Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cristo nos enseña que "por sus frutos los conoceréis" y por eso necesitamos criterios de discernnimiento de los frutos. Algunos de los principales son: (1) La paz, interior y exterior; (2) El bien integral, no sólo para un grupo; (3) Libertad interior, que evita la idolatría; (4) Humildad, que se revela en la capacidad de ser cuestionados o despreciados; (5) Vivir en la verdad y manifestar la verdad del Evangelio.

Homilía i123009a, predicada en 20230628, con 18 min. y 36 seg.

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Transcripción:

Nos dice el Señor Jesucristo, lo acabamos de escuchar: «Por sus frutos los conoceréis». O sea que conociendo los frutos, conocemos la calidad o la salud, o el bien del árbol. Pero conocer los frutos no es tan fácil. Y es ahí donde quisiera hacer alguna anotación. Conocer los frutos no es tan fácil, porque la mayor parte de nuestras acciones tienen aspectos positivos y aspectos negativos. Así que en el conocimiento de los frutos también se requiere, se requiere tiempo y se requiere sabiduría.

Por algo el apóstol San Pablo, cuando habla de los carismas, pone entre su número el discernimiento de espíritus. Y por eso también ha habido grandes santos como nuestro Ignacio de Loyola, que han dedicado muy buen tiempo a esto del discernimiento. En el discernimiento de los frutos, pues hay unas señales que suelen considerarse bastante definitivas. Por ejemplo, el fruto de la paz, la paz interior, la paz en la comunidad y, sobre todo, la permanencia de esa paz.

El Santo que recordamos hoy San Ireneo, lleva la paz en su propio nombre, porque Ireneo es una palabra que se deriva del término griego para la paz, que es «eirene». Entonces, ese es un criterio de discernimiento. Una cosa puede ser buena, pero no deja paz interior, hay como una especie de ruptura y una especie de herida que no sana, o no sana en nosotros, en nuestra familia o en nuestra comunidad.

Hay ideologías que se apoyan básicamente en crear división, como es el caso de la línea marxista comunista, que parte siempre de dividir a la sociedad. Lo estamos viviendo ahora mismo en mi país, allá en Colombia. Este presidente no pierde oportunidad, todo lo que le apoye a él está bien, cualquiera que sea oposición, pues es un enemigo del cambio y todo el tiempo es a causar divisiones, es la división como metodología, es la división como estrategia permanente.

Y realmente tenemos mucho que orar, porque las sociedades que han quedado así divididas, tardan décadas y décadas en repararse, lo vemos en otros países. O sea que sí es motivo de orar por Colombia y por otros países que estamos en lo parecido. Entonces, ahí hay una señal, una señal muy importante que es la paz. Esta paz va unida a otras señales.

Por ejemplo, otra señal de discernimiento es el bien integral, porque cuando uno se enamora de un resultado, de una metodología, de un movimiento, donde uno se enamora, uno tiende a mirar, pero es que sí está haciéndole bien a estas personas, pero es que hay que mirar el bien integral, no solamente quienes están siendo favorecidos, sino quiénes están siendo perjudicados.

Y en la Iglesia no vale ese pensamiento de simplemente sumar y sacar el promedio. Nosotros tenemos que pensar que el bien, el bien que se desea es un bien para todos, es un bien integral, que hay gente a la que se le hace algún bien, pues sí, pero hay otras personas que están siendo terriblemente perjudicadas.

Yo conocí el caso de un sacerdote precisamente, de esta línea muy carismática, a la que yo personalmente le debo tanto. Y este es un Padre que ha hecho mucho bien a muchas personas con su predicación, parece que tiene don de sanación o cosas extraordinarias, pero es una persona que ya está diagnosticado, tiene unos desequilibrios psicológicos y unos problemas afectivos muy graves.

Entonces, por un lado él va haciéndole bien y sanando gente, pero por otro lado va destrozando vidas. Y es un padre por el que hay que orar porque vive todavía y en desobediencia, en desobediencia a la autoridad. Pero te repito, tú miras y hay gente que da unos testimonios extraordinarios de él, del padre tal, obviamente no voy a decir el nombre, el padre me sanó, el padre predicó, estuvimos en un encuentro con él extraordinario.

Otro caso que es público, que por eso lo puedo decir aquí, es el del fundador de los Legionarios de Cristo, el padre Maciel. Pues ya sabes, cantidad de gente entusiasmada con él, me ha reconciliado con la Iglesia, me ha vuelto la fe en la Iglesia, este sí es el cristianismo tomado en serio. Y, al mismo tiempo, otra cantidad de vidas destrozadas ahí. Entonces, uno no puede decir que porque hay alguna bondad que estoy sembrando, ya quedó, ya quedó todo limpio.

No, no, no hay un daño, hay un rastro de daño que estás haciendo y no puede ser así, no puede ser así. Entonces, primer criterio, la paz. Segundo criterio, el bien integral. Un tercer criterio es la libertad interior, la libertad interior, que es como un cierto desapego, se parece a lo que estamos meditando estos días en nuestro curso. Hay que tener un cierto desapego, porque esto es importante, porque donde no es posible un cierto desapego, pues hay idolatría, tan sencillo como eso. Así de fácil, ahí hay idolatría.

Entonces, hay un cierto desprendimiento. Por eso, una prueba de fuego de muchas obras de la Iglesia siempre está en la parte de una disponibilidad, de una obediencia, de una libertad, es una libertad interior. Y esto se nota en la capacidad de poner ante la Iglesia, ante la legítima autoridad de la Iglesia, poner a disposición las obras, lo que se ha hecho. Si nosotros miramos, no se necesita más ejemplo, si nosotros miramos a un San Francisco de Asís, a un Santo Domingo de Guzmán.

Esta es gente que le empeñó, le entregó la vida a una comunidad, a una obra que estaban haciendo, pero, pero con todo lo que estuvieran ellos alcanzando, pues ya los ves ahí a los pies del Papa, diciendo aquí estoy, aquí está la obra. Esa disponibilidad es la que precisamente falta en el caso de los herejes. Entonces, nuestros fundadores, un Santo Domingo, un San Francisco, siglo XIII. Si nos vamos al siglo XIV, encontramos ese movimiento herético de los fraticelli.

Ellos estaban convencidos, convencidos de sus ideas y de cómo tenía que vivir la Iglesia, pues a partir de una práctica muy rígida, muy extrema, de la pobreza para todo el mundo. Entonces, ellos decían: El Papa no tiene nada que decirnos a nosotros. Cuando el Papa, cuando el Papa viva la pobreza que aparece en el Evangelio, le escucharemos, antes de eso no le oímos. Entonces, no podían poner su movimiento, no podían ponerlo en manos de la Iglesia. Por eso hay que tener ese criterio de discernimiento de la libertad interior.

Otro criterio importante es el que tiene que ver con la humildad. Muy difícil, pues ya de hecho, esa virtud es tan esquiva para tantos de nosotros. Pero la humildad es fundamental, como decía por ahí un padrecito en una predicación: Para saber lo que algunos llevan dentro no hace falta sino pincharlos un poquito. Entonces, se le pincha y qué sale, ¿no? Y hay que notar que muchos santos fueron así pinchados, es decir, por la desconfianza o por la burla o por el insulto.

Yo recuerdo esta escena famosa de la vida de Catalina cuando uno de los grandes teólogos de aquella época, pues va donde ella, con una actitud displicente, con una actitud de eso que produce tanto fastidio. Y llega este hombre, un sacerdote que no creía en él y él decía un movimiento histérico, una cantidad de gente fanática. Y con esa actitud de burla, de descalificación, de humillación, pero entra en conversación con esta mujer humilde, Catalina. Y la conclusión de la conversación después de unas horas, dice él: Bueno, es que yo conozco el cristianismo por la corteza, pero se ve que tú tienes, tú tienes el núcleo, tú tienes la médula.

Entonces, la humildad finalmente triunfa. Si una persona o si un grupo se vuelve intocable, no se les puede pinchar, no se puede decir nada, se vuelve intocable, pues eso no es de Dios, así no es, así no es. Claro, ninguno de estos criterios es muy amable, para nosotros son difíciles. Pero, si no se pasa por ahí, tiene que ver con el Evangelio de ayer, el camino angosto, la puerta estrecha. Si no se pasa por ahí, si no se entra por ahí, pues ahí hay un punto negativo. Probablemente, estás más siguiendo tus ideas, estás más siguiendo tu ego.

Cuídate, cuídate de eso porque en el fondo, pues eso no va a durar, eso no es del Señor. Y es algo que es difícil de aplicar, pero hay que tenerlo, ¿no? Entonces, fíjate estos elementos que hemos dicho la paz interior y exterior, luego el bien integral, eso que es necesario cultivar en todos. Luego pues que se necesita también esta humildad de la que estamos hablando, es decir, todos estos elementos nos van orientando. Y hay un último elemento que quiero mencionar que es muy nuestro por supuesto como dominicos y dominicas y es la verdad, y es la verdad, ¿no?

En Latinoamérica, una cosa que sucede con alguna frecuencia más que en otras partes, es el tema de falsos sacerdotes, seminaristas que fracasaron en su camino y entonces después resultan obispos de un grupo por allá, un grupo por allá cristiano, en esta región donde estuvo anoche, hablábamos un poco de eso con el padre Chema. Él estuvo en Bolivia, en Cochabamba. Y Cochabamba durante un tiempo fue el epicentro de todo un movimiento de sacerdotes falsos.

Pero lo impresionante es que muchos de ellos con una oratoria y con un don pues de palabra y todo aquello. Pero, pero es que no eres, es que no eres. Es decir, ahí falta el elemento de la verdad, tú no eres sacerdote. Y bueno, recogiendo estipendios y celebrando misas por todas partes. Entonces, el elemento de la verdad es clave, el elemento de la verdad. Ser de verdad de lo que somos, hablar con la verdad del Evangelio, unirse a la verdad de la Iglesia. Hoy la verdad parece que está menos apreciada que en otros tiempos, porque hay unas falsas interpretaciones.

Por ejemplo, sobre la misericordia. Hay unas falsas interpretaciones que hacen mucho daño, ¿no? Y a veces uno puede cambiar la verdad, por ejemplo, por el éxito. Si se predica el Evangelio completo muchas veces, pues vamos a encontrar ciertos rechazos, porque el Evangelio es duro, es duro en muchas cosas. Entonces, una manera de ser uno popular es quitarle las aristas al Evangelio, quitar lo incómodo del Evangelio, quitar las denuncias que hace el Evangelio. Y entonces, me quedo únicamente con lo que es así más suavecito, más misericordioso, pero con comillas las misericordias, más misericordioso.

Y entonces yo paso, me vuelvo popular y entonces soy un padre muy comprensivo y un padre muy, muy actual y un padre muy humano. Pero el precio que se paga es el precio de la verdad, no estás mostrando la verdad del Evangelio, no estás dando lo que es el Evangelio. Entonces, sí, eso te vuelve popular, eso te vuelve exitoso, pero, es que el llamado primero no es, no es a que seamos exitosos o que cosechemos aplausos. El punto primero es, bueno que suceda el Evangelio de Dios en ti, que suceda el Evangelio de Cristo en ti, eso es lo primero que se necesita. Entonces, pues, ese elemento de verdad también lo requerimos, lo necesitamos.

Son puntos, me parece que puntos importantes que nos ayudan a discernir los frutos, porque Cristo nos dejó tarea con esta frase de por sus frutos los conoceréis. No es tan automático, muchas veces el discernimiento es difícil y hay grupos y hay movimientos que son bien complejos. Hace poco, relativamente poco, estaba oyendo este obispo, que personalmente lo admiro bastante, Monseñor Munilla, estaba hablando sobre algunos movimientos en la Iglesia. Movimientos que funcionan con un secretismo y con unas cosas ahí que nadie tiene que saber quién es y si estás o si no estás.

Y decía monseñor Munilla, aunque hay algunos frutos buenos y aunque se supone que lo hacen por el bien de la Iglesia, esa no es la Iglesia, así no es. Y bueno, hacía toda una explicación sobre estas especies de sociedades secretas católicas y decía: No, no en la Iglesia, así no, así no hacemos, así no funcionamos en la Iglesia, así no es. Esto para mostrar que el discernimiento no es fácil, no es fácil, pero con la ayuda de criterios como los que he dicho, de paz, de humildad, de bien integral, de verdad.

Con estos elementos, si uno es sincero, si uno se pone delante de los ojos de Cristo, pues uno también es llamado a conversión, que de eso es de lo que se trata, ¿no? Para, realmente dar un fruto que permanezca. Porque ya que este evangelio habla de frutos, no se nos olvide lo que dice San Juan, lo que dice el Evangelio de Juan en el capítulo 15. Cristo dice: «Os he enviado para que vayáis y deis fruto, y un fruto que permanezca». Porque brillar un día lo hacen muchos, pero un fruto que permanezca, que deje una estela de bondad, que deje buen sabor de boca, que deje paz.

Así como el mismo Cristo, Pedro resumía la vida de Cristo diciendo: Pasó haciendo el bien. Entonces, que Dios nos ayude, que nos dé sentido autocrítico, humildad de corazón, luz de su Espíritu para todo lo que hacemos, lo pequeño y lo grande, porque esto vale para todo y así podamos ser mejores expresiones de su gracia y de su amor. Amén.

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