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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lejano pero cercano ante el clamor, Dios nos trae la zarza ardiente que no nos anula.
Homilía i153001a, predicada en 19990714, con 28 min. y 8 seg. 
Transcripción:
Moisés iba conduciendo ovejas por el desierto. Años después, Dios le haría pastor, no de ovejas, sino de su propio pueblo, el pueblo rescatado de Egipto. Y Moisés tendrá el encargo de llevar así por el desierto al pueblo, también a esta montaña, el monte Horeb, también conocido como Monte Sinaí. Lleva ovejas por el desierto, este recorrido por un lugar inhóspito es una imagen, podríamos decir, es como un resumen de lo que sería la vocación de Moisés. Conducir al pueblo por esos lugares donde el alimento es escaso y los peligros son abundantes.
Sin embargo, hay diferencias. Las ovejas de este rebaño van a resultar más dóciles que los israelitas, estas ovejas son capaces de ser guiadas por Moisés. Los israelitas serán muchas veces rebeldes a la voz de Moisés. Pero volvamos a la escena, Moisés está conduciendo a las ovejas, unas ovejas que no eran suyas. ¿Por qué Moisés no tiene ovejas? Porque Moisés es un fugitivo, Moisés ha tenido que salir huyendo. Aunque originalmente tenía los derechos de hijo de una hija del faraón, algo así como nieto del faraón, porque había sido adoptado por la hija del Faraón.
Aunque tenía tan altos derechos, su conciencia de su verdadero origen lo había llevado alguna vez a ponerse de parte de los israelitas porque vio a un egipcio que estaba maltratando a un israelita. Y Moisés era un hombre de una inmensa sensibilidad por la justicia. Entonces, Moisés tomó cartas en el asunto, aplicó la justicia por su mano y acabó con ese egipcio, lo mató y lo enterró en la arena. En un arranque de ira por la injusticia, porque Moisés tenía una sensibilidad muy alta por la justicia.
Al otro día, o unos pocos días después, encuentra dos israelitas que están peleando. Y entonces les dice Moisés: Pero ustedes ¿por qué pelean? Son de la misma raza. Y le dice uno de ellos: ¿Es que nos vas a matar, así como acabaste con el egipcio? Y Moisés dijo: La cosa se sabe, la cosa se sabe, esto está grave, van a acabar conmigo. El ambiente se puso tenso y por eso Moisés sale de Egipto, sale como un prófugo de Egipto. Moisés huye de Egipto porque lo van a matar y, de esa manera, se convierte como el primero del pueblo de Israel en salir de Egipto al desierto.
Moisés sale de Egipto porque lo van a matar y después Israel tendrá que salir de Egipto porque los van a matar, el pueblo entero tendrá que salir de Egipto. Moisés va hasta el monte Horeb y se encuentra una pequeña zarza que arde en el Horeb. Luego Israel, guiado por Moisés, hará un largo recorrido hasta llegar a esa misma montaña, pero ya no será una sola zarza la que está ardiendo, sino el monte entero el que está en llamas, según nos describe la Carta a los Hebreos. Había fragor, relámpagos, truenos y la voz de Dios que espantó a los israelitas. Y entonces dijeron: Que no nos hable Dios, mejor háblanos tú, Moisés.
De modo que este episodio de hoy es como la anticipación de todo el Éxodo. Un hombre que es prófugo, pero que al mismo tiempo es el primero entre los libres. Un hombre que, porque tuvo que salir corriendo, no tiene sus ovejas. Moisés no tiene ovejas propias, no tiene sus ovejas. Las ovejas que tiene Moisés son las ovejas de su suegro. El suegro de Moisés, de acuerdo con este pasaje, se llamaba Jetro. O sea que aquí vemos a Moisés acostumbrándose a cuidar ovejas que no son las suyas, después le tocará hacer lo mismo, cuidar al pueblo de Israel, un pueblo que no es el suyo.
Es tan hermoso ver cómo en este pasaje se resume lo que luego sería toda la vida de Moisés, llevar las ovejas hasta el monte de Dios, llevar a los israelitas hasta el Señor, esa será su vocación. Pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb. Se le apareció, en una llamarada entre las zarzas, el ángel del Señor. Esa zarza ha servido para comparaciones bellísimas. Por ejemplo, se ha hablado que esa zarza es como una imagen de la Virgen María. Pero, en primer lugar, esa zarza es una imagen de la obra que Dios hace.
Cómo llenar de fuego sin destruir, eso es lo que Dios hace en nuestras vidas. Dios trae su fuego, el fuego del Espíritu, que hace que nosotros seamos la misma zarza que éramos, pero ahora llena de luz. El fuego de Dios, el Espíritu de Dios llega a la zarza que somos nosotros, y la zarza arde. Pero el fuego que conocemos en esta tierra arde alimentándose del lugar donde se enciende. Si prendo, por ejemplo, un papel, el papel arde, pero el fuego se alimenta del papel. En cambio, el fuego del Espíritu no se alimenta de nosotros.
El Espíritu Santo no viene a alimentarse de nosotros porque no necesita de nosotros. Es un fuego que no viene a tomar de nosotros, sino un fuego que es puro don, que es puro regalo, que es pura donación. El fuego del Espíritu Santo no llega a quitarnos nada, la zarza sigue siendo zarza, pero es una zarza ardiente. Así también llega el Espíritu Santo a tu vida y tú eres lo que eras, pero en fuego, en espíritu. De aquí surge una imagen preciosa sobre lo que es el sentido de la obediencia a la voluntad de Dios.
Cuando yo obedezco la voluntad de otra persona, yo tengo que cancelar mi voluntad para que se realice la voluntad de esa persona. Por ejemplo, yo quería salir a jugar fútbol, pero me mandaron a barrer el convento. Tengo que cancelar mi proyecto, tengo que anular mi proyecto, tengo que anular lo que yo soy, para hacer lo que otro quiere que yo haga. La voluntad de Dios no llega a nuestras vidas anulando lo que nosotros somos, esta es la farsa más bella de todas las zarzas. Esta es la zarza embellecida, esta es la zarza luminosa.
El Espíritu Santo no llega a anularnos, la voluntad de Dios no llega a cancelarnos. Por eso, no hay que temer a la voluntad de Dios, no hay que temer al fuego de Dios, a ese fuego no hay que temer. Dedicarnos a obedecer solamente voluntades o caprichos humanos, incluido el capricho de uno mismo, puede ser destructivo, la zarza se consume y se destruye. Cualquier otro fuego destruirá la zarza, pero el fuego de Dios no destruye. Dios no viene a ti a destruir lo que tú eres, sino a que tú seas la zarza más bella de todo el desierto, a que tú seas zarza, pero zarza divina, zarza según el modelo de Dios.
Una zarza no tiene gran belleza. Además, podemos suponer que en estos peladeros no había ciertamente zarzas que fueran espectáculos de hermosura. Era un matorral, un poco de maleza, un poco de maleza en el desierto. ¿No es eso lo que muchas veces siente uno de la propia vida?, no se siente muchas veces que la vida es así como un desierto, y no se siente entonces, que en ese desierto de la vida nosotros somos como matorrales, sin belleza, sin gracia, lleno solamente del polvo, del frío y de la sequedad.
Pues bien, viene el Espíritu de Dios a nosotros, para que nosotros seamos matorrales, pero matorrales plenos de vida, plenos de luz. Moisés llega al monte Horeb y se encuentra con este espectáculo que atrae su atención. Y se dice: Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza. En realidad, esa zarza era imagen del mismo Moisés, porque el Espíritu de Dios vendrá sobre Moisés, es que Moisés mismo era una zarza. Moisés no era una persona que tuviera conflictos de autoestima, no hay que enviar a Moisés al psicólogo.
Moisés no tenía problemas de autoestima, pero tenía un profundo realismo. Sabía de su incapacidad, cuando Dios le comunica el mensaje, cuando Dios lo llama a ser el liberador del pueblo de Israel, Moisés dice: Pero ¿quién soy yo? Es una persona que tiene realismo sobre lo que es. ¿Quién soy yo para hacer eso? O sea que esa zarza, ese matorral sin gracia en medio del desierto, ese es Moisés. Moisés era como un matorral sin gracia. Y Dios le puso por el camino otro matorral, pero otro matorral con gracia.
El matorral con gracia era la zarza ardiente, el matorral que se sentía sin gracia era el mismo Moisés. O sea que la zarza ardiente también son los santos. Los santos son zarzas ardientes, y nosotros somos zarzas que estamos buscando ese fuego de Dios. Vamos por el desierto de esta vida como matorrales sin ninguna gracia, vamos por esta vida como gente sin mayor sentido. Y de pronto, Dios nos muestra a sus santos, Dios nos muestra zarzas ardientes y decimos: Pero ¿cómo es posible que no se haya acabado esa persona?
Cómo es posible que Pedro Claver hiciera lo que hizo, años y años de un servicio tan abnegado. Cómo es posible que San Lorenzo entregara su cuerpo a las llamas. Cómo es posible que Santa Blandina, una esclava que fue pavorosamente torturada por el nombre de Cristo resistiera. Cómo es posible que tantos hayan perdonado a sus enemigos, cómo es posible que hayan hecho milagros tan grandes, cómo es posible que la humanidad, nuestro pobre barro, soporte obras tan grandes, cómo es que no quedaron aplastados por Dios.
La zarza ardiente son los santos, y nosotros somos zarzas que todavía no arden. Nosotros somos matorrales sin gracia y Dios nos pone delante matorrales con gracia. Y uno mira el matorral con gracia y uno dice: Pero ¿cómo es posible esto, cómo es posible que esa persona sea así? Feliz admiración la de Moisés, a través de la admiración de la zarza ardiente, Moisés fue llamado a arder también él. Y, de hecho, la vida de Moisés fue una zarza ardiente. Su humanidad pequeña, su humanidad triste, su humanidad rastrera.
Era un hombre cobarde, era un hombre limitado, un hombre que tenía conciencia profunda de sus limitaciones, de sus barreras. Era una zarza, pero esa zarza Dios la puso a arder. Y así como Moisés se maravilló de esta zarza ardiente, así muchos se maravillaron de ver que Moisés, que era el hombre más bajo, el hombre más humilde de la tierra, lo describe la Sagrada Escritura. Así también, Moisés fue una zarza ardiente que atrajo a muchos otros. Y ¿qué sucedió? Moisés se empieza a acercar a la zarza, puede ser sorprendente para nosotros lo que entonces sucede.
Dios lo llama, esa es una manera de atraer: Moisés, Moisés. Lo llama, lo atrae. Pero cuando Moisés responde: Aquí estoy. He aquí lo que le dice la voz: No te acerques. Lo atrae y lo frena, lo acerca y lo repele. Es un comportamiento un poco extraño el de esa voz, que es la voz de Dios. Al mismo tiempo atrae y frena, quiere que nos acerquemos y nos muestra la distancia. Por qué obra Dios así, por qué quiere que nos acerquemos y cuando nos estamos acercando nos dice: No te acerques. ¿Por qué este lenguaje tan extraño de acercarnos y alejarnos, por qué obra Dios así?
Dios obra así porque, si solo nos dijera: Acércate. Nosotros creeríamos que la oferta de Dios es lo mismo que hacen nuestras manos, o nuestras palabras, o nuestros pensamientos, creeríamos que Dios es como nosotros. Y si Dios fuera como nosotros, pues tan incapaz sería Dios de salvarnos, como incapaces somos nosotros de salvarnos a nosotros mismos. Acércate, pero no solo acércate, es también aléjate. Y ¿por qué no le dice solo aléjate? Porque si le dijera aléjate, si solo le dijera aléjate, le estaría diciendo: Tú y yo somos incompatibles. Tú y yo somos distintos y distantes.
De manera que con ese lenguaje de acércate y aléjate, Dios le estaba enseñando algo a Moisés, y a través de Moisés y de este pasaje a todos nosotros. ¿Qué es lo que nos enseña? Pues que Dios no es distinto de nosotros, pero que Dios tampoco es como nosotros. No es distinto de nosotros, quiere decir que podemos acercarnos, que no es como nosotros, quiere decir que hay un límite en ese acercamiento. ¿Se puede decir esto de una manera más clara? Sí se puede decir, creo yo.
Por una parte, Dios nos desborda, nos excede, nos rebasa. En ese sentido, sentimos a Dios lejos, lejos. El tamaño del universo, las fuerzas que rigen el cosmos, los hechos que acaecen en la historia nos desbordan radicalmente. Cuando se piensa, por ejemplo, en lo que es el fragmento de la vida humana frente a las arenas de los siglos, nos sentimos desbordados, somos demasiado pequeños y él es demasiado grande.
Cuando pensamos en los problemas del mundo, cuando pensamos en cuánto avanza la maldad y a qué velocidad por todas partes, cuando descubrimos los poderes de la muerte, de la traición y del pecado, nos sentimos desbordados y decimos: Frente a eso nada puedo. Dios podrá hacer algo, yo nada puedo. ¿Qué puedo yo hacer, qué puedo hacer ante este mundo desbordado, este mundo desbocado, yo qué puedo hacer, yo qué podré hacer? Nada, si acaso soy golondrina y no haré verano. De manera que esa parte del aléjate es la parte de la trascendencia de Dios, la trascendencia de Dios. Dios nos desborda.
Observa cómo Dios lo llama, pero Dios también le dice: No te acerques y lo invita a tener ese gesto de descalzarse, de llegar descalzo donde Dios, Dios le recuerda su trascendencia. Tener la capacidad de recordar la distancia que nos separa de Dios, su inmensidad frente a nosotros es indispensable, porque si no creemos en un Dios grande, tampoco creeremos en soluciones grandes. Y los problemas de todas maneras son muy grandes. De modo que, si los problemas son muy grandes y tú no crees en un Dios grande, no tienes nada que hacer con tu Dios frente a los problemas.
Por eso, hay que tener clara conciencia de la trascendencia de la inmensidad de Dios. Y en ese sentido, nos dirá el Nuevo Testamento: Dios habita en una luz inaccesible. Dios nos desborda, Dios es inmenso, Dios es infinito, Dios es lejano. No está mal que algunas veces sintamos lejano a Dios, eso no está mal. Es bueno sentir esa distancia, es bueno sentir que Él puede, lo que yo no puedo. Es bueno sentir que Él logra lo que yo no logro. Es bueno sentir que Él tiene la verdad que yo no alcanzo. Eso es bueno, eso no es malo.
Lo malo es quedarse solamente con la parte del aléjate. Antes de decirle: No te acerques, le había dicho: Moisés, Moisés, había pronunciado el nombre de él. Y si hay algo que es personal, si hay algo que es íntimo y cercano, es el nombre, ha llamado a Moisés por su propio nombre Moisés. De modo que es el Dios que es infinito, que nos rebasa, que puede lo que no podemos, que sabe lo que no sabemos, que se compadece y perdona lo que nosotros no podemos compadecer y perdonar. Es el Dios Santísimo, nosotros somos pecadores.
Es el Dios lejano, pero ese Dios lejano conoce mi nombre y me puede llamar por mi nombre un día, como a Moisés lo llamó junto al Horeb, Dios puede pronunciar mi nombre. El Dios infinitamente cercano, el Dios infinitamente lejano, es también un Dios infinitamente cercano. Y así como conoce el nombre de Moisés, así también conoce la realidad del pueblo de Israel y le dice: El clamor de los israelitas ha llegado a mí, hoy esto es una sorpresa. El clamor ha llegado hasta mí. No dijimos que era un Dios que estaba lejos, más allá de las estrellas, por encima de toda verdad, en una luz inaccesible.
Pero hay un puente que une a ese Dios lejano con esta tierra de iniquidad. Y ese puente se llama clamor, el clamor de mi pueblo. Hay un puente entre el infinitamente lejano que hace que sea infinitamente cercano y ese puente es el clamor. El clamor, ¿qué es el clamor? Es la expresión del dolor ante el único que puede remediarlo. No es esta una preciosa enseñanza para nosotros, saber esto, saber que es posible clamar a Dios. Cómo puedo escalar yo ante un Dios que supera los siglos, que atraviesa los espacios, que todo lo conoce, que todo lo puede, que es infinitamente santo y que además, desbordándome por todas partes, no lo puedo llamar sino luz inaccesible.
¿Cómo puedo llegar a Él? No es una luz inaccesible, después de todo, hay un acceso a la luz inaccesible. Y el acceso, el camino a la luz inaccesible ¿cuál es? Aprender verdades, cuánto tiempo voy a tardar en aprenderme las verdades que Dios sabe. Hacer ejercicio en el gimnasio hasta que yo tenga el poder de mover montañas como Él, es ridículo. Voy a ejercitarme con urbanidad y buenas maneras para poder perdonar a toda la gente como Él la perdona, es ridículo. Mi gimnasio, mi biblioteca es pobre, ridícula para llegar a la luz inaccesible.
Pero hay un camino para luz inaccesible, ese camino se llama el clamor. ¿Quién ha llegado hasta esta luz, quién? Acaso ¿qué dice este Dios, qué dice? Dice, por ejemplo, los más sabios de entre ustedes están a punto ya de alcanzarme, ¿dice eso? Dice, los reyes más grandes entre ustedes ya casi tienen mi Majestad, ¿dice eso? Dice, los que han hecho sus ejercicios y sus rutinas en los gimnasios ya casi tienen mi poder, ¿dice eso? Dice, aquellas de entre vosotros que saben maquillarse ya casi igual a mi hermosura, ¿dice eso? No dice eso.
Dice: El clamor de los israelitas ha llegado a mí. Hay acceso al Dios inaccesible y ese acceso se llama el clamor, se llama la súplica, se llama el ruego. Lo que no alcanzamos amontonando libros en nuestra cabeza, ni amontonando cremas y barnices en nuestro cutis, lo que no logramos con horas de gimnasio, de entrenamiento, de presunción de política o de cualquier otra cosa, lo logramos reconociendo nuestra necesidad y clamando ante Dios. Cómo es de importante esta escena: Moisés, te conozco por tu nombre, soy el Dios que te conoce, soy el Dios cercano. No te acerques, la tierra que pisas es santa, soy el Dios lejano. Es Dios de lejos y el Dios de cerca.
Y así lo necesitamos, un Dios que esté muy cerquita, muy, muy cerquita, para que oiga cuando lloro sin pronunciar palabra. Un Dios que pueda sentir hasta la lágrima que se desliza en silencio por la mejilla de un niño entristecido. Necesitamos un Dios que tenga un oído así de cercano, pero necesitamos también un Dios que sea más grande que todos los reyes de la tierra, para que ninguno de los reyes de esta tierra y ninguna de las fuerzas del cosmos vaya a creer que tiene tanto poder como el Dios del cielo.
Un Dios cercano y un Dios lejano, un Dios más grande que todos y un Dios más íntimo que todos. Este es el Dios en el que nosotros creemos. Y hemos aprendido también que a este Dios se llega a través de una palabra maravillosa que se llama el clamor. Cuando uno escucha historias de conversión, siempre hay esta palabra, siempre, la palabra clamor, clamor. Con alguna frecuencia, en razón del ministerio sacerdotal, escucho historias de personas que se han convertido a Dios. Y siempre hay un momento en el que la persona dice: Y yo le grité a Dios, y yo le clamé a Dios y yo.
Hay un momento en el que finalmente se rompen todos los diques, y uno ya no cree más en sí mismo. Y en ese momento dices tú, ahí se toca al Dios inaccesible, ahí, ahí se toca. Mientras la persona no se ha agrietado, mientras la persona se le agrieta pero resana, resana, un poquito de pañete, un poquito de pintura y seguimos y seguimos. Se estalló una ventana. No importa, compramos otra. Se cayó un pedazo de techo, conseguimos otro. Mientras la casa. todavía uno cree que la puede reparar siempre, no ha llegado la hora del clamor.
Pero la hora del clamor llega y bendita hora del clamor. No siempre tendrá que ser un ataque de ira, no, eso va de acuerdo con el temperamento y las circunstancias de la persona. Pero lo que tiene en común, lo que tienen en común todos los clamores, es lo que dice hermosísimamente una canción: Rendirse, ríndete a Cristo, ríndete a Él. Rendirse, rendirse. Los israelitas sintieron: Con estos egipcios no hay nada que hacer. No hay pacto de Ginebra que se haya inventado todavía, porque Ginebra no existe todavía, no hay Asamblea de las Naciones Unidas, no puedo apelar a Bill Clinton, no puedo correr y llorarle a la OTAN. No tengo nada, no tengo a nadie. Señor, Señor, este es el clamor.
Y este es el clamor que hace que el Dios más grande que todos, pueda estar cerca a nosotros y pueda obrar en favor nuestro: Señor, Señor, me rindo. Tú eres el Señor. Alguien puede pensar que este es un acto de cobardía. Entonces, tendrás que decir que también fue un acto de cobardía ser creado. Tú dónde estabas cuando te estaban creando, te estabas ayudando a ser tú mismo. Fuiste hecho hombre, fuiste hecha mujer, fuiste hecho y recibiste tu ser, o ¿fue que te lo diste tú? El clamor nos devuelve a nuestra condición original de criaturas, no es un acto de cobardía, es un acto de sensatez.
La belleza del clamor, la belleza de rendirse ante Dios, es la belleza de encontrar al Dios cercano que antes era el Dios lejano. Pero saber que el Dios cercano, no por cercano, deja de ser poderoso y saber que el Dios lejano, no por lejano, está imposibilitado de oírme, aunque esté lejos, me oye y aunque esté muy cerca de mí, todo lo puede. A que belleza, el que tenga ese Dios, el que conozca ese Dios que se una a Moisés, verá grandes obras, verá una pascua maravillosa, comprenderá el poder incomprensible, el poder de Dios que todo lo supera.

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