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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La providencia de Dios es una manera de descubrir que Él es el Creador y que solo Él es el Señor.
Homilía i163009a, predicada en 20210721, con 6 min. y 26 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy nos presenta uno de los milagros más conocidos, más recordados del tiempo que Israel pasó en el desierto. Por supuesto, el desierto es lugar sin comodidades, sin recursos, sin agua muchas veces, sin alimento la mayor parte del tiempo. ¿Cómo alimentas un pueblo en el desierto? Y el milagro que conocemos y que se recuerda en la primera lectura de hoy, es cómo Dios concedió pan y carne, carbohidratos y proteínas a su pueblo en el desierto. Es un ejemplo impresionante de lo que significa la Providencia, es decir, Dios provee.
No hay nada, no hay recursos, no hay de dónde, y sin embargo Dios provee. Hay que tener en cuenta que donde no hay nada, la situación se aproxima a la creación, porque precisamente nosotros enseñamos que Dios creó el universo de la nada. Es decir, aquel que aún en medio del desierto puede proveer, está mostrando con ello que es Señor, que es Creador, porque como dice algún salmo: ¿Quién le ayudó, quién le ayudó a Dios a hacer la creación?, es más bien un cántico del Antiguo Testamento: con quién se aconsejó para entenderlo, para que le enseñara el saber y le dijese el método inteligente, quién le dio consejos a Dios.
Es Dios y solamente Dios el que puede crearlo todo de la nada. Y por eso, la providencia de Dios es una manera de descubrir que Él es el Creador, y es una manera de descubrir que Él y solamente Él es el Señor, ese es el primer punto de nuestra reflexión. Y lo segundo es recordar con cuánta frecuencia Dios nuestro Padre ha hecho maravillas de providencia en circunstancias muy difíciles de las vidas de los santos y, en general, de la vida de la Iglesia. Yo quiero recordar hoy con ustedes una de las historias más bellas de la providencia de Dios.
He conocido como unas dos versiones de este relato y estoy convencido de que es cierto, aunque, por supuesto, estas historias, al pasar de una a otra persona, quizás pueden cambiar en algo, es la historia de los misioneros, las cajas y las gafas. Sucede que, en un lugar muy remoto de África, un grupo de misioneros servía a una comunidad indígena en ese país, en ese continente africano. Y uno de los misioneros necesitaba, como necesito yo, gafas, necesitaba gafas.
El tema está en que si uno necesita gafas y le cambia la fórmula o tal vez uno tiene un percance, se le rompió uno de los lentes, pues uno puede ir a una óptica y obtener seguramente un reemplazo, incluso un reemplazo mejor. Pero en medio de la selva africana, aquel misionero sufría terriblemente porque se habían dañado sus gafas, que él las necesitaba, sobre todo, para leer. Sufría mucho por haber perdido sus gafas o se le habían roto o lo que hubiera sucedido. Tampoco es tan fácil buscar una óptica en esas circunstancias, ni pedir a distancia: Necesito gafas con tales o cuales requerimientos, con tal o cual fórmula.
En esa situación, resulta que un grupo de católicos en otro país, en Estados Unidos, deciden enviar algunas ayudas de medicamentos, que era lo más urgente en esta misión africana. Y entonces estaban empacando en cajas, estaban empacando los medicamentos, a uno de los voluntarios que ayudaba en esa labor, resulta que, en cierto momento, se le confundieron sus gafas y las metió en una caja, pues inadvertidamente. Ya sabes, hay mucho trabajo que hacer, hay muchas cosas, hay mucho que mover, que medicamentos aquí, que hay que pasar esto para acá, que hay que enviarlo pronto.
Y las gafas llegaron hasta África. Y llegan estos lentes y luego en la carta de agradecimiento comenta con lágrimas en los ojos, comenta aquel misionero: No sé quién les dijo que yo necesitaba unas gafas y quién les contó la fórmula exacta para mis ojos. Bendito sea Dios que todo lo provee. La situación de aquel misionero era como la del desierto. Y una vez más, Dios, a los que le son fieles, no deja de socorrer, incluso en algo tan específico como unas gafas formuladas.
Que crezca en nosotros la confianza, que crezca en nosotros la certeza de que si somos fieles a Él en buena conciencia, utilizando por supuesto nuestra razón, pero ante todo nuestra fe, si somos fieles a Él, Él no nos va a faltar. A Él sea la gloria por los siglos. Amén.

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