Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Si de algo nos debe servir el conocimiento es para darnos cuenta que no lo sabemos todo. Necesitamos sencillez y humildad frente a al océano de Verdad que nos hace participes del Evangelio.

Homilía i153009a, predicada en 20230719, con 7 min. y 16 seg.

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Transcripción:

A veces sucede que lo mismo que te enriquece, te sobrecarga. Hace unos años leí una estadística sobre supervivencia de pasajeros cuando un avión tiene un accidente. Cuando vemos las fotos de lo que implica un accidente de aviación, muchas veces pensamos, ahí no sobrevivió nadie. Pero la verdad es que, si vemos las estadísticas globales, más del 80% de los pasajeros que pasan por un accidente, una cosa absolutamente horrorizante, pero más del 80% de los pasajeros de avión que pasan por un accidente logran sobrevivir, ciertamente, algunos con heridas o fracturas.

Lo que te quiero decir con esto es que hay un porcentaje, un porcentaje que está a tu favor en caso de que llegaras a una situación así, yo mismo lo pienso porque por mi labor misionera tengo que viajar bastante. Y lo que te quiero decir también es una historia y es la historia de uno de estos accidentes. Cuando sucede uno de estos accidentes y se produce fuego, normalmente el fuego lo consume todo inmediatamente, casi que lo más peligroso no es el fuego, sino el humo que puede asfixiar a las personas o las sustancias químicas que el incendio empieza a producir y que son gravemente tóxicas para nosotros, los seres humanos.

Por eso, la gran urgencia cuando un avión aterriza de emergencia, probablemente incluso se ha roto el fuselaje, se han perdido los trenes de aterrizaje, la mayor urgencia es evacuar, evacuar, evacuar pronto. Y el personal de las aerolíneas está capacitado para precisamente decir a los pasajeros en un caso tan terrible, decirles: Hay que evacuar y hay que evacuar pronto. Es que esta historia viene con un final un poco triste, pero que nos deja una gran enseñanza y es la historia de una persona.

En este caso una señora que había comprado un bolso de esos carísimos, porque realmente hay bolsos que tienen un precio ridículamente descomunal, un precio, un bolso costosísimo y unos zapatos que hacían juego con ese bolso y yo no sé qué valía más, pero eso iba en el orden de los miles de dólares, pero muchos miles de dólares. Y esta señora va viajando en su avión o, mejor dicho, en un avión de pasajeros, lamentablemente sucede el accidente.

Y cuando sucede el accidente la señora no tenía sus costosísimos zapatos puestos, se los había quitado, los había puesto por ahí a un lado, no tenía su bolso, pues así, sobre su hombro o en su regazo, se lo había quitado. Cuando sucede esta tragedia, porque de todas maneras sigue siendo una tragedia, pues hay que evacuar. La señora se pone a buscar sus zapatos, la señora se pone a buscar su bolso. La historia hubiera podido acabar muchísimo peor, sufrió quemaduras, lograron sacarla prácticamente inconsciente porque ya estaba intoxicada con todos esos gases y todas esas cosas que se producen. Por supuesto, los zapatos y el bolso se perdieron.

Pero esta mujer, que sufrió quemaduras, hubiera podido morir ahí. La historia que estoy contando, una historia verídica, tiene que ver con el hecho de que lo que te enriquece, a veces te sobrecarga. Quizás para ti puede ser muy significativo tener el bolso más elegante de todo el banquete, tener los zapatos más costosos de toda la fiesta. Quizás eso para ti puede ser muy importante, pero eso que supuestamente te enriquece, también te sobrecarga, eso también puede convertirse en una amenaza para ti. Y todo esto tiene que ver con el Evangelio. Y tiene que ver con el Evangelio porque Cristo nos dice que a veces nosotros nos dejamos sobrecargar.

Es decir, nosotros estamos sobrecargados, sobrecargados ¿de qué? Estamos sobrecargados porque nuestro conocimiento y todo lo que hemos aprendido quizás nos ha quitado la sencillez de niños para decirle un sí simple, rotundo y gozoso a Dios, sí Señor, te amo. Eso pasa, eso pasa. Yo he visto jóvenes que ingresan a un seminario, a una facultad de teología y cuando estaban en la sencillez de su pequeño grupo de oración, en la sencillez de su retiro que hicieron de su parroquia, allá en la sencillez, tenían una fe abierta y una gran capacidad de adoración al Señor y un júbilo muy grande de ser de Cristo.

Pero esas mismas personas, esas mismas personas, resulta que entran a estudiar muchísima teología y estudiar muchas teorías bíblicas. Y entonces, Moisés no escribió nada, san Pablo se supone que no existe, los Evangelios son un invento de la comunidad post-pascual, la resurrección es un mito que trata de explicar la constante superación del ser humano. En muchos lugares, lamentablemente, en muchos lugares también de nuestra Iglesia, empiezan a inyectarles en la cabeza todo tipo de teorías.

Y, a veces, esa sobrecarga de conocimiento y esa sobrecarga de teorías arruinó a la persona, arruinó la fe sencilla, gozosa, hermosa, misionera que tenía esa persona, eso se perdió. Y ¿por qué se perdió? Pues se perdió porque la persona estaba sobrecargada con lo que ya no podía digerir, con toda esa información que le echaron encima. Yo no digo que el conocimiento sea malo, claro que no lo digo, de hecho, pues, yo mismo he tenido la oportunidad porque la comunidad también me lo ha ordenado de recibir una formación teológica.

Pero sabes, yo le pido mucho a Dios que tenga yo los títulos que tenga, en mi siempre se pueda cumplir lo que dice el Evangelio de hoy: Te bendigo Señor, te bendigo Padre, porque has revelado estas cosas a los pequeños, a los humildes, a los sencillos. Si de algo nos debe servir el conocimiento, es para darnos cuenta todo lo que no sabemos, como decía San Agustín: Ay de mi, que incluso ignoro todo lo que no sé, cuánto, no sé.

Esa es la sencillez que necesitamos, esa es la humildad que necesitamos frente al océano de la verdad. Y esa es la humildad que puede hacernos partícipes del auténtico Evangelio, lo demás es quedarse uno buscando los zapatos costosos y el bolso carísimo, mientras el avión está en llamas.

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