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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuando vemos a la Iglesia como una simple organización humana, su destino queda marcado por la respuesta, y entonces: los intereses y las manipulaciones del mundo. Necesitamos proclamar completo el Evangelio y a la vez ser conscientes del punto en que estamos dentro de nuestro propio proceso.
Homilía i143012a, predicada en 20230712, con 26 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Hermanos, hace pocos días encontrábamos la misión de Cristo que cura toda enfermedad y toda dolencia. Hoy vemos que Cristo envía a sus apóstoles para que curen toda enfermedad y toda dolencia. Lo que debemos concluir de esto es que los apóstoles son como una prolongación de la misión de Cristo, del amor de Cristo, incluso del cuerpo de Cristo. Los apóstoles son como las manos extendidas de Cristo, manos que se multiplican para llegar a más enfermos, para hablar a más pecadores, para liberar a más posesos, para anunciar la Buena Noticia a más pobres. Los apóstoles prolongan a Cristo, los apóstoles continúan la misión de Cristo.
Este comentario me hace recordar unas palabras muy sabias del cardenal Sarah. Dice el cardenal que una gran tentación en nuestro tiempo es ver a la Iglesia solamente como una institución humana, que tiene partidos políticos, que tiene que adaptarse, negociar con el mundo, revisar su producto, ver cómo mejora las ventas o, por lo menos, su impacto en el público. Y de ahí surgen muchos daños para la Iglesia. Cuando la Iglesia se mira o permite que la mirada de otros se introyecte y entonces empieza a mirarse como una institución solamente humana, es el mundo el que le dicta a la Iglesia lo que tiene que decir.
Ya no es una Iglesia que prolonga a Cristo, sino es una Iglesia que recuerda tal vez a Cristo, lo toma como un punto de referencia, pero no hace presente su misión y su Evangelio. Es muy peligroso esto de negociar simplemente con el mundo, que es lo aceptable y que es lo no aceptable, porque muchas cosas que estamos obligados a predicar, primero a vivir, no son populares, no son aceptables, no son del gusto del mundo. Por eso, Cristo tantas veces habla de ese conflicto entre su mensaje y el mensaje del mundo.
Por ejemplo, dice que su Palabra va a traer división en muchas familias. Y hace toda la descripción: La hija contra la madre, la madre contra la hija, los padres contra los hijos. Es decir, el Evangelio es una palabra dulce y amorosa del Padre, pero una palabra que reclama todo nuestro corazón para Dios. Y eso significa desechar toda idolatría y toda es toda. Entonces, ahí vendrá el conflicto, conflicto que empieza en el corazón de uno mismo, porque hay cosas, hay pecados, hay malas costumbres de las que uno no quiere desprenderse.
Entonces, a veces, uno quiere encajar en el Evangelio lo que a uno le gusta, a lo que uno está acostumbrado, lo que a uno le sirve, lo que es popular hoy en el mundo, es una presión constante. El anuncio del Evangelio no es solamente de la Iglesia hacia el mundo, sino que el mundo también tiene su evangelio, entre comillas, un evangelio que quiere imponernos, que está lleno de mensajes de individualismo, está lleno de mensajes de libertinaje.
Finalmente, el evangelio, entre comillas del mundo, es el evangelio falso, el evangelio de puedes ser feliz a tu manera y haciendo tu voluntad. El Evangelio de Cristo, el evangelio en el que creemos y queremos creer, es: Serás feliz solamente en el camino de la voluntad del Señor. El evangelio del mundo resulta atractivo porque exalta tu voluntad. Y el evangelio de Cristo resulta arduo porque somete tu voluntad por amor ciertamente, la somete a la voluntad del Padre. Ese es un buen criterio para distinguir el mensaje del mundo y el mensaje de Dios.
Pero hay otro criterio que también hay que recordar hoy, y hay que recordarlo con dolor, por lo que está pasando en la Iglesia. La palabra omitida, la palabra omitida por excelencia en el que estamos llamando evangelio del mundo, es la palabra conversión, y la palabra fundamental en el Evangelio de Cristo es la palabra conversión, por ahí empieza la predicación del Señor: Conviértete y cree en el Evangelio. Por ahí empieza Cristo. La palabra conversión es la palabra fundamental. Una espiritualidad que no pase por la conversión es una trampa, una Iglesia que omita la conversión es una trampa.
Yo digo estas palabras con gran dolor, porque uno de los principales organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud decía públicamente hace poco: Nosotros no estamos buscando que los jóvenes se conviertan. Me parece una desgracia, una terrible desgracia. Cómo es posible que un sacerdote, que un obispo, que un cardenal diga eso, no estamos buscando que se conviertan, como así. Por supuesto que lo que queremos es que todos lleguen a Cristo y que en Cristo todos lleguemos al Padre. Eso está pasando en nuestro tiempo.
Así que, por favor, los que oran, los que interceden, los que hacen penitencia aquí tienen un motivo muy fuerte para su oración y su penitencia. Pretende entrarse en nuestra Iglesia esa idea de un Evangelio sin conversión. Frente a todo ese esquema, frente a toda esa realidad que es muy dolorosa, están las palabras que empecé a citar del padre, del cardenal Sarah. Cuando él dice que la tentación por donde todo empieza a dañarse es cuando miramos a la Iglesia solamente como una institución humana. No, la Iglesia es la prolongación del misterio de Cristo en la historia, en el mundo.
Cristo, a sus apóstoles les dio autoridad. La palabra del Evangelio que aparece ahí se puede traducir también por poder, es la palabra exousía, les dio poder. Nosotros, como miembros de la Iglesia y, en particular, nuestros pastores, nuestros obispos y sacerdotes, han recibido exousía, han recibido autoridad, poder de parte de Cristo. Y ese poder es el que es capaz de enfrentarse al enemigo y vencerlo, ese poder es el que es capaz de enfrentarse a enfermedades y dolencias y expulsarlas, poder de Cristo.
Nosotros somos bendecidos con ese poder y, a la vez, somos transmisores de esa autoridad, esto se nota especialmente en los sacramentos. El sacerdote que nos confiesa es como un canal a través del cual el poder de Cristo derrota lo que el pecado quiso hacer en ti. No es solamente que Dios te perdone, que, por supuesto es lo esencial, sino que además, la fuerza de la autoridad de Cristo a través del sacerdote destruye la mala obra que el pecado quiso hacer en ti. Otra manera muy bonita de ver lo que sucede en la confesión, es pensar que en el fondo de nuestro corazón está la imagen misma de Dios, porque cada uno de nosotros es imagen y semejanza de Dios.
Pero encima de esa imagen preciosa, divina, ha caído basura, hojarasca. Nuestros pecados y las consecuencias en parte de los pecados de otras personas y toda esa mundanización de la que venimos hablando, ha echado basura encima, basura encima de esa imagen divina. Y el poder de Cristo, la autoridad de Cristo se parece a esas máquinas que utilizan a veces, yo no la he visto por aquí, no sé si existe en este monasterio, utilizan a veces unas máquinas que echan un chorro potente de aire, lo utilizan para limpiar hojas, por ejemplo.
Entonces, el poder de Cristo es como esa máquina potente que arroja el torrente del Espíritu y echa fuera todo eso que quiso empañar la imagen de Dios en ti. El pecado quiere deformarte, Cristo quiere reformarte. El pecado quiere volverte irreconocible, la redención de Cristo te hace reconocible para que el Padre pueda ver su imagen en ti, como ve su imagen en Cristo, y pueda decir de ti lo que dijo de Cristo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia». Esa es la autoridad de Cristo, esa es la autoridad que Él da a sus apóstoles.
Y por eso también, la consigna que varias veces encontramos en el Evangelio: «No tengáis miedo», porque el que hace la pelea es Él. Hace unos minutos estaba invitando a orar por la Jornada Mundial de la Juventud y por aquellos sacerdotes y obispos que dicen: No, lo importante es que la gente se reúna y que se encuentre y que puedan convivir en paz. No, lo importante no es solamente eso, que nos respetemos está bien, como un primer paso. Pero lo que nosotros anhelamos es el mundo para Cristo, que Él reine y reine en todo y en todos.
Claro, cuando vemos en qué situación se encuentra la Iglesia, ya que se alcanzan a decir palabras como las que he citado, pues uno se puede sentir descorazonado. No te dejes desanimar, cuando tú oras, cuando tú le pides a Dios por los obispos, por los sacerdotes, por la Jornada Mundial de la Juventud, cuando tú oras, es Cristo el que también está orando en ti. El cristiano nunca ahora solo, en el cristiano ora a Cristo. Hay muchas obras de Cristo que suceden en el cristiano, pero la primera es esa. Tú nunca oras solo.
Tu oración te puede parecer imperfecta por muchas razones, porque es inconstante, porque es tibia, porque es distraída, seguramente mi oración es muchísimo peor. Pero no debemos desanimarnos en nuestra intercesión, en nuestra evangelización. No debemos desanimarnos porque tenemos la convicción profunda, tenemos la convicción total de que es el Señor el que le da fuerza a nuestra oración. Cuando tú estás cantando los Salmos, por ejemplo, está Cristo orando también en ti. Por eso decía San Agustín que en los Salmos, Cristo ora en nosotros. Cristo ora en nosotros y a Él se dirige también nuestra oración, nos dice San Agustín.
Entonces, es Cristo el que está dando la pelea, en la oración no estás solo, en la intercesión no está solo, en un consejo que tú das, no estás solo. Y por supuesto, en el ministerio, especialmente de sacerdotes y obispos, ningún sacerdote está solo, es Cristo el que va a consagrar la Eucaristía hoy, es Cristo el que va a perdonar a cada penitente hoy, es Cristo el que sigue dando la pelea, sigue dando la batalla, limpiando con ese tubo potente que arroja la fuerza del Espíritu. Cristo está limpiando, limpiando tu rostro para que se vea, para que seas espejo nítido del Padre, de la imagen de Dios, esos son los santos.
Hacia el final del texto de hoy, después de darnos los nombres de los apóstoles, encontramos un aviso de Cristo que es un poco extraño, puede sonar un poco extraño: No vayáis a tierra de gentiles, dice Cristo, ni entréis en las ciudades de Samaría, dice Cristo, id solamente a las ovejas descarriadas de Israel. Estas palabras nos extrañan porque, si hemos dicho que los apóstoles son como prolongación de la misión de Cristo y del ser de Cristo, entonces ¿por qué esa restricción? Los gentiles, es decir, los paganos, los no judíos, también necesitan del Evangelio. Los samaritanos también necesitan del Evangelio.
Entonces, ¿por qué Cristo les dice que no vayan allá? Bueno, hay que tener en cuenta que este es el capítulo décimo de San Mateo. Si tú pasas unas bastantes páginas y llegas al capítulo número 28 de San Mateo, ya te encuentras con que Cristo dice: Vayan a todas las naciones y enséñenles a todos lo que yo les he enseñado a ustedes. Dicho de otra manera, esta misión de los apóstoles en el capítulo décimo, es una misión parcial dentro del proceso de formación de ellos. Es decir, Cristo, por una parte, es consciente de la inmensa necesidad del mundo, pero Cristo también es consciente del proceso de formación de sus apóstoles.
Dicho en un lenguaje popular, los huesos más duros de roer todavía no, todavía no. Ir a tierra de idólatras, a tierra de paganos, todavía no, no estáis listos todavía. Ir a tierra de samaritanos, los samaritanos eran como los herejes de la época, porque solo aceptaban parcialmente la Biblia y parcialmente la fe. Ir a tierra de herejes todavía no. O sea que Cristo está lleno de misericordia, pero también está lleno de realismo. Y este es un consejo muy oportuno para nosotros, porque es verdad que nosotros tenemos que buscar que el mundo sea para Cristo, pero también es verdad que cada uno de nosotros está en un proceso de formación.
Y por eso uno tiene también que medir sus fuerzas, uno no puede con todo, uno no puede con todo, a medida que vayamos madurando, creciendo, formándonos, a medida que el Evangelio se vaya asentando y echando raíces más y más profunda en nosotros, también crece la exousía, también crece la autoridad, el poder de Cristo a través de nosotros. ¿Por qué menciono esto? Pues pensando en el ministerio precioso que ustedes tienen de consolación, de acogida, de escucha, de consejería esto, esto es importante. No todos los casos los puede resolver uno.
Y, a veces, hay que tener la humildad de decir: En este momento no voy a poder con esto, en este momento necesito remitir este caso a otra persona. A mí me pasa de muchas maneras esto que estoy diciendo. Por ejemplo, está el caso de las personas que tienen una adicción fuerte a sustancias, por decir algo, a droga. Los casos de adicciones hay que tener una cierta, hay que tener una cierta prudencia, sobre todo si se trata de adicciones a sustancias o esto. A mí personalmente varias veces me ha tocado decirle a la persona: Por supuesto que yo puedo confesarte, pero lo que tú necesitas, el tratamiento que tú necesitas para salir de tu adicción, yo no estoy capacitado para hacerlo.
Uno tiene que tener esa humildad, uno tiene que tener ese realismo, uno no puede con todo. Por consiguiente, la misión a la que Cristo envía a los apóstoles aquí, es una misión con restricciones. Ya llegará el momento, con la fuerza de la Pascua, con la unción del Espíritu, ya llegará el momento en el que los pueda enviar a todos. Y mire que la Iglesia es así, prudente en estas cosas. Por ejemplo, la Iglesia tiene establecido que en cada diócesis el obispo tiene que nombrar a algunos sacerdotes a los que conozca muy bien en su formación, en su madurez, madurez humana y espiritual, a algunos sacerdotes para que sean exorcistas de la diócesis.
No todos los sacerdotes están autorizados por la Iglesia para hacer exorcismos. Y uno podría decir: Bueno, pero yo soy sacerdote, igual que el otro, a mí me ordenó también el obispo, también con crisma ungieron mis manos. Todo eso es cierto, pero está también esta restricción, esta humildad. Y es muy bello tener en cuenta ese factor de realismo y de entender el proceso en el que va cada persona. Tú no puedes con todo, vamos a ver, paso a paso. O sea que, completando las ideas, nosotros, como discípulos de Cristo y como prolongación de Cristo, queremos que el mundo sea para Dios y que el mundo sea para Cristo Jesús.
Y a la vez, entendemos nuestras limitaciones. No podemos con todo, no podemos enseñar a todos, no podemos aconsejar a todos, no podemos exorcizar a todos, todo tiene su orden. Me estoy acordando de unos excelentes exorcistas que conocí en la Arquidiócesis de Guayaquil, en Ecuador. Tuvimos un encuentro de formación muy bonito con sacerdotes, en el momento del almuerzo casualmente me tocó un exorcista a la izquierda y otro a la derecha. Tuvimos una conversación tan bella con estos buenos hombres. Qué sencillez, qué sabiduría, qué amor de Dios en ellos, ha sido de las experiencias más positivas.
Sobre todo, porque los medios de comunicación en esto de los exorcismos, siempre es el espectáculo. Los verdaderos exorcistas, los autorizados por la Iglesia, son de una sencillez, de una naturalidad, gente que hace chistes y gente que sonríe y gente sana. Uno tiene que ser muy realista. Resumen entonces, del mensaje de hoy. La Iglesia es prolongación de Cristo. Nosotros queremos que Cristo reine, que Cristo reine en todo y en todos.
Y en contra de lo que andan diciendo aquellos obispos, nosotros sí queremos que todos los jóvenes se conviertan a Cristo. Y que si aparece un joven musulmán en la JMJ, que llegue a Cristo y que le diga sí a Cristo y que se bautice, eso es lo que queremos, y para los judíos, y para los ateos y para todos. Primero, claro, que se sientan acogidos y respetados, sí, pero que lleguen a Cristo, eso es lo que queremos. Y que Él reine y que Él sea conocido y amado y obedecido en todas partes, eso es lo que queremos.
Al mismo tiempo, somos conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra debilidad, de nuestras incoherencias y pecados, y somos conscientes, somos muy conscientes de nuestro proceso. Por eso, necesitamos la sabiduría de nuestros pastores y superiores que nos van guiando y nos van mostrando qué es, cuál es el paso que podemos dar en ese momento. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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