el Perú, fue encontrado en algunas oportunidades con su rostro lleno de luz. A veces, esta luminosidad iba acompañada de otros milagros, como, por ejemplo, el hecho de que el santo se levantaba del suelo, es decir, un caso de levitación. ¿Qué tiene que decirnos todo esto, toda esta luminosidad, qué nos enseña a nosotros?
En primer lugar, nos muestra la verdad de aquello que dice nuestro Señor Jesucristo, el que habita en la verdad va a la luz, dice Jesús en el capítulo tres del Evangelio según San Juan. Y en alguna de sus cartas San Pablo dice: Nosotros somos hijos de la luz, no de las tinieblas. También la primera carta de Juan insiste sobre el tema de la luz, que cada uno de nosotros viva en la luz. ¿Qué quiere decir vivir en la luz? Quiere decir básicamente que uno no tiene que esconderse de Dios.
El primero que buscó las tinieblas, el primero que buscó esconderse entre los seres humanos, fue Adán después del pecado. Por eso dice el refrán que el pecado acobarda. Adán se esconde, Adán busca la espesura del bosque, Adán huye de la claridad, huye de la luz de Dios ¿por qué? Porque su ropa, porque su vida, porque su corazón le denuncian. Él ha tratado de taparse con unas hojas de árboles, lo cual ya también indica ese querer esconderse.
Entonces, como su vestido, como su corazón, están sucios, trata de no ver su propia suciedad y trata de esconder lo que ha hecho y, seguramente, después trata de esconder las intenciones que tiene. Esas son las funciones que cumplen las tinieblas. Las tinieblas sirven para esconder el daño que he hecho a otras personas, para que no se den cuenta quién soy yo en realidad. Las tinieblas sirven para que yo no sufra demasiado, tratando de encontrar mi verdad que es dolorosa.
Y las tinieblas sirven también, entre comillas, para mantener ocultas las verdaderas intenciones y así, poder asaltar en su ingenuidad a otras personas. Estos son los pésimos y torcidos servicios que prestan las tinieblas, ocultar, esconder, para eso sirven las tinieblas. Pero cuando llega la luz, todo eso desaparece. Y el brillo de Moisés está mostrando que la luz ha llegado a su vida y que, a través de él, ha llegado al pueblo elegido.
Simplemente recordemos al terminar esta reflexión lo que nos dice Cristo: «Ustedes son la luz del mundo. No se oculta una ciudad puesta en la cima de un monte, que brille así vuestra vida, que brillen así vuestras buenas obras, para que los hombres den gloria al Padre de los Cielos».

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