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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Bien entendidas, la pobreza y la precariedad son fortaleza porque enseñan a no depender.
Homilía i131005a, predicada en 20130701, con 4 min. y 39 seg. 
Transcripción:
El Capítulo Octavo de San Mateo nos presenta algunas de las condiciones para seguir a Cristo. Y la que tal vez, sobresale más en el Evangelio de hoy es la precariedad. La podemos asociar también con la mendicancia, la podemos asociar con la pobreza. Pero por hoy yo quisiera quedarme con la palabra precariedad. Jesús dice: las zorras tienen madrigueras, las aves tienen nidos. El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza. Estamos hablando de precariedad. Parece una debilidad esa falta de recursos, esa falta de apoyo, esa falta de un lugar central. Como el rey tiene su castillo, como el sacerdote tiene su templo, como el hombre casado tiene su hogar y Cristo no tiene ese hogar, y Cristo no tiene ese castillo, y Cristo no tiene ese templo.
Es decir, lo vemos despojado, lo vemos ayuno de recursos, lo vemos disminuido, lo vemos precario. Y es una de las condiciones que Él pone para seguirle, asumir esa precariedad, asumir esa falta de recursos. ¿Qué puede tener de bueno semejante escasez? ¿Qué puede haber de bueno en esa manera de vivir y en esa manera de predicar? ¿Cuál es la riqueza que se esconde en esa pobreza? ¿Cuál es la fuerza que se esconde en esa debilidad? Pues yo creo que en esto hay una continuidad bastante fuerte con la figura de Juan el Bautista. Porque encontramos a Juan viviendo en el desierto, alimentándose de animales del desierto. Ahí se mencionan langostas y miel silvestre. Lo encontramos vistiéndose con piel de camello, también eso habla o de una pobreza extrema o de una gran precariedad. Pero hay una especie de grito de independencia en la actitud de Juan.
Porque el desierto, precisamente porque es estéril, porque es duro, porque es inhóspito, es el lugar donde nadie manda. Es el lugar donde los imperios de este mundo tienen que detenerse y retirarse, a duras penas cruzan con paso ligero. Eso quiere decir, que el desierto es el lugar donde no reina el mundo, donde los imperios de esta tierra retroceden. Y es el lugar donde se fortalece entonces la fuerza de Dios, donde aparece con mayor claridad esa fuerza, porque solo Dios puede sostener a su pueblo en el desierto, como ya lo hizo, según nos cuentan los libros del Pentateuco, especialmente el Éxodo, por supuesto, y Números. Entonces, esa precariedad, en el fondo lo que está diciendo es el gran lema de Santa Teresa de Jesús. Solo Dios basta.
Vivir en la precariedad no significa escoger el fracaso, significa unirse al único que siempre puede vencer, aún en las circunstancias más duras y difíciles. Vivir en la precariedad es poner toda la certeza y toda la confianza en aquel que no depende de los reinos y recursos de esta tierra. Es aprender a tener una sana desconfianza, un bendito escepticismo con respecto a las promesas y con respecto a las seducciones y con respecto a los muchos negocios y tratos que propone este mundo para afincarse únicamente en Dios, para tener en Él únicamente el recurso, con R mayúscula, y ese recurso no habrá de fallar. Eso necesita el que esté con Cristo. Eso necesita el que quiere seguir a Cristo. Esa desconfianza de los negociados de este mundo, de las seducciones de este mundo y de las promesas de este mundo, es realmente indispensable, para el que quiera servir al Señor.

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