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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lo básico es entender la diferencia entre juzgar SITUACIONES (que es distinguir correctamente entre lo bueno y lo malo) y juzgar PERSONAS (que es pretender saber qué va a suceder con con tal o cual persona sobre la base de lo que ha sido su comportamiento).
Homilía i121009a, predicada en 202306226, con 6 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos. Comentemos un par de cosas sobre este Evangelio. Primero, la diferencia que trae la Biblia entre juzgar a las personas y juzgar a las acciones. Creo que en esto hay un malentendido, a veces bastante fuerte. Y una gran diferencia entre juzgar a las personas por lo que la Biblia entiende, por juzgar a las personas y lo que es juzgar situaciones. Cristo en este mismo pasaje muestra que hay una hipocresía, si uno pretende corregir algún defecto en otra persona y uno tiene quizás un defecto mucho peor. Ese es un juicio. Cuando Cristo utiliza aquí la palabra hipócrita, pues está diciendo estás obrando mal. Y Cristo mostró muchas veces, pero muchas acciones que están mal hechas y mostró que esas acciones tienen que ser denunciadas.
Por ejemplo, Cristo mostró cómo muchas veces los poderosos ponen a la gente solamente a que les sirva y les sirva a ellos. Y Cristo dijo: Así no será entre vosotros, entre vosotros el que quiera ser el primero, que sea el último. Ahí Cristo, ¿qué estaba haciendo? Pues estaba haciendo un juicio. Esto está mal, esto está bien. Esos son juicios y hay que hacer juicios, pero juicios de situaciones. Es decir, hay que tener claro lo que es bueno y lo que es malo. Una religión, una fe que no nos enseñará sobre lo bueno y lo malo, casi podríamos decir que sería inútil, porque la fe quiere finalmente sacar de nuestra vida una maldad que se llama el pecado y quiere traer una bondad que se llama la vida de la gracia. Entonces, la fe tiene que enseñarnos a distinguir lo bueno y lo malo.
También los apóstoles obraron de esa manera. Por ejemplo, una vez un señor que se llamaba Simón le ofreció plata, le ofreció dinero al apóstol San Pedro porque veía que Pedro hacía unos milagros espectaculares. Entonces le dijo como tú haces esos milagros con el poder del Espíritu, te voy a dar esta plata y tú me das ese poder a mí. Y Pedro le dio ¡qué regaño! Le dijo que se muera tu dinero contigo. Y el otro quedó tan asustado que le dijo ay, ruega por mí más bien. O sea, que Pedro lo corrigió y lo corrigió fuerte. O sea, que Pedro estaba juzgando, pero juzgando de una situación. Esto está mal y lo que está mal hay que hacer ver que está mal.
¿Qué es juzgar de las personas? Juzgar de las personas es pretender que uno sabe cuál es el destino de la persona, en qué va a parar la persona. Eso es juzgar de la persona. Y eso sí, no debemos hacerlo. Porque, por ejemplo, una persona que hubiera visto a San Pablo cuando estaba persiguiendo gente, o sea cristianos. Una persona que hubiera visto a Pablo en esas hubiera dicho este tendrá que condenarse en el último infierno por todo lo que hace. Hubiera cometido un error brutal. Porque esa persona llamada Pablo, el apóstol San Pablo, aunque ciertamente hizo muchas cosas malas que él mismo reconoce. Por ejemplo, en la primera carta a Timoteo Capítulo Primero, él dice Yo he sido el peor de los pecadores. O sea, que él reconoce lo suyo, pero tuvo una conversión. Entonces, juzgar de las personas es creer que uno sabe en qué va a terminar la vida de ellos. No se debe hacer. Yo no sé cómo va a terminar la vida de ellos. Yo no sé quiénes van a ser finalmente ante Dios. Yo no sé qué obra está haciendo o puede hacer Dios en una persona.
Piense usted, María Magdalena, que estaba tan en tinieblas que dice la Biblia tenía siete demonios. El número siete suele indicar plenitud, o sea, estaba entenebrecida, enlodada. ¡Y qué santa tan grande la que hizo Dios! Entonces uno no tiene que juzgar de las personas porque uno no sabe en dónde va a parar la persona. Pero las situaciones sí hay que juzgarlas. Esto está bien, esto está mal. Es una lección que creo que es importante.
Y la otra lección, que es mucho más obvia aquí, es que uno tiene que empezar por uno mismo. Si vamos a limpiar el mundo, pues empezar por el propio corazón, empezar por los propios ojos, porque muchas veces nuestros pecados los proyectamos en otras personas. La persona que es muy arrogante con mucha frecuencia ve arrogancia en todas partes. El que es muy mentiroso teme que todo el mundo le está mintiendo. Uno proyecta. Entonces no, si vamos a limpiar el mundo, empecemos por nosotros. Y así el Evangelio será realidad en nuestra vida y podrá ser realidad también en nuestro entorno, en nuestra casa, lo que nos rodea. Así lo conceda Dios. Amén.

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