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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Todo depende de dar buenos frutos, pero sólo un ojo sano discierne qué es realmente bueno en un fruto.
Homilía i123005a, predicada en 20120626, con 4 min. y 2 seg. 
Transcripción:
La manera como enseña nuestro Señor Jesucristo tiene tanta pedagogía. Indudablemente estamos ante un maestro consumado, un maestro que no lo olvidemos, tuvo que enseñar en circunstancias muy difíciles.
Cuando en algunas oportunidades me encuentro, por ejemplo, con que los micrófonos no funcionan en un auditorio o en un templo, o me encuentro con que la gente está muy inquieta, muy dispersa, o me encuentro con que el ambiente está demasiado frío o tal vez demasiado cálido, cuando mi propia sensibilidad quizás se pone demasiado quisquillosa con esas cosas, siempre me ayuda a recordar que Cristo tuvo que predicar y tuvo que enseñar en circunstancias muchísimo más difíciles, sus salones de clase a menudo eran al aire libre, con todas las distracciones y con todas las dificultades acústicas, y la gente no tenía cómo tomar notas.
De modo que podemos decir que Cristo tuvo que llevar hasta el extremo sus habilidades, sus inmensas capacidades pedagógicas, para que su palabra realmente calara en la mente de la gente, para que sus enseñanzas llegaran ahí, a ese centro del corazón donde Él quería llegar. Y eso explica por qué muchas de sus enseñanzas están en forma de narraciones de parábolas, la mente humana recuerda con mucha mayor facilidad lo que son las parábolas. Cuando nosotros nos acercamos a enseñanzas abstractas, pues tenemos dificultades a veces para entender o para recordar, las narraciones son más fáciles.
Y lo mismo ciertas frases, ciertos giros que son paradójicos, como aquello de que el primero va a ser el último, o como aquello de que si te golpean pon la otra mejilla. O lo que dice Cristo de: Arráncate ese ojo que te hace pecar. Esa manera de hablar es supremamente gráfica y tiene una capacidad de llegar a nuestra memoria, una capacidad de quedarse en nuestra memoria. Hoy, por ejemplo, nos encontramos con una de las frases de Cristo: «Por sus frutos los conoceréis». Y alguien puede decir: Bueno, esa frase resume lo que realmente importa.
Por ejemplo, hace unas cuantas semanas el Papa Francisco estaba refiriéndose a los ateos, invitando a los ateos a que hicieran obras buenas. Y entonces, ya muchos en la prensa estaban diciendo: Bueno pues, para el Papa lo importante no es si uno es ateo o no es ateo. Lo importante es que uno haga cosas buenas. Y si uno hace cosas buenas, entonces ahí sí, como dice el texto de hoy del capítulo séptimo de San Mateo, por sus frutos los conoceréis. Y si los frutos son buenos, ahí está bien.
Pero hay que tener cuidado con esa manera de razonar, porque lo mismo que decíamos con otro texto del Evangelio, al referirnos a los frutos, pues vamos a ver qué frutos son esos, si son frutos únicamente para la tierra o si son frutos también para el cielo. Una persona que evangeliza, un misionero con su predicación, quizás no deja demasiadas urbanizaciones terminadas, quizás no va a repartir millones y millones de mercados, quizás no va a solucionar el problema de la malaria en el mundo, pero está ofreciendo otro tipo de bien, está dando otro tipo de fruto.
O sea que esa frase la utiliza Cristo para que quede grabada en nuestra memoria, pero la manera correcta de interpretarla es teniendo en cuenta todo el rango de frutos, hay frutos que son únicamente terrestres y frutos, en cambio, que son verdaderamente celestes. Y estoy seguro que Cristo no estaba pensando únicamente en las cosas de esta tierra, porque Él muchas veces nos habló de cómo nuestra verdadera referencia estaba en el Padre del Cielo. Que esta enseñanza quede grabada en el corazón y la interpretación correcta también.

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