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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El llamado de Moisés nos recuerda que Dios irrumpe en nuestra historia; pero también nos recuerda que él llama a seres humanos limitados como instrumentos de su obra.
Homilía i153002a, predicada en 20110713, con 4 min. y 32 seg. 
Transcripción:
El libro del Éxodo lleva ese nombre porque se trata de la salida, la liberación, la partida de los israelitas, de la tierra de idolatría, la tierra de opresión, la tierra de Egipto. Pero esa historia sucede a través de seres humanos concretos. Uno de ellos, indudablemente con un papel preponderante, es Moisés, y por eso le vamos siguiendo la pista a Moisés sin olvidar que Moisés es instrumento escogido por Dios. De modo que, finalmente es Dios quien está liberando a su pueblo, es Dios quien está llevando a cabo su plan. O sea, las dos cosas son importantes, que Dios es el autor de la salvación y que Dios elige seres humanos concretos, específicos.
Bueno recordar esto para entender que también nosotros tenemos una parte en el plan de salvación de Dios. Es decir, también Dios, siendo omnipotente y estando en todas partes, infinito en su sabiduría y en su gracia, también puede llamarte a ti, o puede llamarme a mí, para que también nosotros hagamos nuestra parte, como la hizo Moisés. Y en efecto, de lo que se trata la primera lectura de hoy del capítulo tercero del Éxodo es del llamado, Dios que llama a Moisés, lo llama en el desierto. Sabemos que Moisés ha tenido que ir al desierto porque su situación en Egipto era insostenible.
Por una parte, él ha sido criado como si fuera hijo de la hija del faraón, es decir, es como un miembro de la corte. Pero, por otro lado, es un israelita, un israelita que a medida que crece, se da cuenta de la injusticia que se está cometiendo contra su pueblo. La situación de Moisés no tenía salida, pero hay un agravante. Estando en la corte, de alguna manera, él tenía que solidarizarse con las políticas, con el gobierno, con la obra del Faraón. Además, siendo el hijo de la hija, un adoptado de la hija del Faraón, pues de algún modo estaba en dependencia de lo que se quisiera decir allá, de lo que se decidiera allá. Por eso resulta en el desierto.
Y en el desierto lo llama a Dios y Dios lo que viene a decirle es que es un Dios cercano. Muchas veces creemos que Dios no conoce nuestros dolores, pero lo que le dice Dios a Moisés es: He escuchado el clamor de mi pueblo, he escuchado su gemido, conozco su dolor. Yo creo que este es un elemento de nuestra fe que tenemos que renovar y renovar con amor y con gratitud. Nuestro Dios es el Dios que conoce nuestras miserias, es el Dios que conoce nuestros dolores y es el Dios que llama a personas específicas para que sean instrumentos suyos.
Ahora bien, Moisés, Moisés se acobarda. Aunque él mismo tomó una actitud valerosa cuando vio a un egipcio oprimiendo un israelita, tiempo atrás. Y entonces, se decidió a matar al egipcio. Pues una cosa es matar a un egipcio y otra cosa es cambiar la suerte de un pueblo. La tarea es demasiado grande para Moisés, él se acobarda, él siente que esa tarea le rebasa. Y, sin embargo, Dios no cambia su elección, más bien, le da fuerza a Moisés, más bien, llena a Moisés de su Espíritu y de su poder para que pueda llevar a cabo esa misión.
Dios mío, cuánto necesitamos de nuevo Moisés que sepan abrir su boca para luchar contra tantas injusticias, que sean ministros fieles de Dios, para anunciar su Palabra, para cantar sus maravillas. Señor, compadécete y haz tu obra. Amén.

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