Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Mudarnos a la Biblia.

Homilía i133002a, predicada en 19990630, con 18 min. y 25 seg.

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Transcripción:

En las mamás que aparecen en la primera lectura, hay sentimientos de amor, de cuidado o de envidia, o de temor. Dios está mirando el dolor o la incomodidad, las pretensiones o los temores de esas mamás. Pero, sobre todo, está mirando a esos dos niños, a Isaac y a Ismael. Ciertamente en estos relatos se entrecruzan muchas historias, la Biblia suele explicar los orígenes de los pueblos a través de estas historias que se confunden casi con la leyenda.

Por ejemplo, todas esas guerras entre israelitas y edomitas tienen su origen en que Edom, que significa rojo, es el mismo Esaú, Israel es el mismo Jacob. Jacob y Esaú fueron hermanos, hijos de Isaac. Y por aquella historia de la primogenitura y de la bendición no se entendieron. Y entonces, hay odio entre Edom e Israel. ¿Qué tan cierto puede ser eso?, desde el punto de vista de la historia, como la entendemos hoy, ese es un problema y una discusión difícil de aclarar.

Más bien, dicen algunos estudiosos de la Biblia, lo que sucede es que toda lucha entre pueblos luego se concentra en un relato histórico que lo convierte, que convierte a esa lucha digo, en una lucha o diferencia entre personas. Así, por ejemplo, se sabe que entre el pueblo de la Promesa y los llamados ismaelitas había tensiones, había dificultades y se sabía que los ismaelitas eran peregrinos del desierto. Parece, pues, que algunos de estos relatos funden los recuerdos de antiguas tradiciones en historias que se asemejan a leyendas, por decir lo menos, y que concentran en una persona la característica de un pueblo.

Dicho de otra manera, parece que fueran más que personas, pueblos de los que se estuviera hablando aquí. ¿Por qué los ismaelitas tienen parentesco con los israelitas?, pero no son lo mismo. Fueron ismaelitas, por ejemplo, los que, de acuerdo con el relato, los que llevaron a José a Egipto para venderlo, los que compraron y vendieron a José. Estas luchas o estos problemas de raza y de pueblo se concentran en personas. Esas personas en las que se condensa la característica de un pueblo, personas cuya existencia es como un poco supuesta, un poco hipotética, esas personas son las que los estudiosos llaman epónimos.

Un epónimo es una persona en la que se condensa a través de un relato popular se condensa la característica de un pueblo. Parece que hay muchos epónimos, sobre todo, en estos primeros capítulos de la Biblia. Por ejemplo, había una gente salvaje que eran los quenitas. Todo el mundo sabía que los quenitas eran lo más atravesado, lo más cruel, lo más sanguinario. De ese tipo de salvajes que siguen existiendo en nuestro tiempo, la gente que tortura, que degüella, que despedaza, que se goza en la sangre, esos eran los quenitas.

Los quenitas o cainitas tienen su epónimo precisamente en Caín, aquel que acabó con Abel. Desde luego no hay un pueblo que salga de Abel, no hubo tiempo para que hubiera un pueblo que surgiera de Abel. Estos, estos epónimos y este modo de describir las características de los pueblos a nosotros nos suena muy extraña. Tiene como ventaja, por así decirlo, que en ese mundo tan primitivo le da una luz de comprensión a las luchas, a las guerras. Tiene de bueno también para nosotros, que nos ayuda a entender el ambiente de violencia, el ambiente de guerra, el ambiente, podríamos decir, inhumano en el que se gestó el pueblo de Dios, en el que creció el pueblo de Dios.

Porque los epónimos que reúnen características de pueblos ¿de dónde han surgido? Han surgido para explicar diferencias y luchas entre pueblos. Como muchos de estos personajes son eso, epónimos, eso es lo que está indicando es que hay muchas luchas, problemas con todos los vecinos. Un vecindario de sangre, esa es la tierra prometida, ese es el lugar donde Dios quiso revelar su misericordia, en un vecindario de sangre, tan sangriento, tan guerrero, tan intolerante, que todavía en nuestros tiempos siguen las luchas, siguen las luchas.

En estos días bombardeos del pueblo de Israel a sus vecinos del Líbano, porque hubo un atentado de los libaneses en Jerusalén. Entonces, los israelitas bombardean y acaban con población civil en el Líbano como una manera de decir, métanse con nosotros. Y decía uno de los ministros de Israel: Todavía tenemos muchos objetivos que atacar, métanse con nosotros. Este salvajismo hay que verlo en todo su despliegue, salvajismo inveterado, una cultura de sangre, de muerte, de destrucción, de acabar y arrasar con el otro.

Si uno no tiene esto en mente, uno no entiende por qué fue posible, por ejemplo, que en ciertas circunstancias o en ciertos momentos el pueblo de Dios tuviera que pasar por guerras. Cuando pensamos en el rey David, por ejemplo, y lo vemos acabando filisteos y matando gente, y Sansón matando gente y Saúl matando a gente. A veces nos escandalizamos al leer la Biblia, cómo es posible que esta gente que era del pueblo de Dios y que llevaba la revelación de Dios, y Dios es amor, cómo es posible que esta gente matara a destajo y acabara con tantos otros y derramara tanta sangre, hasta el punto de que recordemos esa tradición que está en los libros de los Reyes.

David le dice a Salomón: Yo no voy a edificar el templo. Yo no soy digno de hacerle una casa a Dios. Yo he derramado demasiada sangre, hazlo tú. Y Salomón viene a ser el hombre de la paz por eso. Su nombre, de hecho, está relacionado con la palabra paz. ¿Por qué tanta sangre? Por qué, por ejemplo, cuando van a conquistar a Jericó la consigna es acabar con todo, arrasar con la ciudad. Estas consignas del Antiguo Testamento nos resultan incomprensibles, a menos que tengamos una idea justa del volumen de violencia, de la capacidad de crueldad y de sangre que tiene todo ese Medio Oriente, ese desierto está empapado de sangre.

Y si nosotros no descubrimos esta dimensión de violencia y si no caemos en la cuenta de que aquí no hay ni policía, ni juzgado penal, ni Código, ni Naciones Unidas, ni Convención de Ginebra, ni nada. Aquí lo que hay es, defiéndase como pueda. Por eso estas historias de los epónimos y esta meditación sobre la tierra empapada de sangre en que Dios reveló su Evangelio, nos ayuda a entender mejor la Escritura. Eso, por una parte, digamos que es un servicio que esta reflexión puede prestar a nuestra inteligencia de la Escritura.

Pero, por otra parte, también el descubrimiento de toda esa violencia, tal vez de las peores de todo el planeta, nos ayuda a tener una profunda confianza en dos cosas en que Dios da una salvación real. En ese lugar, en ese callejón de salvajes, Dios reveló su palabra. Y si es verdad que nos encontramos a un Jefté, a un Sansón, a un Saúl, si es verdad que nos encontramos a guerreros, también es verdad que la revelación lleva un proceso y que ese proceso nos conduce desde este callejón de salvajes, hasta la palabra luminosa, diamantina de nuestro Señor Jesucristo.

Jesús, rodeado de esta misma violencia, tendrá una respuesta distinta. Jesús es el fruto de todo este pueblo. Por algo Mateo da esa larga genealogía de nuestro Señor. Jesús está al final de toda esta cadena de violentos, de atravesados, de asesinos, está el final de ellos. Y de ellos viene la palabra de perdón y de amor, ya no será entonces un perdón de fantasía, un amor de nubes rosadas, es el amor que conoce la violencia y que, sin embargo, tiene tal volumen de fuerza que puede transformar el corazón y puede resistir ante el mal.

Esta es una primera razón por la que resulta muy bueno para nuestro corazón meditar en estas cosas. Dicho con palabras más cortas, Dios conoce hasta dónde llega la maldad humana y en esa maldad es capaz de sembrar y de cultivar una flor de santidad, muchas flores de santidad, un jardín de santidad. Dios sabe sacar adelante su obra. Y de aquí la segunda enseñanza para nuestro corazón. A veces nuestra vida, por unas razones o por otras, parece que en ese desierto en que tuvo que andar Ismael, parece una herida difícil.

Las injusticias que padecemos, los malos manejos, las deficiencias de nuestros sistemas legales o laborales, nos emergan. Como se reiría de nosotros Abraham si nosotros le dijéramos: Me cuesta trabajo que Dios esté cuidando de mí. ¿Por qué?, pregunta Abraham. Porque el sistema legal colombiano, porque el sistema laboral colombiano, porque el sistema judicial colombiano no camina, falla. La risa que le haría a Abrahán solo sería comparable con la risa que le dio cuando le dijeron que iba a ser papá a los 100 años.

Pero usted tiene algo, nos diría, usted tiene algo. Yo no sabía qué iba a encontrar detrás de una montaña en ese desierto. Yo no sabía si estaba en una banda de quenitas que nos iba a degollar a todos. Usted tiene algo, alguna cosa tiene, eso de ser cobarde. Avance, que el mismo que me hizo caminar por el desierto y que sacó de mí el pueblo, al cual pertenece usted, ese mismo está con usted. El mismo que puede sacar de un callejón de asesinos, de una cueva de matones, de una plaza de sangre, puede sacar el Evangelio, ese mismo le puede conducir a usted.

Si estas meditaciones sobre el Antiguo Testamento y su violencia nos ayudan a mirar en un nuevo estilo, a mirar de otra manera al mal. Nosotros somos una generación que viene de la edad moderna o postmoderna y estamos, tenemos aquí en la mente que las cosas son así. La sociedad ha de ser justa, tersa, limpia, todo debe funcionar y si algo no funciona, nos ponemos bravos. El mundo del Antiguo Testamento es lo contrario, el mundo es un hervidero de iniquidades, de serpientes, dragones y alacranes, el mundo hierve sangre y muerte. Y en este mundo, he aquí el amor de Dios. Son dos cosas totalmente distintas.

El que piensa que el mundo debería ser ordenado, perfecto y todo debería funcionar, se disgustará, se impacientará por cualquier cosa que no le resulte, por todo lo que no salga, por cualquier pecado que encuentre. Y tendrá listo este dedo y este, para señalar a izquierda y a derecha las incoherencias y los problemas de los demás. El que se haya metido en la Biblia, el que se haya mudado a la Biblia, jamás se extrañará de la perversión del corazón humano, jamás, lo que lo extrañará, lo que le admirará será la bondad de Dios.

Nos hace falta mucha Biblia, pero mucha, no solo leerla, no solo meditarla, mudarnos a la Biblia, irnos a vivir a la Biblia y entender que este es el mundo y que a través de toda esa violencia y de todos esos espantos de seres humanos, ahí se está revelando algo fundamental sobre lo que es esta tierra. Cuando uno comprende eso y uno vive maravillado de Dios, vive, vive, vive, vive, admirado de Dios, fascinado por Dios, fascinado de que Dios en esta tierra, en este hervidero de perversión, haya sido capaz de llamarnos a la vida, a la fe, a la vocación, a la ternura, a la alabanza, a la gratitud.

Le es poco servicio el que nos presta el Antiguo Testamento en todos sus epónimos, con todas sus luchas, con todas sus guerras y con toda su sangre. También esa sangre, también esa violencia puesta en las manos y en la boca de Dios, nos revela el poder de su amor. Conclusión para nosotros, de hoy en adelante tendremos ojos para maravillarnos del bien, para festejar el bien. Piensa lo que siente, lo que sentía uno de estos hombres metido en ese mundo de salvajes, piensa lo que se siente de oír la voz de Dios que te llama y que te ama.

Piensa lo que pensaba, descubre lo que pensaba uno de estos hombres, descubre lo que es eso y vive la alegría de que Dios te haya llamado. Y deja de extrañarte de que el mundo sea como es. Falta Biblia, falta mudarnos a la Biblia, falta gozarnos en la Palabra de Dios y desde ella descubrir la profundidad del corazón humano y la infinitud del corazón del Señor.

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