Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía i143002a, predicada en 20090708, con 17 min. y 46 seg.

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Transcripción:

El Evangelio, mis hermanos, nos permite asomarnos hoy a un momento crucial en el ministerio y en la vida de nuestro Señor Jesucristo. Es aquella escena en la cual Él llama a sus discípulos y reconstruye a Israel, esa es la razón del número doce. Durante estos días, o tal vez, algo así como una semana, hemos estado oyendo la historia de Jacob, a quien Dios le cambió el nombre para llamarlo Israel. Y Jacob, según ese relato, tuvo doce hijos que son el origen de las doce tribus de Israel.

El número doce es el número de Israel y Jesús escoge doce entre sus discípulos para que sean sus apóstoles. Con esa escogencia, con ese número, está indicando el propósito de su misión. De lo que se trata es de restaurar a Israel, restaurarlo ¿de qué? Restaurarlo de tres cosas, de la división, del destierro y de la desilusión. De la división, porque bien sabemos que después del primer rey Saúl viene David y luego Salomón, pero hasta ahí estuvieron unidas las tribus de Israel.

Ya el hijo de Salomón, llamado Roboam, fue un fanfarrón, fue un presuntuoso que más se preocupó de sí mismo y de su bravuconería que del bien del pueblo. Y de esa manera se dio paso a la división entre el reino del norte, que se llamó precisamente Israel, y el reino del sur, el reino de Judá. De esa división nunca se recuperaron, entre otras cosas porque el reino del norte, después de unos espasmos dolorosos y de situaciones graves de incredulidad e idolatría, cayó bajo el yugo de los asirios.

Asiria tenía como capital Nínive y tenía como constitución o como norma la crueldad extrema. Los asirios eran torturadores de oficio, hábiles en exterminar pueblos. Y así las diez tribus, óigase las diez tribus del norte, fueron devoradas, despedazadas, masacradas por los asirios. De todo aquello no quedó prácticamente nada, quedaron solo dos tribus, la pequeña tribu de Benjamín y la tribu de Judá. Así que esa herida, esa pérdida causada por la división, nunca se sanó. Quedó ahí, en el recuerdo de los judíos, así llamados, por supuesto, por venir de la tribu de Judá. Esa es la primera herida.

La segunda herida es el destierro. Había una promesa bellísima que Dios mismo le había hecho al rey David. Su trono, según esa profecía, tenía que durar para siempre. Y la dinastía de David ciertamente duró unos cuantos años. David vivió hacia el año mil antes de Cristo, unos cuatrocientos, y tantos años después esa dinastía cae, sin embargo, es el destierro a Babilonia. Y aunque el destierro, como tal, duró solo setenta años, pues la herida del destierro tampoco se terminó de sanar nunca, porque resulta que los que volvieron a Jerusalén no fueron todos.

De hecho, el destierro a Babilonia marca el comienzo de lo que luego se llamaría la diáspora, la dispersión. Y Dios en su providencia, utilizó esa diáspora de un modo maravilloso en la predicación del Evangelio, porque esas comunidades judías que quedaron en distintos lugares de esos imperios antiguos, el Imperio helenístico y luego el Imperio romano, esas comunidades que tachonaron las costas del mar Mediterráneo, sirvieron luego de punto de llegada de primera avanzada, quizás, por lo menos un modo de dar alguna recepción a los misioneros cristianos, en especial a San Pablo.

Cuando San Pablo, muchos siglos después del destierro, esté predicando a Cristo, su punto de llegada en todos estos lugares del Mediterráneo serían estas comunidades judías que, en última, se remontan hasta la época de la diáspora. Pero el hecho es que, si miramos al destierro como tal, la herida del destierro tampoco sanó, porque el pueblo nunca volvió a tener una tierra. De hecho, independencia como tal, los judíos solo tuvieron o volvieron a tener después de la Segunda Guerra Mundial, eso es bastante más de dos mil años.

Entonces, esa es una segunda herida, la herida de la dispersión, la herida del destierro. Además, los que regresaron a Jerusalén tuvieron que resignarse a ver su propia ciudad, su propio país, por una parte, ocupado por potencias extranjeras y, por otra parte, en unas condiciones de pobreza, de limitación, de necesidad que no habían conocido antes. Esto también tiene relación con el Nuevo Testamento, cuando el rey Herodes, que no era ciertamente de la dinastía de David, sino que era un idumeo.

Cuando el rey Herodes quiere ganarse a los judíos, lo que hace es acariciarles el ego herido, y para ello se empeña en construir un maravilloso templo. La construcción de ese templo tomó más de treinta años y ocupó buena parte del reinado de Herodes, papá y luego de Herodes hijo. Herodes papá fue el que quiso matar a Cristo, y Herodes fue el cómplice en la muerte de Cristo, la familia modelo. Entonces, Herodes papá empeñó la mayor parte de su tiempo en la construcción de ese templo que fue el templo que conoció Cristo, el templo que conocieron los apóstoles.

Y recordamos aquel pasaje en que los apóstoles ponderan la belleza del templo, porque la estrategia de Herodes había tenido efecto también en ellos. Ellos se habían sentido, podemos decir, reanimados, al ver ese templo, que era como una especie de orgullo nacional. Jesús sabe que, como se dice popularmente, por ahí no van los tiros, eso no es lo que realmente quiere Dios. Lo más importante no es recuperar el ego herido, sino recuperar la fidelidad al Dios de la Alianza. En todo caso, esa fue la segunda herida, la del destierro.

Ese destierro sucedió en el siglo VI antes de Cristo y después de esa herida, los israelitas, o mejor dicho, los judíos, ya no tuvieron independencia, estaban siempre a merced de otros intereses, en particular del Imperio helenístico, que por supuesto, era pagano. Vino esta revuelta de los Macabeos, pero la manera como termina el Antiguo Testamento nos deja ver que había otra herida. Y esa otra herida es la herida de la desilusión, de haber perdido el corazón, de ya no tener esperanza. El tono de esa herida se puede colegir de aquello que encontramos en el profeta Daniel: Ya no vemos nuestros signos, ni hay profeta, y nadie entre nosotros sabe hasta cuándo.

Es una sensación de abandono, es una sensación de tener un interrogante que pesa poderosamente en el alma. Y ¿qué pasó con las antiguas promesas, qué pasó con lo que dijeron los profetas, qué pasó con la casa de David? Lo único que quedaba para la gente era una especie de nostalgia de una época que ya no habían conocido, recordar unos milagros que no habían visto y celebrar una Pascua, eso sí, con la esperanza de que se cumpliera lo anunciado, que viniera el Mesías, que viniera el profeta, que Dios visitara a su pueblo.

Y en esa necesidad tan profunda y, al mismo tiempo, en esa humillación tan grande y, al mismo tiempo, en esa fe purificada, en ese contexto, resuena un día la voz de Juan Bautista diciendo que hay que prepararle el camino a Dios. Yo creo que uno tiene que hacer el ejercicio de medir el dolor de este pueblo, el abandono de este pueblo, la soledad de este pueblo para apreciar lo que ellos sintieron cuando este Juan con una voz recia, encendida, convencida y una vida coherente, diamantina, empezó a predicar en el Jordán.

Y la gente siente que su esperanza se puede levantar, pero se dan cuenta que el bloqueo más grande está en sus propios pecados y, según la predicación de Juan, acuden allá para confesar que son pecadores y, sobre todo, para renovar su esperanza en la llegada del Mesías. Y luego de Juan, entonces viene Jesús. Y Jesús tiene todas las señales y la gente siente gozo, la gente siente descanso, la gente siente: este es el que estábamos esperando. Algunos se dejan llevar del entusiasmo para darle el título sublime por excelencia: Tú eres el descendiente de David, tú eres el nuevo David.

Eso es lo más grande que se le podía decir a cualquiera, porque en el Antiguo Testamento no hay nada que se parezca al reinado de David. Para decirlo brevemente, el reinado de David fue como sentir que Dios si puede reinar en el corazón humano, que Dios si puede reinar en su pueblo, que la Alianza es verdad y es posible, que se puede tener paz en las fronteras y la vida puede florecer con alegría. El reinado de David no se puede comparar a nada. Y primero uno, y luego otro, y luego otro más empiezan a saludar a Jesús con el título mesiánico, el hijo de David, el que hemos esperado, el que tenía que venir.

Este Jesús que conoce, por supuesto, esta historia de dolores y de despojos y de privaciones, un día elige a los doce y los elige para que reine Dios. Ni ellos mismos, al ser elegidos, ni la gente de aquel tiempo podía entender la profundidad de este signo, un signo que quiere, sobre todo, que la Alianza sea verdad en su esencia, en su pureza, en lo más íntimo de su propósito. Jesús los elige a ellos y les da instrucciones muy sencillas, les envía a expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad. Al volver a utilizar el número doce, Jesús está diciendo que Israel, más allá de las apariencias, Israel está entero, todavía Israel está entero.

Y al llamar a estos doce y al formar una comunidad con ellos, Jesús está diciendo que el destierro está superado. Y al llamar a estos doce, y al enviarlos a curar toda enfermedad y apartar toda acción del maligno, está diciendo: Ha quedado sanada la desilusión, ha quedado curada la desesperanza. Es un momento, es un momento grande. Y nosotros ¿qué podemos aprender de esta historia? La historia de nuestro pueblo, la historia del pueblo de Dios. Ahora, ¿qué podemos aprender nosotros de ellos?

Pues volvernos a Jesús para ser restaurados, volvernos a Jesús para que Dios haga su obra completa en nosotros, para que su reino se complete en nosotros. Volvernos a Jesús para que sea expulsado el poder de todo espíritu inmundo. Volvernos a Jesús para que seamos curados de todas nuestras dolencias. Hoy les invito a que nosotros acojamos la Palabra y, sobre todo, recibamos a este Señor, recibamos al Mesías. Pero hay algo que nosotros sabemos que ellos no sabían. Ellos seguían mirando, ellos seguían leyendo su historia desde lo que había sido.

Ellos seguían leyendo la Alianza, desde lo que había sucedido y lo que ellos esperaban, en primer lugar de Jesús, es que los volviera, que los devolviera al esplendor del pasado. Nosotros sabemos una cosa más, sabemos que este Señor nos invita a mirar hacia el futuro. Jesús no viene principalmente ni primeramente a satisfacer nuestra nostalgia a acariciar nuestro ego herido. Jesús viene primeramente y principalmente a lanzarnos a una esperanza que no conocíamos, a llevarnos a peregrinar por una tierra que no sabíamos, a llevarnos allí donde solo él conoce, como dice el apóstol San Pablo, a trasladarnos de las tinieblas al reino de su luz.

Sigamos esta celebración pidiendo a Jesús que nos lleve a esa esperanza, que nos dejemos conducir por Él, que más allá de las nostalgias del pasado y de las heridas del pasado, sepamos abrirnos a su palabra de esperanza, su palabra de gozo. Que sepamos guiarnos a donde Él conoce y nosotros no, y que allá se cumpla el propósito para el que fue elegido el pueblo de Dios. Amén.

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