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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Allí donde el pecado se afianza tarde o temprano el reino de las tinieblas se hace visible, mostrándonos la importancia de aceptar y proclamar a Cristo como Nuestro Señor.
Homilía i133007a, predicada en 20210630, con 5 min. y 55 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo octavo de San Mateo y nos presenta uno de tantos exorcismos que realizó Nuestro Señor. Una parte importante de su ministerio público fue precisamente expulsar al demonio. Pensemos simplemente que allí donde el pecado hunde sus garras, hunde sus pezuñas, hunde sus fauces, allí donde el pecado se afianza, tarde o temprano el reino de las tinieblas se hace visible, se hace patente.
No debemos identificar todo pecado con la acción directa, inmediata del demonio. Pero, no cabe duda de que la abundancia del pecado abre amplios espacios para que el demonio haga de las suyas. Y por eso es parte indispensable del servicio de Cristo, del ministerio de Cristo y por lo tanto, parte también del ministerio de la Iglesia, el expulsar al demonio, esto es fundamental. Sobre esa base miremos solamente un aspecto, un pequeño aspecto del Evangelio de hoy, es una frase que me llama tanto la atención.
Es lo que dicen los demonios porque ven que llega la hora de su derrota. Efectivamente, ante Cristo no tiene nada que hacer. Y entonces, sueltan esta frase: ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo? Esa frase hay que estudiarla muy bien. Tormento de los demonios es la presencia de Cristo que, con su pureza, con su inocencia, con su santidad y con su autoridad, los saca. Y ¿por qué eso es un tormento para los demonios? Porque allí donde el demonio logra obrar, logra actuar, tiene una especie de remedo de lo que quisiera tener.
Recordemos que el pecado fundamental del demonio o de los demonios es no reconocer el señorío de Dios. Por supuesto, es absurdo, es absurdo lo que pretenden los demonios, porque al no reconocer el señorío de Dios ¿a dónde llegan? Pues, es que resulta que solo hay un Creador que es Dios. Entonces, el demonio al rechazar a Dios, se rechaza a sí mismo como criatura y rechaza lo que Dios ha hecho, que es la creación. Entonces, se queda sin nada. Por eso decía Santa Catalina de Siena que el camino del pecado es el camino hacia la nada, es como preferir la nada.
Y en cierto sentido, la condición del infierno es esa exactamente, es como un caer sin fondo en una nada cada vez peor, si es que se puede hablar de ese modo. Entonces, como el demonio, al odiar a Dios, odia lo que Dios ha hecho y resulta que Dios ha hecho todo, entonces el demonio se queda sin nada. Pero en el alma en pecado o en el cuerpo poseído por el demonio, él tiene una especie de remedo, un remedo de espacio para él. Es algo así como si pudiera decir: este corazón, este cuerpo, este lugar me pertenece.
Por supuesto, cuando es expulsado de ahí, por eso estos demonios dicen: Échanos por lo menos a los cerdos, trata de tener algún espacio, algún espacio, algo, algo, porque no tiene nada, porque lo ha perdido todo, porque apartándose de Dios, lo ha perdido todo, que es el camino, el único camino al que puede llevarnos el pecado. Entonces, por eso es tormento para ellos, por eso se sienten atormentados, porque la presencia de Cristo los saca de donde ellos creían tener algún poder, creían tener alguna habitación, creían tener alguna influencia, de ahí los saca a Jesús.
Y cuando los saca de ahí, ¿qué les queda? La nada, la caída, el caer sin fondo en la desgracia de su propia decisión, es decir, el infierno, ese es el tormento para ellos. Y dicen: ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo? Ningún tiempo es bueno para ellos, ningún tiempo es bueno para que venga Cristo, ningún tiempo. Esta enseñanza es importante para nosotros porque nos muestra cuál es la ruta de las tinieblas y nos muestra la importancia de aceptar y proclamar a Jesucristo como Señor de nuestras vidas, en todas las áreas de nuestro ser.
Es verdad que tenemos caídas y debilidades, pero proclamemos, por favor, ustedes y yo, proclamemos a Cristo como Señor en este momento: Tú eres mi Señor, Jesucristo. Y aunque hay errores, y aunque hay caídas, y aunque hay pecados en mí, yo quiero rechazar todo eso y quiero ponerme en la ruta hacia ti. Amén.

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