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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Del hablar y actuar de Cristo podemos aprender cómo es su amor y qué hay en su Sagrado Corazón.
Homilía i131004a, predicada en 20110627, con 30 min. y 10 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, podemos decir que hay dos formas de ver a Jesús. Hay una mirada exterior y hay una mirada interior. La mirada exterior se da cuenta de que este Jesús es admirable porque tiene palabras elocuentes, porque hace milagros extraordinarios, porque es incansable en el servicio, porque con una orden suya salen huyendo los demonios, porque congrega grandes multitudes, porque se enfrenta sin temor a las autoridades. Por estas y otras razones, Jesús nos parece sencillamente admirable. ¡Qué grande es Jesús! Pero eso es solo la mirada exterior. Existe también la otra mirada, la mirada interior. Y la mirada interior empieza cuando uno se pregunta sencillamente ¿por qué? El Credo, por ejemplo, nos dice que Jesús, por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo, se encarnó, se hizo hombre, nació de María Santísima, padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Por nosotros y por nuestra salvación. Es decir, que cuando preguntamos ¿por qué? empezamos a recorrer la vida de Jesús de otra manera. Podemos decir que es el camino interior.
Apliquemos ese criterio de las dos miradas al Evangelio de hoy. Encontramos a Jesús en plena actividad, rodeado de gente, siempre de camino, recogiendo discípulos. Y la breve escena que hemos escuchado en el Evangelio nos muestra cómo este torrente, este volcán de actividad que es Jesucristo, causa un gran impacto en la gente. Un escriba le dijo te seguiré a donde vayas. Con esto se estaba declarando discípulo suyo. Otro, en cambio, que era discípulo, parece que tiene otro tipo de preocupación también. Déjame ir primero a enterrar a mi padre. Para comprender mejor las dos frases que dicen estos dos personajes, necesitamos cierto contexto de las costumbres judías.
¿Quién era un escriba? Un escriba era aquel hombre que dedicaba su vida al estudio de la escritura. Y cuando digo su vida, es eso. Prácticamente todos los años de su vida. Leer y escribir, constituían un privilegio que estaba reservado a unos pocos. Algunos estudiosos calculan que apenas un uno por ciento de la población tenía la oportunidad de leer y escribir. Y los escribas se llamaban así porque tenían este privilegio, pero lo aplicaban sobre todo al estudio de la escritura. Cumplían entonces una función social y una función religiosa de gran importancia. En una sinagoga, por ejemplo, se conservaban Rollos con el texto de la Ley y con los escritos de los profetas. Pero es evidente que se necesitaba un escriba para que pudiera leer esos textos. Es evidente también que los rabinos, los maestros judíos, tenían que provenir de este grupo, de este sector de la población. ¿Cuánto tiempo tardaba una persona en ser escriba? Muchísimos años, según algunos estudios, era el empeño de toda una vida. Hasta cerca de los cuarenta años de edad. Y eso es toda la vida, porque la expectativa de vida en aquella época estaba en un poco más de cuarenta años. No más de eso. Eso significa, traducido a nuestro lenguaje, que una persona, cuando se decidía hacer escriba, se decidía también a gastar su vida en ese empeño.
Los escribas necesitaban, por supuesto, un maestro o necesitaban maestros. Y había una especie de fidelidad mutua entre el discípulo y el maestro, porque los maestros no cobraban por sus enseñanzas. Se consideraba que la ley era un tesoro tan grande que recibir cualquier dinero por enseñar la ley era algo así como profanarla. Por eso los discípulos y los rabinos tenían un lazo que les unía, que era mucho más que enseñar y aprender, o mucho más que pagar una matrícula y recibir unos cursos. Se trataba de un pacto. Un pacto de alianza, un pacto diríamos, como de cercanía, de amor, de comunión. Era una unión muy estrecha y por eso el escriba utiliza esta palabra: Te seguiré a donde vayas. Es decir, este escriba está considerando a Jesús, su verdadero Maestro. Lo que le dice con esas palabras es: me uno a tu vida, me uno a tu camino. Tú eres mi maestro.
Ahora examinemos la frase que dice el otro protagonista de este Evangelio. Señor, déjame ir primero a enterrar a mi Padre. Lo primero que uno piensa es que el papá de este señor se había muerto y que él tenía que pedirle permiso a Jesús para ir a los asuntos del funeral. Pero no es así. La costumbre dentro de los judíos es que al decir esta frase, ir a enterrar a mi padre significa, dame tiempo hasta que mi padre muera. Una vez que mi padre haya muerto, entonces ya quedo yo libre para poder seguirte. No se trata de que Jesús le diera permiso para ir a un funeral, sino se trata de una espera, una espera incierta, una espera que podía ser de muchos meses o incluso de muchos años. Mientras esta parte de sus asuntos familiares se arreglaba.
¿Qué tenemos hasta aquí, mis amigos? Dos cosas. Primero, hemos hablado de las dos miradas. La mirada exterior y la mirada interior. Y en la mirada interior. La gran pregunta es ¿por qué? Y la gran respuesta es por nosotros y por nuestra salvación. Pero si queremos sintetizar aún más esta respuesta. Podríamos decirlo con una sola palabra, Amor. Lo que mueve a Jesucristo. Lo que hace que Él predique. Lo que hace que Él expulse demonios, sane a los enfermos es finalmente amor. El amor incalculable. El amor incontenible que está en su Sagrado Corazón. Eso es lo primero que hemos visto. Y lo segundo. Hemos visto cómo estos dos personajes del día de hoy intervienen. El uno para decirle a Jesús que lo reconoce como su Maestro y el otro para decirle a Jesús dame tiempo mientras arreglo los asuntos de mi familia.
Ahora miremos, pasando a una tercera parte. Ahora miremos, cuál es la respuesta de Jesús. Lo que a nosotros nos interesa en los comentarios o respuestas de Jesús es la mirada interior. O dicho de otra forma, qué nos dice sobre el amor de Cristo. Qué nos dice sobre el corazón de Cristo, aquello que Cristo responde a estos dos hombres. Vamos con el primero. El primero le ha dicho a Jesús que lo reconoce como su Maestro. Jesús le dice Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Esta frase tiene por lo menos tres o cuatro interpretaciones, y todas son muy bellas.
La primera y la más práctica tiene que ver con el tipo de enseñanza. En aquel tiempo no había ciertamente Universidades y ni siquiera salones de clase. Entonces, ¿dónde enseñaban los rabinos? Pues tenían distintos sitios, por ejemplo bajo el alero del templo o también a la sombra de un árbol que fuera especialmente frondoso, o también cerca de algún pozo o en algún campo. En todo caso, el lugar de enseñanza era algo fijo, porque ahí era donde se daban cita los discípulos de ese determinado maestro. Había algo estable, fijo. Y por qué no decirlo, metódico. La gente que gusta del estudio, gusta también del método. Es muy típico de los profesores y de los alumnos llegar a acuerdos. Bueno, tales días de la semana nos encontramos debajo de la higuera a eso de las nueve de la mañana. Hay algo fijo, establecido, hay algo firme y hay una costumbre. Jesús le hace ver a este escriba que nada de eso tiene él. Que su horario es loco, que él no tiene un solo sitio, que él tiene que moverse. Y aquí yo creo que aparece un primer rasgo de esa mirada interior. El amor rompe esquemas y muchas veces el amor rompe costumbres y rompe horarios. Porque el amor está por encima de los relojes, por encima de los candados, por encima de los mapas que hacen nuestra mente. Está muy bien que uno tenga costumbre, aquí nos reunimos, aquí estudiamos, aquí hacemos. Los métodos son cosa buena, pero cuando se trata del ímpetu del amor, pues es difícil conservar todos esos horarios.
De modo que esta es una primera interpretación de lo que Jesús le está diciendo al escriba. Según ella, lo que le está diciendo es muy bueno que me reconozcas como maestro, pero ten presente, que si tú lo que estás esperando son cuatro clases a la semana, a las nueve de la mañana, en un determinado punto, ese no soy yo. Y Cristo no es así, porque la agenda de Cristo, el horario de Cristo, el calendario de Cristo, lo dicta el amor. Y el amor, digámoslo una vez más, tiene siempre algo de loco. Por eso, una santa dominica del Siglo Catorce, Catalina de Siena. Llama más de una vez a Jesucristo, enamorada como estaba ella, lo llama loco. Loco de amor. Hay algo de absurdo. Hay algo de excesivo. Hay algo de ebriedad y de locura en la manera como Jesús ama. Esa es una primera interpretación.
Segunda, Jesús se refiere aquí a no tener donde reclinar la cabeza. Según los estudios de la época, esta era una manera muy delicada, una manera muy pudorosa de referirse un hombre, al regazo de su esposa. Es decir, según esta segunda interpretación, Jesús está aludiendo a la situación particular en la que Él se halla, porque evidentemente no tiene pareja. No tener donde reclinar la cabeza, significa renunciar a uno de los pocos consuelos que podía tener un escriba. La vida de muchos escribas era bastante abnegada, era bastante sacrificada porque ya dijimos que se entregaban completamente al estudio de la ley y ni siquiera recibían un sueldo por eso. Prácticamente eran mendicantes. Pero bueno, mendicantes y todos tenían una casa y en la casa una esposa, una amable mujer donde reclinar la cabeza. Jesús, al indicar esta condición, parece referirse a su propia situación. Él no tiene donde reclinar la cabeza. Y en ese sentido, la renuncia que pide Cristo, la renuncia que pide el seguimiento de Cristo, es aún mayor que la renuncia que pueda tener el escriba.
¿Qué nos dice esta segunda interpretación con respecto al amor? Pues no es otra cosa sino la declaración del amor que lleva a anunciar al Reino. Y también declaración del amor virginal. La fuerza del amor virginal de Cristo. La fuerza del amor que también ha llevado a tantos hombres y mujeres a entregarse a la causa del Evangelio, aparece aquí. Y esta es una segunda característica que encontraremos en el amor del Señor y que encontraremos en su Sagrado Corazón. En el Corazón de Cristo palpita el amor, un amor virginal. ¿Y qué quiere decir eso para nosotros? Quiere decir que su abrazo no acaba nunca, que sus brazos son infinitamente extensos. La persona casada deseablemente vive su matrimonio en fidelidad y tiene que cerrar sus brazos. No puede abrazar a todas las mujeres. La esposa no se lo consentiría. Tiene que dedicarse únicamente a una. Tiene que dedicarse a un hogar. Ahí se cierran sus brazos. En cambio, los brazos de Cristo, la extensión de su corazón no acaba nunca y ahí cabemos todos. Ese es el amor que aparece en Cristo. Ese es el amor virginal.
Hay una tercera interpretación que tiene que ver ya no con votos virginales o votos de castidad, que diríamos en nuestros términos, sino que tiene que ver con el voto de pobreza. Tal vez es la interpretación más común. Las zorras tienen madrigueras, los pájaros nidos. El Hijo del Hombre no tiene nada. Esta extrema pobreza de Cristo, nos la recuerda el apóstol San Pablo cuando dice que él, con su pobreza nos ha enriquecido. El despojo de Cristo, que se hace completamente visible a la hora de la cruz, nos enriquece a nosotros. La desposesión, el anonadamiento, la entrega radical de Jesucristo es la señal más completa de su amor. Y aquí hay algo muy hermoso que no debemos dejar de decir. Cuando uno piensa en Dios y en que Dios es infinito, rápidamente descubre que no puede imitarlo. Yo no puedo competir con la eternidad de Dios. Mi vida es muy breve y la del Señor es infinita. Yo no puedo competir con la sabiduría de Dios. Dios lo conoce todo. Mi conocimiento es limitado y logrado solo con esfuerzo. Si pensamos en el poder de Dios, pues Dios hace galaxias y racimos de galaxias con la sola fuerza de su deseo. Yo no puedo crear nada de la nada. Y aún a partir de las cosas que ya existen, me cuesta trabajo hacer algo que valga la pena. De modo que si pienso en la inmensidad de Dios y luego miro mi vida, me reconozco infinitamente limitado, me reconozco tan pequeño, me reconozco tan pobre.
Pero, en la cruz donde ha aparecido el amor de Cristo, ahí sí hay algo en lo que somos semejantes. Porque resulta que la manera como aparece Dios en la cruz de Cristo, no es con un exceso de poder, no es con una sobreabundancia de razones o de argumentos o de verdades. No es tampoco con una resistencia que no acaba. Cristo, de hecho muere. Cristo, de hecho termina. Y sin embargo, en su terminar revela a Dios. ¿Cómo? A través de la donación. En eso sí puedo imitar a Dios. No puedo imitar a Dios en el poder para crear universos, pero sí puedo imitar a Dios en la entrega de mí. También yo, lo mismo que Cristo, puedo entregar mi ser, lo poco o lo mucho que yo tenga. Cada uno de nosotros tiene sus propios talentos, sus propias circunstancias, sus propias limitaciones. Pero tenemos todos la capacidad, tenemos todos el poder de entregar, de dar. Y en ese acto, en ese dar generoso, algo de Dios brilla en nosotros. Y si esa entrega es perfecta, si esa entrega se llega a plenitud. Entonces, lo que tenemos es toda una revelación de la divinidad. Ahí aparece Dios en nosotros.
Fíjate cómo encontramos estas tres interpretaciones, que nos dicen sendos aspectos del amor de Dios revelado en Cristo y en su corazón. Cristo es aquel que está en movimiento, es aquel que tiene urgencia, es aquel que tiene prisa. Y esa santa prisa, esa bendita prisa es la que menciona Pablo cuando dice La caridad de Cristo nos urge. El verdadero enamorado del corazón de Cristo siente esa urgencia. Lo urge el corazón del Señor. El corazón de Cristo le mueve, le impulsa. La pereza, la mediocridad, el estancamiento, el conformismo, jamás podrán entrar en el corazón de un verdadero cristiano, porque en todas esas palabras hay un aspecto de detención, de freno, de prisión. El amor no conoce de prisiones, el amor no conoce de límites. El amor rompe los límites para llevar su mensaje y su gracia a todas partes. Y el amor del corazón de Cristo es virginal, lo cual para nosotros es una buena noticia, porque no ha quedado cerrado al ámbito, bendito pero estrecho, de una familia, sino que se ha abierto a toda la familia de Dios. Amor virginal. Amor que una vez más lo decimos, no conoce límite. Amor desde la pobreza, amor que se manifiesta en la indigencia. Y esto también es buena noticia, porque la indigencia de Jesucristo nos está mostrando cuál es el camino para imitar a Dios. Ahora que Dios se ha hecho hombre. Ahora sí podemos imitar a Dios.
¿Y qué aprenderemos del segundo personaje? Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Ya sabemos, que esto quiere decir: deseo pasar los últimos años de mi vida con mi papá. Preguntémonos. ¿Es una exigencia ilógica? Claro que no. Es una exigencia que incluso es reclamada por la piedad filial. Tiene mucho sentido pedirle a Cristo, yo quiero enterrar a mi padre. Es decir, yo quiero cumplir con ese deber de piedad filial. Eso está bien dicho. Pero este segundo personaje nos ayuda a descubrir la diferencia entre lo bueno y lo mejor. Porque la vida cristiana no solo se desenvuelve en la disyuntiva entre lo malo y lo bueno. Está claro que todo cristiano, entre lo malo y lo bueno, tendrá que escoger lo bueno. Pero luego, dentro de lo bueno, hay que escoger entre lo bueno y lo mejor. Y ese es el tipo de escogencia que aparece aquí, lo cual sirve para enseñarnos que el amor no es una elección o una decisión de un solo día. El amor tiene que hacer camino con nosotros porque nosotros mismos somos caminantes y el amor hace camino con nosotros. Cada vez que nosotros escogemos entre lo bueno y lo mejor, eligiendo por supuesto, lo que es mejor.
¿Qué es elegir entre lo bueno y lo mejor? La Iglesia nos ha hablado de esto, por ejemplo, en esa enseñanza tan clásica de los mandatos y los consejos. Hay mandamientos. Por ejemplo, los diez Mandamientos. Si miramos bien los diez mandamientos nos hablan de la diferencia entre lo malo y lo bueno. Matar es malo, defender la vida es bueno. Ser adúltero o fornicador es malo, cultivar la pureza y el amor, el santo amor a nuestro cuerpo como templo del Espíritu es bueno. Es decir, que los mandamientos nos ponen entre lo malo y lo bueno. Pero luego hay también otra realidad que son los consejos, los consejos evangélicos. Y los consejos evangélicos son como susurros del Espíritu, que ya no nos ponen a escoger entre lo malo y lo bueno, sino entre lo bueno y lo mejor. Imaginémonos una persona, por ejemplo, que un día, viendo la maldad que hay en el mundo, dice yo quiero hacer penitencia. Es un lenguaje que suena loco y absurdo a oídos del mundo hoy. Pero imaginémonos una persona que toma en serio lo que dice Pablo en la primera carta, en el Capítulo Primero de la carta a los Colosenses. Completo en mí lo que falta a la Pasión de Cristo. Imaginémonos que alguien toma en serio ese texto. Imaginémonos que esta persona dice yo voy a hacer penitencia, voy a hacer un ayuno pidiendo perdón por tantos crímenes que se cometen contra los niños o contra los desplazados, o por tantos crímenes en contra de la dignidad de la familia. Esa persona empieza a hacer penitencia. Hagámonos esta pregunta ¿Es un mandamiento de Dios hacer penitencia por la destrucción de la familia? Mandamiento como tal no, pero si el Espíritu Santo te está poniendo en el corazón, ese deseo, te está invitando a que escojas entre lo bueno. Ya ser bueno, ser un cristiano coherente y lo mejor es no solo ser un cristiano coherente, sino entregar de ti mismo para la causa de la salvación del mundo y de la redención del mundo.
El mismo tipo de argumentación presenta San Pablo cuando habla de lo que nosotros llamamos hoy la vida consagrada. Dice San Pablo La persona que se casa no hace mal, está muy bien, cásese. Bendito sea Dios. Usted tiene la posibilidad de hacerlo. Tiene con quién. Otros dirán contra quién. No hay problema. Cásese. No está haciendo mal. Pero si esa misma persona desde hace un tiempo va sintiendo en su corazón. Está muy bien lo del matrimonio, está muy bien lo de tener una pareja, pero no sé, no sé, yo como que quiero algo más. Yo como que siento que el Señor me pide algo más. Y esa persona toca por ejemplo, las puertas del monasterio y dice yo quiero conocer este estilo de vida, yo quiero entregarme plenamente a Dios. Esa persona está haciendo una elección entre lo bueno que es llevar una vida cristiana coherente y lo mejor, que es entregarse con una mayor radicalidad al seguimiento de Cristo. Y eso también lo aprendemos hoy. Y eso también nos lo está diciendo, nos lo está gritando, nos lo está cantando el corazón de Jesús. El corazón de Jesús no es simplemente para decirnos Esto es malo y esto es bueno. El corazón de Jesús está lleno de susurros, susurros de amor para aquellos que quieran oírlos. Y esos susurros nos invitan una y otra vez a escoger entre lo bueno y lo mejor. Porque Cristo no quiere simplemente que nosotros sobrevivamos. Quiere que tengamos vida y vida en abundancia. Cosa que es muy razonable.
Piensa, por ejemplo, en una mamá. ¿Cuál es la felicidad de una mamá? La felicidad de una mamá suelen ser los hijos. ¿Y cómo quiere ver la mamá a los hijos? ¿Quiere ver no solamente que sobreviven? Imagínate que yo llegara a una casa de familia. Me saluda la mamá y le preguntó ¿y cómo están sus hijos? Y ella dice sobreviven, tienen el pulso estable, temperatura normal, nivel de hidratación promedio. O sea, que esa mamá mantiene a los hijos en estado de coma artificial, coma inducido. No, la mamá quiere que el hijo florezca en todo su ser. Que tiene capacidades artísticas. Hijo mío, estudia, trabaja. A ver cómo le conseguimos un taller, ¿qué hacemos? Pero además, al hijo le gusta el básquetbol. Hijo mío, entra a un equipo de básquetbol. Vamos a que juegues. Además, el hijo tiene unos amigos con los que pasa muy bien y son unos amigos muy sanos. Hijo mío, disfruta con tus amigos. La mamá que ama quiere no solamente que el hijo sobreviva. Quiere que el hijo florezca en todas las dimensiones de su ser.
Más que esa mamá nos ama a Jesucristo con su Bendito y Sagrado Corazón. Y Jesucristo, con su Bendito y Sagrado Corazón, quiere que tú florezcas, que tú llegues a tu plenitud, que todo lo que es vivo en ti alcance su máxima y más hermosa expresión, para la gloria del Padre. Estas, son mis hermanos, algunas enseñanzas que podemos espigar con la mirada interior, viendo a Jesús en esta breve escena del Evangelio. Tarea, todo profesor deja tarea. Tarea. Voy a ser mucho más atento a los susurros del Corazón de Cristo. Voy a estar mucho más atento a la voz de mi Señor, porque lo que Él quiere de mí no es solamente que yo me salve, como el que salvaron de un naufragio. Cristo quiere que mi vida llegue a su plenitud y que en mí se vea plenamente la imagen del Padre. El que vive y reina por los siglos. Amén.

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