Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Por encima de cualquier otro amor está el amor a Nuestro Señor y al Evangelio; por ello la urgencia de anunciarlo, reconociendo que Jesús es Dios y merece ser amado y anunciado por encima de todo.

Homilía i131007a, predicada en 20250630, con 8 min. y 21 seg.

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Transcripción:

La urgencia del llamado de Cristo es algo que hay que predicar con más intensidad en nuestro tiempo por muchas razones. Y espero que en los próximos minutos pueda contarte por qué es así. Pero empecemos por aclarar de qué estamos hablando. Es que en el Evangelio de hoy, hay una persona que le dice a Cristo yo quiero seguirte, pero deja primero que entierre a mi padre. Esa expresión no significa que el papá de esta persona, de este señor se hubiera muerto y que estaban, por decirlo así, esperando para enterrarlo y entonces, el hombre dice voy al funeral y vuelvo. No, la expresión propiamente, lo que significa es quiero esperar a que mi papá se muera, cuando llegue la muerte. Y después vengo a seguirte a ti.

Observemos que lo que este hombre le está proponiendo a Cristo es en realidad un acto de piedad filial, un acto de amor de hijo. Y al mismo tiempo es un acto de caridad que se le debe a cualquier persona, cuidarla en su ancianidad, en su enfermedad y acompañarla en sus últimos momentos. O sea, que ante todo es un acto de amor y un amor que tiene un rostro particular. Porque estamos hablando de un amor de hijo. Es algo muy lindo. Y sin embargo, la respuesta de Cristo es bastante tajante. Cristo le dice Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ven y sígueme. Esas palabras cortantes, que parecen incluso, diríamos un poco empáticas de parte de Cristo, no están eliminando el amor que ese hombre podía tener por cuidar a un anciano, por acompañar la etapa final de una persona. Mucho más tratándose del papá.

Las palabras de Cristo no son un desprecio a ese amor, sino un énfasis en otro amor. Es decir, y esto quisiera que quedara muy claro. De lo que se trata aquí es de dos amores. Hay un amor que es el cuidado de la persona débil, probablemente mayor de edad, quizás enferma. Ese es un amor y es un amor grande, es un amor de misericordia. Y además, repito, insisto, es un amor propio de un hijo. Algo muy bello, muy significativo. Pero, hay un amor que es más grande y yo creo que es aquí donde tenemos que poner realmente el énfasis. De lo que se trata aquí es de que hay un amor más grande en juego. Es difícil pensar para una persona que sea un buen hijo. Es difícil pensar en algo más importante que cuidar de los papás. Es muy difícil pensar en algo superior a eso. Y sin embargo, la urgencia del Evangelio es mayor que eso, es mayor que ese amor. Tú tienes amor para cuidar a tu papá. Está muy bien. Pero el amor que se requiere, el amor que ya que en este momento es indispensable para llevar el Evangelio, es más importante.

Estas frases de Cristo, nos pueden parecer extrañas, excepto si recordamos que hay otras frases donde Él, ha hablado en el mismo tono. Por ejemplo, cuando dice El que ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Esas palabras de Cristo van en la misma dirección. Es decir, no es que Cristo esté diciendo que no se deba amar a los hijos o que no se deba amar a la esposa, o que no se deba amar a los papás. Está diciendo que el amor que se debe tener por Él, por Cristo y por el Evangelio es un amor mayor que estos otros amores. Ese es el punto central aquí. De lo que se trata es de un amor mayor que otros amores. Y el énfasis nuestro, la mirada nuestra, tiene que estar exactamente en ese punto. En que Cristo nos está revelando cómo es mayor otro amor, cómo hay un amor que es mayor que los demás.

Como si Cristo dijera A ti te parece importante amar a tu hijo. A ti te parece importante amar a tu papá. ¡Magnífico! Pero quiero que sepas que amarme a mí y que amar al Evangelio y por lo tanto tener prisa por el Evangelio, es mayor en importancia. Es más urgente que cualquier urgencia. Es más valioso que cualquier valor. O sea, que el acto que necesitan nuestros ojos y nuestro corazón es un acto de admiración. Es como para que digamos yo quiero muchísimo a mi padre, yo quiero muchísimo a mi hijo, yo quiero muchísimo, dirá alguien, a mi esposo, a mi esposa, a mis hermanos. Y Cristo te dice bien que los quieras. Pero quiero decirte que el amor que se me debe a mí y el amor que se le debe al Evangelio y por consiguiente la urgencia por el Evangelio es mayor que todo eso.

El amor que se me debe a mí, es decir, el amor que se le debe a Cristo, es mayor que todo eso. Un amor mayor, mayor que el que yo le puedo tener a mi mamá, mayor que el que yo le puedo tener a mi hija, a mi hermano. El amor mayor y ¿Quien reclama esa clase de amor? Recuerdas Deuteronomio, Capítulo Seis. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Luego este Evangelio, lo mismo que estos otros textos que he citado, como aquello de que el que ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. Este Evangelio, básicamente lo que nos está contando es quién es Cristo. Quién puede reclamar esa clase de amor. ¿Quién? Respóndelo. Exacto, solo Dios. Solo Dios puede reclamar esa clase de amor.

Este Evangelio es una proclamación de la divinidad de Jesucristo. No se trata de que no merezcan amor estas otras personas. El papá, la mamá, el hijo. Clarísimo está que sí lo merecen, pero clarísimo también debe estar que, por encima de esos amores está el amor de Cristo y por consiguiente tiene prioridad Cristo y tiene prioridad el Evangelio. Y tiene prioridad, entonces, que mi vida ponga en el lugar que le corresponde a Cristo y a su Evangelio y a todo lo demás vendrá después. Yo creo que esta enseñanza es clave, porque si lo predicamos, y yo quisiera predicarlo, de la mejor manera posible. Si lo predicamos con fuerza, llegaremos a una conclusión. Y esa conclusión es vale la pena. Vale la pena perderlo todo. Vale la pena entregarlo todo. Y necesitamos muchos corazones, que sientan esas ganas de perderlo todo por Cristo.

San Pablo decía Todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo. Necesitamos que muchos jóvenes, hombres y mujeres, sientan la urgencia del Evangelio y se consagren radicalmente al Señor como misioneros, como sacerdotes, como monjes, como monjas de clausura. Necesitamos corazones que se entreguen así. Necesitamos proclamar que Dios lo merece todo. Amén.

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