Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Análisis de las características, raíces y modo de prevenir el pecado de murmuración.

Homilía i163006a, predicada en 20150722, con 18 min. y 46 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

El texto de la primera lectura ha sido tomado del capítulo número 16 del Éxodo. Básicamente lo que encontramos es la murmuración del pueblo de Dios, la murmuración. Nuestro Papa Francisco ha hablado varias veces sobre la gravedad de este pecado. Parece cosa pequeña, pero destruye la comunidad. Parece cosa pequeña, pero siembra el prejuicio. Parece cosa pequeña, pero nos distancia y, al distanciarnos, nos vuelve solos, individualistas, desconfiados, agresivos.

Debemos pensar de la murmuración lo que se dice de algunas plagas que llegan, como por ejemplo, los gorgojos cuando caen sobre la madera y logran hacerle daño. Si miras el gorgojo es algo tan pequeño, pero Dios nos libre de que se llene de gorgojo esa madera que está sobre la cabeza porque algo tan pequeño puede causar un daño muy grande. ¿Qué aprendemos sobre este pecado y sobre cómo vencerlo en el texto de hoy? Examinemos, en primer lugar, que la murmuración siempre tiene una dirección.

«La comunidad de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto». La murmuración siempre es un disparo y el disparo tiene una meta, un blanco, un objetivo. El murmurar implica entonces, una forma de odio, una forma de destrucción que tiene su destinatario, murmuró contra Moisés y contra Aarón. La murmuración usualmente intenta rebajar, descalificar, debilitar al que tiene una función de autoridad o de poder, eso también lo aprendemos del Evangelio de hoy. Cuando se ha visto que se reúna la gente para murmurar del pobre que pide limosna allá en el templo, poco se dará, si acaso para decir ese no es de verdad necesitado.

Pero, en general, la murmuración busca atacar el poder. Es un disparo cobarde que se lanza hacia aquellos que tienen autoridad tratando de agrietar esa autoridad, tratando de quitar ese poder. Yo quiero que nos quedemos con esa imagen, murmuración igual disparo cobarde. En vez de enfrentar la diferencia que pudiera haber de opinión o de lo que sea, con el que tiene autoridad o poder, la murmuración es un disparo cobarde. Otra cosa que aprendemos en este versículo está en el hecho de lo que nos dice el Éxodo: «Toda la comunidad de los hijos de Israel».

El que murmura siempre necesita cómplices, la murmuración es por excelencia un pecado social. A diferencia del simple juicio interior que puede estar equivocado, de hecho, muchas veces nos equivocamos. Pero a diferencia del juicio interior, la murmuración sale al exterior porque necesita encontrar cómplices. El dato es importante porque esto quiere decir que cuando la murmuración no encuentra cómplices, se debilita. Y eso quiere decir que cada uno de nosotros puede convertirse en un pesticida en contra de la murmuración.

El mejor remedio para la murmuración es no discutir con el que murmura, aquello que llega a mí, en mí muere. Si nosotros, como comunidad, como comunidad de los hijos de Israel, si nosotros como comunidad tomamos esa opción, lo que llegue a nuestros oídos, ahí muere, muy pronto el murmurador se da cuenta que la dimensión social, que es indispensable para lograr su propósito, jamás la va a alcanzar. Así que tú sí puedes hacer algo y yo también, para que la murmuración no triunfe, lo que necesitamos hacer es no propagarla.

Lamentablemente, la psicología humana tiene muchas trampas y, a veces, cuando recibimos una noticia que es escandalosa: Mira, se dice que la hermana hizo o no hizo, deshizo, parece que hizo. Entonces, nos convertimos en cómplices con pretextos tan infantiles, como lo que me decía una vez una señora de un grupo de oración: Padre y yo se lo digo en secreto porque en secreto me lo dijeron. Pues valiente, valiente secreto ese ¿de qué sirve decirte un secreto si vas a seguir propagando el secreto? Esa es una disculpa infantil.

Otra disculpa es: Yo te lo cuento para que ores. Mira, parece que el provincial ha matado como a cuatro, pero yo te lo cuento porque quizás tenemos un asesino de provincial. Entonces, para que oremos. Pero es para que oremos, no es murmuración, es para que oremos. Y entonces ese va y dice: Pues, no vaya y sea que yo sea el quinto, voy a recoger más oraciones. Y en esa cosecha de oraciones se va regando, se va regando.

Otra disculpa tonta que decimos con la cual le damos alas a la murmuración es: Oye, tu sabes, será verdad, como el que quiere comprobar, como el que quiere sacar en claro ¿no? Mira, a mí me dijeron que últimamente el que va a hablar con el provincial, el tipo lo estrangula. ¿Tú has sabido algo de eso, te han contado algo, qué has sabido? Yo sí le vi que tenía manos como de estrangulador, pero como no lo he podido verificar, por eso te lo cuento, para verificar. A veces, y este es el último ejemplo que voy a dar de cómo se propaga la murmuración. A veces se considera un signo de amistad y esto, con el debido respeto, pasa más entre mujeres que entre hombres.

Aquello de: Yo no tengo ningún secreto con mi amiga. Y como yo no tengo ningún secreto con mi amiga, si alguien me dice algo de mi amiga, yo tengo que decírselo, porque si un día ella se entera de que yo sabía y no se lo dije, no me va a volver a considerar su amiga. Entonces, cuidado, pasa también entre hombres, pero sé por qué digo que pasa más entre mujeres. Cuidado con esa idea de que la amistad es no tener secretos y, por consiguiente, cuidado con ponerle esa pesada carga a tus amigas, o a tus compañeras, o a tus hermanas, ponerles la carga tácita, pero no por ello menos real, la carga tácita de que todo lo que sepas de mí me lo tienes que decir.

Entonces, parece, parece que el provincial carga un revólver pequeño y como que el siguiente eres tú, parece. Te lo digo porque somos amigos y entonces para protegerte, bueno, que sepas que ya consiguió el revólver, ya lo tiene. Y me parece que oyeron que el siguiente eres tú. Entonces, te lo advierto. Fíjate las cuatro disculpas que le dan alas a la murmuración, las recapitulo. Primera disculpa: Yo no sé, pero así como lo recibí, lo entrego, que es lo más infantil e inmaduro del mundo. Pero que pasa, pasa. Segundo, para que ores. Tercero, para aclarar si es cierto.

Y cuarto, porque somos amigos. Yo cómo no te voy a decir, yo tengo que decirte qué me dijeron que parece que ya consiguió el revólver y como que sigues tú, parece que el siguiente eres tú. Ahí le damos alas a la murmuración. No hay que creer en eso, si no lo han hecho antes, háganlo próximamente, puede ser, por ejemplo, después de la cena. Hablen con sus amistades y díganles lo siguiente: Amigos, seremos toda la vida, pero yo no voy a cometer murmuración contigo. Yo diré aquello que me conste personalmente, yo diré aquello que vea que puede edificar.

Y jamás cometan ustedes el error de maltratar a sus amistades con el lenguaje aquél de: Si tú sabías ¿por qué no me contaste? Yo no puedo decir lo que no me consta. Podía ser cierto, podía no ser cierto. Lo cual nos hace ver que esto de la murmuración tiene mucho que ver con la madurez, se necesita una mayor madurez humana. ¿Qué más aprendemos? Hemos aprendido que la murmuración es un disparo cobarde que suele ir dirigido hacia la autoridad con la que yo no me quiero enfrentar, pero a la que sí quiero debilitar. Y hemos visto que el ambiente, el hábitat propio de la murmuración, es la vida en comunidad.

Todavía podemos aprender otra cosa. ¿Cuál es el lugar donde se dispara la murmuración? La dificultad. Cuando las cosas van bien hay poco de qué murmurar, pero apenas algo falla, se disparan las murmuraciones. Si la comunidad va bien, nadie protesta, no hay ningún problema, pero si de repente resulta que no hay como muchas vocaciones, ahí surge la murmuración. Hay problemas en la economía, ahí viene la murmuración. Hubo que cerrar una casa, ahí viene la murmuración.

Es decir, es bueno que entendamos todos que por nuestra naturaleza humana, debilitada por el pecado, fácilmente caemos en pecado de murmuración cuando aparecen las dificultades, cuando aparecen las contradicciones, ese es el momento en el que más hay murmuración. Además, como la murmuración, ya dijimos, que se dirige hacia la autoridad, quiere atacar a la autoridad, es importante que se tome en cuenta que después de que suceden las cosas mal, todo el mundo tiene la fórmula. Eso es muy chistoso, todo el mundo tiene la fórmula.

Cuando las cosas salen al revés: Ah, es que han debido hacer, y además han debido, y además han debido. Somos expertos para diagnosticar muertos. Ese es un trabajo, yo sí que he visto eso en la Santa Iglesia Católica, somos buenos para diagnosticar muertos. Oye, pero ¿cómo fue que se perdió esa obra tan bonita? Hombre, ¿cómo se fue a cerrar eso? No, pues es que lo que han debido hacer, ahí si, ya una vez muerto, ya llega el diagnóstico. Entonces, en el momento de la tribulación y en el momento de la contradicción, tenemos que saber que es donde más vamos a ser tentados en la murmuración.

Hay otra cosa que nos enseña el texto de hoy. Si ustedes estuvieron atentos al texto, que sé que sí, es decir, todos los que estaban despiertos estaban atentos. Si ustedes se dieron cuenta, habrán observado la paciencia de Moisés en este texto y la paciencia de Yahvé Dios. Mira lo que sucede, mira el insulto y bofetada de los israelitas: «Ojalá hubiéramos muerto en Egipto». Ay, le provoca a uno como acabarlos. Por eso, algunos provinciales consiguen su revólver. Entonces, murmuración: Ojalá hubiéramos muerto en Egipto.

Y ¿qué le dice el Señor a Moisés? Voy a hacer que llueva pan del cielo. Vengan ante la presencia del Señor, Él ha escuchado las quejas de ustedes. He oído las murmuraciones de los hijos de Israel, diles de parte mía: Por la tarde comerán carne y por la mañana se hartarán de pan. O sea, es al revés que esta casa de retiro. Bueno, y efectivamente, codornices y maná, efectivamente. Pero si uno sigue leyendo, ya eso no está en el libro, sí está en el Éxodo, pero no en este texto que escuchamos hoy, uno se da cuenta de que el murmurador es insaciable, porque después de esto siguieron murmurando: Tenemos sed. Y siguieron murmurando: Ese pan sin cuerpo nos da asco.

Y siguieron murmurando. La verdad es que lo que los israelitas querían era muy sencillo, morir al lado de una olla, eso era lo que ellos querían, que no me falte nada hasta que me muera, eso es lo que significa morir al lado de una olla, que no me falte nada hasta que muera. Y esa nunca va a ser la vida humana, la vida humana nunca va a ser eso. Por eso, la murmuración no se calma, ni siquiera tratando bien a la gente, ni siquiera dándoles lo que piden, ni siquiera mimándolos y consintiéndolos. Porque en esto pasa como en otros pecados, pasa lo mismo que con algunas fieras.

Si tú empiezas a alimentar, por ejemplo, un alacrán: Alacrancito querido, tome su desayuno, alacrancito del alma, tome su almuerzo, alacrancito bonito, ¿quién es bonito? Tome su cena. Eso no cambia al alacrán. Entonces, es importante que quienes son objeto de murmuración entiendan que ninguna medida de bondad y de cariño y de abundancia va a solucionar el problema. Lo único que cambia la murmuración, es lo único que acabó la murmuración de los apóstoles. Es decir, solo la infinita abundancia del Espíritu que convierte los corazones.

Entonces, ¿qué debemos hacer en cuanto a las murmuraciones de las que estamos tentados? No propagar, entender en qué momento somos más débiles y descubrir el daño que hace. Qué debemos hacer si somos objeto, si somos blanco de murmuración, ¿qué debemos hacer? Entender que ninguna medida de bondad va a solucionar las cosas, procurar obrar con justicia, pero darse cuenta también, con claridad, que la persona que está cometiendo esa falta nunca se va a sentir satisfecha. Y ustedes y yo hemos conocido eso también en la Iglesia y también en la vida religiosa.

Y por eso, hay personas que parece que cuanto más las miman, a ver dónde te pongo, a ver dónde quiere. Yo he conocido el caso de provinciales que le muestran el mapa, a ver su merced lindo dónde quiere, a ver, diga, a ver papito, escoja lo que usted quiera. No se les acaba la murmuración, nunca estarán contentos. ¿Qué debemos hacer entonces? Ser justos, no esperar mucho de la gente y clamar por la conversión de todos. Porque eso sí, el don del Espíritu Santo que cambia los corazones, ese sí hace una obra maravillosa en nosotros.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM