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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía i163002a, predicada en 20030723, con 18 min. y 7 seg. 
Transcripción:
Hermanos, cuando uno escucha el relato de la Escritura, cómo estos israelitas fueron tan desagradecidos con Dios, es muy fácil tener la tentación de juzgarlos y juzgarlos duramente, dice uno: Pero es el colmo, es el colmo. Los sacan de Egipto con esa multiplicación de prodigios, con esos milagros maravillosos, Dios les muestra su obra, Dios les muestra su poder y su amor. Ola, y estos tipos todavía quejándose, ola, es el colmo. Sin embargo, nosotros no estamos mucho mejor, porque quién de nosotros podrá decir: Yo desde que me convertí, ni un pecado.
Nosotros hemos visto obras y hemos visto obras más grandes que las de los egipcios y las de los hebreos. Los egipcios tuvieron que experimentar las plagas y los hebreos vivieron la alegría de la Pascua. Pero lo que nosotros hemos visto es mayor. Ninguno de esos israelitas podía decir, no lo sabían, no lo conocían, ninguno de ellos podía decir: Dios ha dado su vida y su sangre por mí. Y nosotros sí lo podemos decir. Pero aún sabiendo esto, no cabe duda que el corazón humano tiene raíz de ingratitud.
Por eso, no seamos tan duros con estos hebreos, porque también nosotros hemos murmurado y nos hemos quejado mucho, mucho de los planes de Dios. Los israelitas no se quejaron cuando les iba bien, se quejaron obviamente cuando las cosas les salían mal, cuando no entendían, cuando pasaban por la dificultad, y esa es la misma murmuración en la que uno cae. Cuando las cosas van bien, pues quién se va a quejar de Dios. El problema es cuando Dios nos pone a atravesar un largo desierto, ahí sí está lo difícil, ahí sí es doloroso.
Cuando Dios me pone a atravesar un largo desierto, cuando no le veo sentido a mi espera, cuando no le veo sentido a mi dolor, cuando no le veo sentido a mi frustración, cuando no entiendo. Ahí es cuando nos acecha la murmuración. Y hay un problema muy grave, que cuando uno está en esos momentos, como que todas las maravillas que ha hecho Dios ya no le parecen tan maravillosas, ya no le parece tan grande lo que Dios ha hecho. Desde luego que es un error, porque Dios es siempre Dios, es siempre grande, siempre santo, pero uno en esos momentos no logra sentirlo.
Y por eso uno tiene la misma tentación de los israelitas. Y ¿qué es lo primero que a uno se le ocurre? Mejor estaba antes, mejor estaba antes, yo debería devolverme. Muchas veces le pasa a uno que uno deja un determinado pecado, por ejemplo, la brujería o el espiritismo. Gente que ha estado muy metida en asuntos de brujería y espiritismo y de horóscopos y de todas estas cosas, y finalmente se resuelve por Jesucristo, rompe con eso y lo deja atrás. Pero inmediatamente, tuvo un problema en un negocio.
Y ¿qué piensa? Me iba mejor cuando yo estaba pegado de los brujos, me iba mejor cuando yo utilizaba mis amuletos, me iba mejor cuando yo consultaba al médium, me iba mejor cuando yo invocaba espíritus, es decir, de para atrás, para Egipto. Esto es bueno conocerlo, sobre todo cuando estamos empezando en el camino de la fe. Yo pienso que a toda persona que esté empezando en la fe hay que advertirle: Mira, lo que le dijo Jesús al apóstol San Pedro, Satanás ha pedido permiso para remecerlos, para sacudirlos y se le ha concedido, dice Cristo, y se le ha concedido. De manera que van a ser remecidos.
Es una ilusión, es una fantasía decirle a la gente: Usted se va a convertir y todo le va a salir muy bien. No, eso no es cierto. Muchísimas cosas mejoran, muchísimas bendiciones vienen y, sobre todo, el corazón ya es otro corazón. Pero que vamos a ser remecidos, vamos a ser remecidos. Y por eso, tenemos que estar preparados, porque si no nos va a llegar esta tentación: Ola, yo debería devolverme, yo debería devolverme. Fueron tantas las ocasiones en que los israelitas murmuraron y la Biblia nos cuenta muchas de ellas.
Y en una de esas, por ejemplo, dijeron: Mire, matemos al Moisés, nombremos un líder y nos devolvemos para Egipto. Es decir, ya estaban resueltos a volver a Egipto. La Biblia tiene una expresión durísima, durísima: Vuelve el perro a su vómito. Durísima, fea, pero es que así de feo es darle la espalda a Dios después de conocerlo y echar otra vez para Egipto, tenemos que ser conscientes de eso. Este es el primer punto, que se puede sintetizar bien en el versículo primero del Eclesiástico capítulo 2, Eclesiástico capítulo 2 versículo primero: «Si quieres servir al Señor, prepárate para ser remecido, prepárate para la prueba».
Eso tenemos que tenerlo claro, la conversión nos va a traer cosas maravillosas, pero también nos va a traer una sacudida, nos va a traer dificultades y tenemos que estar listos para eso. Pasemos a un segundo punto basado en esta misma lectura: Dios los oyó con mucha paciencia y les concedió carne y pan. Carne a través de bandadas de codornices, pan a través de un fenómeno que, en parte, parece explicable y en parte no, una especie de rocío, una especie, otros dicen que era como una florecita, otros dicen que era no sé qué, el famoso maná.
La palabra maná viene del hebreo, «man hu» en hebreo significa ¿qué es esto? Que fue lo que preguntaron los hebreos cuando se encontraron con esa como escarcha, y dijeron: Bueno, qué es esto, «man hu». Y de «man hu», viene maná, el maná. Cuando uno piensa en lo que es comer pan del cielo y que Dios les dio pan, eso parece bonito. Pero aquí viene el segundo punto, aprender a caminar en la fe, que es aprender a vivir como de milagro. El creyente no solo vive en la fe, sino que vive de la fe, vive de la fe.
Recordemos lo que le sucedió al profeta Elías, según cuenta el libro de los Reyes. El profeta Elías, perseguido y acosado por todas partes, tuvo que ir al desierto, y estando allá en el desierto, un cuervo lo alimentaba. Dice uno: Bonito eso, pero se necesita bastante fe para que uno lo alimente un cuervo, porque uno dice: Bueno, y ¿qué tal que el cuervo se pierda, qué tal que el cuervo se vaya para otra caverna, qué tal que hoy no aparezca el cuervo? Sí, muy bonito que cayó la bandada de codornices y ¿todas las tardes va a caer otra bandada de codornices? Eso es difícil de creer.
Creer un milagro es posible, creer en el milagro de todos los días, creer todos los días en un milagro eso es tener fe, eso es tener fe. No es solamente vivir con fe ni vivir en la fe, sino vivir de la fe. Cuando ya uno lo ponen en esos terrenos, uno entiende lo que le pasó a estos señores, lo que es vivir con fe, bonito, vivir en la fe, un poquito más, pero vivir de la fe, vivir de la fe, eso es muy grande. Y hacia allá estamos llamados nosotros, a eso, a vivir de la fe, creer que Dios hoy y cada día puede hacer un milagro por mí.
Ayer estaba mirando una página de internet muy interesante de datos de astronomía. Me encanta la astronomía, la ciencia, el estudio del universo me fascina. Esta página se llama space.com, espacio, space.com. Estaba leyendo una cantidad de datos, por ejemplo, sobre el planeta Tierra, ustedes lo pueden encontrar ahí también. Entonces, hacía esta pregunta, contando cosas sobre la tierra. Cuántos rayos, o mejor, cuántos relámpagos, digamos, rayos no exactamente, sino ¿cuántos relámpagos, descargas eléctricas, salidas de las nubes cree usted que acontecen en la Tierra en un día? Pues uno dice muchísimos.
¿Cuántas descargas eléctricas habrá en la Tierra en un segundo? Bueno, estos señores presentan ahí sus datos. En el planeta Tierra hay un promedio de 100 relámpagos por segundo. Desde luego, contado todo el planeta, sus miles de kilómetros cuadrados, 100 relámpagos por segundo. Es una cifra alta, yo no hubiera dicho ese número nunca. En la Tierra, la Tierra recibe 100 relámpagos por segundo, es una cantidad inmensa. Eso, eso nos va dando, nos va dando cuánto, nos va dando como ocho millones seiscientos cuarenta mil relámpagos por día, eso es mucha luz, eso es mucha energía, eso es mucha electricidad. Casi nueve millones de relámpagos cada día.
Vamos a imaginarnos que cada relámpago de esos es un saludo de la gracia, es una obra de la gracia de Dios. Vivir de la fe en mis hermanos es creer que Dios está siempre brillando en mi vida, que Dios está siempre ahí, que no faltara el relámpago de su gracia, que no faltara su luz, es creer que su amor es abundante. Yo te hago una pregunta: ¿Tú crees en un Dios generoso o crees en un Dios mezquino? Esa es la pregunta, si crees en un Dios grande o en un Dios pequeño. ¿Tú crees en un Dios abundante o crees en un Dios escaso?
Porque, es que Jesús dijo una cosa muy seria, dijo: Como sea la fe de ustedes, así serán las cosas que verán. Si tu crees en un Dios escaso, pequeño, mezquino, pues lo que tú vas a ver de Dios es poquito, magro, insuficiente. Si tú crees en un Dios abundante, si tú crees en el Dios de los 100 relámpagos por segundo, si tú crees en el Dios que 100 veces cada segundo hace brillar su luz sobre ti, si tú crees en un Dios que hace brillar su rostro a cada instante, ese Dios que según dijo el profeta: Antes de que me llames, ahí estaré.
Si tú crees en ese Dios abundante, estas son las obras que tú vas a ver. Si tú crees en el Dios abundante, verás abundancia. Si tú crees en el Dios generoso, encontrarás la generosidad de Dios. Si tú crees en el Dios poderoso, sobre todo poder, experimentarás lo que nadie ha visto, tú podrás ver cosas maravillosas, milagros inéditos. No sé por qué me estoy acordando de uno de los primeros santos de mi comunidad allá en el siglo XIII, un hombre llamado Raimundo, Raimundo de Peñafort.
Raimundo de Peñafort una vez tenía que atravesar un río, no había ninguna barca. Entonces, él se quitó la capa, la capa negra que forma parte de nuestro hábito, la tomó por un extremo, se subió en la capa, como si fuera una barca, y atravesó el río. Imagínate eso, que si ese no fuera un testimonio juramentado de un milagro que hizo San Raimundo de Peñafort, uno diría: Estoy viendo dibujos animados. Atravesó el río en capa, ese caso no lo habíamos visto. Él creyó, él creyó posible, él tenía un Dios grande.
Tu Dios es pequeñito, si tu Dios es pequeñito, lo que vas a ver va a ser muy pequeñito. Si tú crees en un Dios grande, verás cosas grandes. Y el Dios grande es el Dios que deja ver su luz 100 veces por segundo, me encanta esa cifra. La Tierra ve 100 veces por segundo la luz en el cielo, 100 relámpagos por segundo. El planeta Tierra recibe 100 veces por segundo la visita de los relámpagos, 100 veces por segundo. Si tú crees en un Dios de 100 relámpagos por segundo, de 100 luces de la gracia en tu vida cada segundo, tú experimentarás ese tamaño de Dios.
No es fácil, no es fácil, evidentemente no es fácil. Y hay ocasiones en que uno siente que es como imposible seguir creyendo, pero los mártires y tantos otros santos nos demuestran que sí es posible vivir así, sí es posible. Y así viven. Tú te imaginas, por ejemplo, Marta Robin, de la cual se dice que vivió casi 50 años de la Eucaristía. Pues eso, desde luego que biológicamente es imposible, fisiológicamente es imposible. Pero tú te imaginas a esa mujer, se despierta por la mañana, aunque ya a lo último casi ni dormía, pobrecilla. Se despierta y dice: Bueno, otro día. Uy, será que Dios también hoy me sostiene sin nada, sin nada, ¿será posible?
Es vivir de un milagro cada día. Una vida como la de Marta Robin fue una vida de un milagro por día. Dios puede hacer eso, Dios puede mantener a las personas viviendo de un milagro por día. Y si fueran necesarios 100 milagros por segundo, los haría, 100 relámpagos por segundo. Si Dios tiene que hacer 100 milagros por ti cada segundo, los hace. Decía Jesús cuando fueron a atraparlo allá en el Huerto de los Olivos, decía Jesús: «Si yo le dijera a mi Padre, 12 legiones de ángeles mandaba por mí». Te das cuenta cómo se sentía súper amado, súper acompañado por el poder de Dios.
Esas palabras tenemos que aplicarlas también nosotros. Si yo le hablo a mi papá, legiones de ángeles, voy a mandar en mi favor. Solo, cuál solo, sola, cuál sola, legiones de ángeles mandaría Dios en mi favor, 100 relámpagos por segundo. Dios brilla siempre en mi vida, no es fácil de creer, pero es maravilloso creerlo. Y en ti está elegir si quieres un Dios pequeñito del cual nunca sabrás nada y cuya fuerza no vas a conocer, o si quieres conocer al Dios grande, al Dios poderoso, al Dios perdonador y victorioso, al Dios vencedor y generoso. Escoge, yo te invito hoy, escoge por el Dios generoso, escoge por el Dios grande, experimenta el poder de Dios.
En unas semanas, el Papa Juan Pablo II, Dios se lo conceda, va a celebrar 25 años de pontificado y con motivo de esos 25 años, se va a dar también la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta. Es una noticia que alegra muchísimo a la Iglesia Católica, van a beatificar a la Madre Teresa de Calcuta. Bueno, todos sabíamos que era una santa, pero es muy lindo que se diga oficialmente. Les cuento esto pues, en primer lugar, para que nos alegremos por la beatificación de la Madre Teresa.
Pero, en segundo lugar, porque cuando la Madre Teresa empezaba su obra, todo el mundo le decía imposible, imposible. O sea que usted espera que Dios le haga milagros todos los días para sostener a todos esos locos, ancianos, drogados, podridos de sida, ¿usted espera entonces que Dios le haga un milagro todos los días para sostener esta gente? Y la Madre Teresa decía: Sí, ahí está. Sí, espero un milagro cada día. Y si tuviera que esperar 100 milagros por segundo, creo que es posible que Dios lo haga.
Que la fe de la Madre Teresa, que esa fe maravillosa que es difícil, pero es la única que nos hace descubrir el rostro de Dios, se apodere de nuestro corazón y nos lleve a una nueva dimensión, a una vida en otra dimensión, en una vida mucho más alta, mucho más bella, mucho más hermosa, mucho más fuerte. Que Dios se glorifique en nosotros. Amén.

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