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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo envía a sus apóstoles a mostrar que el primer rostro de la misericordia es restaurar lo que está dañado; no desecharlo.
Homilía i143005a, predicada en 20130710, con 16 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Se suele atribuir a cada una de las Divinas Personas una parte, una dimensión de la obra de nuestra salvación. Dios Padre se asocia con la creación, Dios Hijo con la redención, Dios Espíritu Santo con la santificación. La creación, fundamento de todo. La redención, podemos decir que es parte del camino. La santificación es la culminación o la llegada a la meta. De esa manera, en ese sencillo esquema comprendemos que Dios es el primero y el último, y también comprendemos que Él acompaña nuestro camino, Él mismo se hace camino con nosotros.
Por el momento, no hablemos de la parte de la santificación y centrémonos en las otras dos, crear y restaurar. Crear es como empezar algo nuevo. Restaurar es corregir o renovar lo que ya existía, lo que ya estaba. Crear y redimir, empezar algo nuevo o corregir lo que ya está. Podemos asociar esas dos, con la obra de la predicación. El pueblo de Israel tenía una alianza con Dios, pero esa alianza estaba en mala condición. Recordemos como un ejemplo, aquello que está en un cántico de Daniel: «Ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta, y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo».
Recordemos también lo que se cuenta en el libro de los Macabeos, cómo después de vencer al Imperio helenístico, se restaura el templo, pero viene un problema ¿qué hacemos con las piedras del altar? El altar ha sido profanado porque sobre él se han ofrecido sacrificios impuros, se ha cometido sacrilegio. Entonces, ¿qué hacemos? Es el templo del Señor, pero al mismo tiempo ha sido profanado. Finalmente, no saben qué hacer. Entonces, dejan las piedras del altar ahí aparte y dicen: Esperemos que venga un profeta. No tienen claridad, no tienen luz, no tienen profeta.
Así que el pueblo de Israel, al tiempo de la llegada de Cristo, se encuentra en gran necesidad de renovación y de restauración. Por eso las palabras del Señor en el capítulo cuarto de San Lucas tenían que ser tan consoladoras: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para dar una buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, a los ciegos la vista». Ese no es un enunciado general, es que el pueblo de Israel se sentía cautivo y es que se sentían ciegos, no sabían a dónde ir, no veían la luz de Dios.
Por todas esas razones podemos asociar restaurar con el pueblo de Israel. En cambio, conviene asociar crear con la predicación a los paganos, porque según dice varias veces San Pablo en sus cartas: «Vosotros que antes no erais objeto de la misericordia, ahora sois objeto de la misericordia». Incluso el mismo Pablo llega a llamar gran misterio escondido desde siglos eternos, aquello de que los paganos sean llamados también a la amistad con Dios. Y si dice que es un misterio escondido por siglos eternos, es porque es como una novedad absoluta.
Cómo así que los pueblos que estaban completamente excluidos ahora van a recibir la Buena Noticia, hasta llegar a ese punto que también dice el mismo apóstol en que ya no hay griego, ni judío, esclavo, ni libre. ¿Cómo es eso? Es una novedad total, la novedad de que Dios quiere dar también la salvación a los paganos. Así que, podemos decir que la predicación a los pueblos no judíos se asocia muy bien con una nueva creación o con crear de nuevo, si vamos a ser más precisos. Mientras que la predicación al pueblo de Israel, al pueblo judío, la podemos asociar con la restauración.
Teniendo eso presente en nuestra mente, volvamos al pasaje de hoy, tomado de San Mateo: «A estos 12, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: No vayan a regiones paganas ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos». Debe tenerse en cuenta que los samaritanos eran tratados por los judíos prácticamente como si fueran idólatras. Recordemos que en los orígenes mismos del pueblo samaritano están los caprichos de un rey, un autonombrado rey llamado Jeroboam, que también se inventó él, se inventó allí un sacerdocio.
Entonces, los judíos consideraban que esa gente no tenía la verdadera fe. Jesús les dice ni a samaritanos ni a paganos, como diciendo, aquella parte, aquella novedad, aquella sublime novedad de la predicación al pueblo pagano, eso que es crear de nuevo, eso vendrá después. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Es decir que según esta explicación, primero va la restauración y luego vendrá aquello de crear algo nuevo. Primero la restauración, primero tiene que quedar claro que Dios es un Dios fiel.
O como dice San Pablo, de un modo tan hermoso en la Carta a los Romanos, refiriéndose precisamente al pueblo judío: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Primero tiene que quedar claro que Dios es suficientemente poderoso para restaurar. Luego, ya vendrá el tiempo de anunciar la Buena Noticia a los pueblos que no habían oído nada del Dios verdadero. Pero primero que quede claro que Dios es fiel y que Dios restaura y cuida lo suyo. Bueno. Y ¿qué nos dice eso a nosotros? De un modo simpático, podríamos decir que Dios no pertenece a la cultura de lo desechable.
Cuando cumplieron 50 años de edad, unos abuelitos, 50 años de matrimonio, quiero decir, unos abuelitos, les preguntaba la gente: Y ¿cómo hicieron ustedes para llegar a 50 años de matrimonio? Y respondió la señora y dijo: Es que nosotros fuimos educados en una cultura en donde si algo se daña, se repara, no se tira. Ese es el evangelio de hoy, si algo se daña, se repara, no se tira. Por supuesto que estos apóstoles realizando maravillas como sanar a los enfermos, resucitar a los muertos, purificar a los leprosos, expulsar a los demonios, rápidamente hubieran tenido éxito y popularidad en el mundo pagano. Pero Jesús dice: Si algo se daña, se repara, no se tira.
Lo primero es reparar y restaurar, lo primero es la fidelidad. Y la primera expresión de la compasión no es el anuncio de un pueblo nuevo, el primer anuncio de la compasión es la restauración del pueblo de la Antigua Alianza. Por eso, primero a Israel. A lo largo de los siglos ha habido una cantidad de gente que ha tomado una actitud distinta, inmediatamente uno puede pensar en la Reforma Protestante. Lutero y los demás reformadores ¿qué actitud toman? Ya se dañó, lo de Roma se dañó, se tira, empecemos otra cosa nueva.
Pero esa actitud es suicida porque entonces luego, el que considere que el luteranismo ya está viciado, entonces tira el luteranismo y funda otra cosa. Y luego esos, cuando ya están descontentos, tiran eso y fundan otra cosa. Y esa ha sido la historia del protestantismo, tirar a la basura y fundar otra cosa, tirar y buscar otra cosa. En cambio, la actitud verdaderamente evangélica, la actitud verdaderamente cristiana, es si algo se daña, se repara, no se tira.
Entonces, la Iglesia necesita renovarse, sí, pero la solución no es tirar la Iglesia. La solución no es arrojarla lejos, no es deshacerse de la Iglesia y fundar otra iglesia nueva, limpia, no. Siempre existe la tentación protestante, incluso dentro de la Iglesia Católica, existe esa tentación protestante de deshacerse de lo que no sirve y empezar una cosa completamente nueva. Todos quisiéramos ser Adán, todos quisiéramos un día despertarnos y sentir que el mundo es a la vez nuevo y nuestro. Pero lo que Jesús nos muestra es que si algo se daña, se repara.
Y en el fondo, ese es un mensaje de enorme consuelo, porque resulta que la vida humana muchas veces se daña. Y si se aplicara el principio protestante a la vida humana, entonces habría que decir: Ya pequé, ya no hay nada que hacer conmigo, ya que Dios haga otro será. Y en ese caso, tirar, es decir, arrojar, desechar significaría infierno. No, «Yo no me complazco en la muerte del pecador, sino en que cambie de conducta y viva». O sea que la primera expresión de la misericordia es la fidelidad, y lo primero que Dios quiere hacer con nosotros es repararnos, no desecharnos.
Por eso también, dice el apóstol San Pablo: «Éste es el tiempo de gracia. Éste es el tiempo de salvación». Que el mismo Señor nos permita vivir estos días de retiro así, como un tiempo en el que Dios nos repara, Dios nos restaura. Que ha habido cosas malas, que ha habido incoherencias, que ha habido deficiencias en cada uno como persona, en la comunidad, como tal, nadie lo duda. Pero la solución no es desechar, la solución es reparar, restaurar con humildad, con cariño, apoyados en la fidelidad de Dios.
Fíjate que es lo mismo que dice el cántico del siervo: «La caña cascada no la quebrará». ¿Qué es una caña cascada? La que está como herida, está casi completamente rota. La caña cascada no la quebrará. Y ¿qué es quebrar? Quebrar, es decir, ya esto no se pudo nada, rompa eso. Y más bien sembramos otra caña. No, la caña cascada no la quebrará el pabilo vacilante, aunque hay países que dicen, pábilo. El pábilo vacilante, pábilo humeante no lo apagará.
A veces la vocación, a veces la vida de la Iglesia es así como pábilo humeante, y la tentación es darle un buen soplido, ya se acabó eso y empezamos otra cosa. Pero no, Dios lo que hace es proteger eso que parece muerto, cuidarlo y darle vida, porque si algo está dañado, se repara, no se tira. Acojámonos a ese Dios cariñoso, acojámonos a ese Dios que es Padre amoroso, acojámonos a ese Dios que se goza restaurando, que se goza renovando, acojámonos a ese Señor y digámosle: «Restáuranos, Dios Salvador nuestro, que brille tu rostro y nos salve».

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