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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Abraham, en lo más hondo de su soledad, descubre compañía y alianza: Dios se declara a su favor, en un pasaje impresionante.
Homilía i123004a, predicada en 20110623, con 7 min. y 17 seg. 
Transcripción:
Quizás vale la pena recordar una vez más el sentido de ese extraño ritual nocturno. Pienso que lo hemos explicado en otras oportunidades. En aquellos tiempos, estamos hablando de cerca del siglo XVIII antes de Cristo, y en aquella región, estamos hablando de Mesopotamia y del norte, de la actual Palestina, Israel, Siria. En aquellos tiempos y en aquellos lugares, las alianzas entre los jefes de las tribus se celebraban a través de rituales.
Algunas veces eran rituales bastante sangrientos, como este que acabamos de ver. De lo que se trataba era de descuartizar estos animales, dejando las mitades una frente a otra, y luego los dos que hacen alianza pasan por en medio de los animales. Por supuesto, el espectáculo es repugnante, pero más que repugnante es horrorizante. Y lo que tenían que decir, lo que tenía que decir cada uno de los que hacía alianza era invocar la maldición de sus dioses sobre su cabeza si no cumplía con esa alianza.
No había autoridad central, policía, ni juzgados, ni notarías, ni gobierno que pudiera recoger esos contratos entre unos y otros. Entonces, la religión cumplía ese papel. Usualmente se trataba de personas que tenían credos distintos o dioses distintos. Entonces, la persona lo que hacía era pasar por en medio de los animales, invocando ese Dios y diciéndole: Maldíceme y que me suceda esto si yo incumplo mi palabra. Es un método bastante drástico, un método que apela a las entrañas y al horror para lograr que se cumplan los contratos.
Y después, la otra persona también pasaba por los animales, invocando su propio dios y pidiendo, reclamando ser maldito y que le pase esto a mi vida si yo no cumplo con mi palabra. Esto nos habla de dos cosas, de la seriedad con la que querían tomar sus contratos, pero también nos habla del nivel tan primitivo y salvaje con el que quieren comprometer su palabra. O sea que el texto de hoy en el Génesis lo que nos está presentando es la Alianza, ese es el tema, es la alianza entre Dios y Abraham.
Dios hace pacto con Abraham en este capítulo 15 y dice así: «Los trajo, los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abraham los espantaba». Y luego, en medio de ese sueño y en medio de esa experiencia tan extraña, una humareda, otra vez el humo, otra vez la nube, otra vez el fuego. Son las imágenes constantes de la presencia de Dios en la Biblia: la columna de fuego en el Éxodo, el humo que llena el templo en la vocación de Isaías, la nube luminosa que ve Ezequiel, de la cual salen relámpagos, la nube de la transfiguración, la nube de la ascensión.
Nube que indica siempre la presencia misteriosa pero real y próxima de Dios. Una humareda de horno y una antorcha, humo y fuego pasaban entre los miembros descuartizados. Pasaron únicamente la nube y la antorcha, señales de la presencia divina. Es decir, aunque es un contrato y aunque es un pacto entre Dios y Abraham, el que se compromete es Dios. Dios está jurando su fidelidad, dirá la Carta a los Hebreos: «No teniendo uno mayor por quien jurar, juró por sí mismo».
Aquí Dios se compromete con Abraham, está haciendo pacto en un lenguaje que era el lenguaje que podía entender Abraham. Porque si Dios le hubiera dicho: Abraham saque, pues, un papel y firmemos. No había papel, no había tinta, no había firma, ese lenguaje no lo hubiera podido entender Abraham. Dios le habla en el lenguaje que él puede entender y en ese lenguaje le dice: Me comprometo para siempre contigo, cumpliré mi palabra contigo. Dios ha hecho pacto personal con cada uno de nosotros.
Las palabras que dice Abraham nos las dice a nosotros: Yo soy tu escudo. Tu paga será abundante. Te voy a defender y vas a ser fecundo. Nada malo te sucederá y traeré bienes para ti. Eso es lo que le está diciendo Dios a Abraham. Y Abraham en medio de todo, pudo creer. Ese espectáculo majestuoso, ver a Abraham en la noche, no tiene sino una esposa estéril que seguramente ya duerme, un sobrino que era su única compañía de familia y se ha ido lejos, no tiene hijo ni perspectiva de tenerlo y en cambio sí tiene todo un cielo para admirar.
Y en esa soledad resuena la voz de Dios y en esa soledad se escucha el sí de Abrahán. Ser capaz de creer ahí, en ese momento, sin ningún asidero, únicamente porque Dios lo dice, con toda razón le consideramos nuestro padre. Que sea esta ocasión para renovar nuestro pacto con Dios. Más de un pacto tenemos nosotros, especialmente el bautismo, la confirmación, la profesión religiosa y en el caso de estos servidores, la unción sacerdotal. Que sea ocasión de renovar nuestro pacto con Dios y de decirle: Tú que eres el único fiel, dame el regalo de la fidelidad. Amén.

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