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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Explicación sobre por qué en tiempos de Abraham, se ofrecía la sangre del hijo mayor al ídolo, creyendo obtener sus favores, y como hoy en día se hace algo parecido con el aborto.
Homilía i133003a, predicada en 20090701, con 8 min. y 11 seg. 
Transcripción:
En todos aquellos pueblos antiguos del Medio Oriente, todos los pueblos cercanos a la tierra que Dios dio a Abrahán, en todos esos pueblos era común el sacrificio de niños, el sacrificio de hijos. Eran los papás los que sacrificaban a sus hijos y ellos obraban de esa manera porque tenían una idea de Dios o de sus dioses, digo mejor, tenían una idea de sus dioses, como quien hace un negocio.
Y por supuesto, si yo espero mucho, tengo que dar mucho. Por ejemplo, si quiero tener una casa lujosa, tengo que pagar una suma muy alta de dinero. Entonces, en las grandes necesidades, en las grandes calamidades y en las grandes empresas, no era extraño ver que los papás sacrificaran a sus propios hijos.
Por otra parte, recordemos que en esa época no había propiamente países, ni naciones ni estados. Lo que había en esta época eran tribus y esas tribus, grupos más o menos nómadas, tenían sus jefes. Por ejemplo, Abraham era jefe de una especie de clan. Hasta un cierto momento de su peregrinar, un sobrino de él, llamado Lot, estuvo con él. Es decir, Abraham era el jefe de un grupo de personas. Es difícil estimar cuántas personas, pero probablemente serían varias familias o muchas familias, no lo sabemos.
En estos días pasados hemos oído la historia de Agar, la esclava egipcia de la cual nace un hijo llamado Ismael. Y vamos a encontrar en la lectura del día de mañana que hay un criado, un criado al cual Abraham le pide que, llamó, dice el texto, llamó al criado más viejo de su casa y le pide que le busque esposa a Isaac y que la busque allá en la tierra de Abraham. Bueno, eso significa que Abraham era como el jefe de Estado en una nación o en un estado muy pequeñito, pero él era el jefe.
Y resulta que en estas naciones antiguas o en esos pueblos antiguos del Medio Oriente, el primero que tenía que sacrificar el hijo era el jefe. Y ¿por qué? Por lo que hemos dicho. Imagínense que fueran a fundar una ciudad. Resulta que fundar una ciudad es una empresa que tiene muchos riesgos porque estamos en la transición de la vida nómada a la vida sedentaria. Fundar una ciudad significa, vamos a depender de los recursos que encontremos aquí. El que es nómada precisamente, por su movilidad, si las cosas le salen mal aquí, emigra, busca mejores pastos, busca mejor agua, busca mejor clima, busca nuevos frutos.
En cambio, en el proceso de volverse sedentarias, estas tribus tenían que pasar por una situación de incertidumbre. Qué pasa si el agua que vemos aquí abundante, en el verano se seca, qué pasa si este lugar que vemos tan tranquilo en cierta época del año está cundido de fieras, qué pasa si hay una ruta de maleantes que pasa por aquí, que transita por aquí periódicamente y nosotros nos establecemos aquí. Y bueno, empezamos a criar nuestros hijos y después llegan estos maleantes, llegan estos ladrones y arrasan con todo y nos asesinan.
Es un mundo lleno de incertidumbres, es un mundo lleno de pánico. Y en ese mundo, los fundadores de esos pequeños poblados lo que hacían era pedir el auxilio de sus dioses. Pero y ¿qué hago para asegurarme de que el Dios me va a ayudar? Tengo que darle algo que vale mucho. Y ¿qué es más valioso? Pues la vida humana. ¿Qué es más valioso para mí? Pues mi hijo. Entonces, en la fundación de las ciudades se hacían sacrificios rituales. Si vamos al Antiguo Testamento, encontramos una continua repetición de los profetas prohibiendo al pueblo de Israel que hagan sacrificios humanos.
Y uno dice: ¿Por qué lo prohíben tanto? Pues lo prohíben tanto, porque todas las naciones vecinas lo hacían. Y lo hacían porque vivían en un mundo lleno de pánico, en un mundo lleno de incertidumbre, en el cual, para tratar de asegurarse el favor de los dioses, hay que ofrecer un sacrificio muy costoso. Entonces el jefe de familia y el jefe del grupo sacrificaba a su hijo, lo echaba en la fosa del primer cimiento donde iban a erigir la ciudad y ahí, sobre el cadáver del propio hijo, ahí echaban las piedras y ahí construían la casa, es una cosa dramática.
Como esa era la costumbre, como ese era el modo como todos obraban en esa época, uno entiende que Abraham, al hacer pacto con Dios, se da cuenta de que está empezando algo muy grande, algo que es más grande que cualquier ciudad. Y, en ese sentido, Abraham siente en su corazón que tiene que ofrecer este hijo y sienten en su corazón que por este Dios, que lo ha llamado desde la distancia, está dispuesto a sacrificarlo todo. Eso es lo que él siente, y esa es la escena que hemos encontrado.
Los tiempos han cambiado y pues en nuestra época esta clase de sacrificios humanos no se realizan y, sin embargo, sí se realizan sacrificios humanos. Sería muy largo exponerlo aquí, pero nuestra sociedad en buena parte sigue montada sobre sangre, sigue montada sobre sacrificios humanos. Cada vez que una joven dice: Tengo que abortar porque no voy a perder el futuro de mi profesión, o no voy a perder mi buen nombre, sobre la sangre de su propio hijo está montando su vida.
Cuando una pareja dice: Quedaste en embarazo, le dice él a ella: Pero ahora no podemos, para tener una mejor vida después ahora a abortar. Quiere decir que esa casa elegante que luego uno les conoce, está hecha sobre sangre, está hecha sobre la sangre. Cuando un gobierno quiere hacerse popular a como dé lugar y por eso amplía y amplía el aborto y busca la eutanasia y todas esas barbaridades y desmanes que está haciendo el gobierno español, este gobierno está montado sobre sangre.
Cuando los sueldos injustos pagados en otros países significan la muerte de seres humanos para que haya precios escandalosamente bajos en naciones industrializadas, esas prendas de vestir están empapadas con sangre humana. Y así nuestra cultura, nuestra sociedad sigue asentada sobre sangre. Así que dejemos de escandalizarnos tanto de que Abraham iba a matar al hijo y más bien busquemos la manera de impedir ese torrente de sangre inocente que se sigue derramando.
Además, Abraham creyó escuchar de Dios que tenía que sacrificar a su hijo, y Dios no le permitió ese sacrificio. Pero Dios, en cambio, sí que sacrificó a Cristo, sí que sacrificó sobre la leña con el fuego del Espíritu, sí que sacrificó a su hijo. Y eso es lo que celebramos en la Eucaristía.

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