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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La oración de intercesión es grande por Aquel a quien acudimos.
Homilía i131002a, predicada en 19990628, con 8 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Con la bondad del Señor y de su Espíritu. Meditemos un poco el texto de la primera lectura, que es un ejemplo del testimonio de la Oración de Intercesión y que tiene escondidos muchos amables tesoros para nosotros.
Lo primero es esa confianza entre Dios y Abraham. Realmente lo trata como a un amigo. ¿Es que le puede ocultar a Abraham lo que piensa hacer? Y alguno de los profetas llamados menores, no sé si es Amós u Oseas el que dice Nada hace el Señor sin revelárselo a sus profetas. Hay que llamar bienaventurados entonces a los profetas, porque pueden ser considerados amigos de Dios. Porque Dios les cuenta sus designios, sus planes. Porque Dios nos trata con intimidad y con cercanía. Esa cercanía, sin embargo, no es asunto de compinchería, sino es asunto de la salvación que está en juego. Las razones que aparece dándose Dios, para hablarle a Abraham son muy claras. De Abraham va a nacer un pueblo. Ese pueblo hay que instruirlo y es necesario que Abraham sepa instruir. Sodoma es en la Sagrada Escritura la imagen de la destrucción total. Fuego y azufre caídos del cielo que arrasan completamente con una ciudad. Pero aunque no quede nada ante nuestros ojos, si hay algo que debe quedar en nuestros corazones y es la enseñanza.
De aquí sacamos otro punto de provecho para nuestra meditación. El mal no es inútil, el mal aunque cayera fuego y azufre, aunque hubiera que aniquilar por completo. El mal deja algo. Deja una enseñanza, deja algo para aprender. Lo cual me hace recordar una oración muy hermosa del Papa Pablo Sexto en una multitudinaria ordenación de sacerdotes. Decía el Papa rogando por estos nuevos presbíteros. Le decía a Dios nuestro Señor, que conozcan el mal solo para nombrarlo y para evitarlo. Aprender la enseñanza del mal sin que le suceda, sin caer esta es la suprema prudencia. Ciertamente, esta es la prudencia que la Iglesia ensalza en la bendita Virgen María cuando la llama virgen Prudentísima. El mal hay algo bueno. El mal hay un contraste que surge. Así lo hablaba también Dios a Santa Catalina de Siena. Le decía con mucha frecuencia. Y ahora te voy a mostrar lo contrario, porque lo contrario se conoce mejor por su contrario. No nos espante el mal. Esos brochazos oscuros en los cuadros que Dios pinta no hay que temerlos. Con ellos aprendemos. Con ellos aparece mejor la luz. Y así esa noche y esa negrura está al servicio de la luz y de la claridad. No hay que temer que aparezca ese mal.
Y esta es otra enseñanza que nos deja la lectura de hoy. Abraham empieza en una amable pugna con Dios. Es interesante ver cuáles son los argumentos de Abraham. ¿En qué se basa Abraham? ¿En qué se apoya para argumentarle a Dios? No se apoya en nada suyo. No dice yo lo merezco o yo soy amigo tuyo. Su único argumento es No te queda bien destruir al inocente con el culpable. La súplica de intercesión adquiere sus razones en Dios, en sus planes, en su manera de obrar, en lo que Él ha revelado. ¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Esta es la pregunta que hace Abraham. Y de sí mismo lo único que dice y lo dice varias veces es Yo soy polvo y ceniza.
Un último punto está en esa rebaja. Yo me he preguntado por qué Abraham no siguió bajando. Empezó en cincuenta, cuarenta y cinco, cuarenta, treinta, veinte y diez. Hasta diez llegó. Tal vez le pareció que ya era cansar mucho. Tal vez le pareció que ya era suficiente. Yo no creo que Abraham sintiera que estaba cansando a Dios, porque entonces no hubiera insistido tantas veces. Yo creo que Abraham se detuvo en diez porque le pareció que diez si debería haber, que por lo menos diez es imposible que no los hubiera. Nosotros, que conocemos el desenlace del relato, sabemos que finalmente no hubo los diez. Únicamente estuvo Lot y su familia que no completaban las diez personas. Abraham llegó hasta aquí porque le pareció que por lo menos diez personas debía haber.
Pero nótese una cosa Abraham está pidiendo que no sea destruida la ciudad. Y Abraham está pidiendo que sean salvados los inocentes. Dios respondió a una de las dos peticiones. Salvó a los inocentes, pero sí destruyó la ciudad. La oración de intercesión es grande por aquel a quien acudimos, pero es pequeña por nosotros los que estamos orando. Al que está orando no se le ocurren todas las salidas, todos los caminos. Lo que uno pide por las otras personas a veces no es lo que sería mejor para ellos. Podemos decir que la oración de intercesión tiene su parte ancha como Dios y su parte estrecha, como suele ser el corazón humano. Una parte amplia como los pensamientos de Dios, y una parte estrecha como los pensamientos nuestros. Y el que verdaderamente intercede debe estar dispuesto a renunciar a su parte estrecha. Debe saber que su corazón de pronto es demasiado angosto para el designio de Dios y sus pensamientos demasiado bajos para los pensamientos de Dios.
Así, por ejemplo, Abraham lo único que se le ocurre es que la ciudad sea salvada. Dios no le hizo caso a esa petición de Abraham. Dios no salvó la ciudad, pero si le hizo caso a la intención de Abraham, el propósito de Abraham, de salvar a esos inocentes, porque salvó a Lot y a su familia. Nosotros, que tenemos por confianza de la Iglesia y por mandato del Espíritu, el encargo de orar y de interceder, pues aprendamos de toda esta escena, aprendamos de todo este diálogo. Pero sobre todo aprendamos a dar lo mejor de nuestra intención, de nuestro amor y de nuestras palabras, sabiendo que lo que Dios finalmente quiere, eso que Dios finalmente quiere, solo Él lo conoce y hay que dejarlo solo a su benevolencia, a su misericordia. Porque como cantábamos en el Salmo Entrañable y compasivo es el Señor.

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