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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sólo con la Palabra de Cristo puedo ver mis limitaciones.
Homilía i121001a, predicada en 19990621, con 6 min. y 7 seg. 
Transcripción:
Con el brillo de sus imágenes. Jesucristo transmite enseñanzas inmortales. ¿Qué tal esto de una viga en un ojo? ¿Adónde puede caer una viga en un ojo? Pero ahí está escrito. El orgullo y la pretensión humana de corregir a los demás sin corregirse a sí mismo. La terrible desproporción que hay entre la basurita del prójimo y la viga del propio ojo está indicando algo bien profundo. Una viga no es, no es una basurita. Hay un tamaño y una desproporción tan grande que parece que se trata de dos problemas distintos. Y parece que la enseñanza de Cristo va en orden a que descubramos que se trata de dos problemas distintos. Es distinto el problema que yo intento resolver en mi hermano y el problema de mi ojo, de mi manera de ver. Son dos problemas distintos. Además, esta viga ¿Cómo puede existir esa viga en ese ojo? Es decir, cómo puedo descubrir que tiene esa vida en ese ojo si no es porque hay una palabra, la Palabra de Cristo que me ayuda a descubrirme. A ver, lo que estoy diciendo es que un ojo no puede verse a sí mismo. El ojo lo ve todo, pero no se ve a sí mismo. Y los problemas de uno son los más difíciles de descubrir porque uno mira desde sus problemas. Pero si uno puede mirar a sus problemas, uno mira desde sus limitaciones y por eso cuesta tanto trabajo reconocer las propias limitaciones. Así como el ojo no puede mirarse a sí mismo, así también resulta difícil descubrir nuestras limitaciones cuando miramos desde nuestras limitaciones. Yo creo que esta es la diferencia que hay entre la vida y la basurita. La basurita la puedo ver con mis limitaciones o sin mis limitaciones. En cambio mis limitaciones solo las puedo ver cuando llega una palabra que es la palabra de Cristo. Esa palabra de Cristo que me dice: No te fijas en la viga que hay en tu propio ojo. Esta enseñanza luego es muy común en la historia de la espiritualidad. Todo verdadero camino empieza por el conocimiento de sí mismo y llegar al conocimiento de sí mismo parece que es tan difícil como ver el propio ojo. Si no hay un espejo, si no hay una palabra que me diga que tengo una viga, no me doy cuenta de la viga que tengo en el ojo, porque todo el tiempo estoy mirando desde mi vida, desde mis limitaciones, desde mis condicionamientos. Llegar al conocimiento de uno mismo es acoger esta palabra, la palabra de Jesucristo. Renunciando me sana y curándome me corrigen. Acoger la palabra de Jesucristo. Estar dispuesto a tener una perspectiva diferente, una vista diferente sobre uno mismo. Una de las gracias, tal vez de las mayores gracias que Dios puede concedernos, es mirarnos, es reconocernos lo que no logra el ojo físico verse a sí mismo. Eso se lo puede conceder Dios a nosotros con la gracia de su Espíritu y con la Palabra de Cristo. ¿Cuáles son las limitaciones de cada uno? ¿Qué es lo que yo no me he dado cuenta? Eso no lo puede responder uno sin la ayuda de alguien afuera. Si a uno le dijeran haga una lista de las cosas de las que nunca se ha dado cuenta. Eso uno no puede hacer esa lista se necesita ayuda. Bendigamos nosotros esta celebración y vamos la escucha de la palabra así: Dame esa palabra, Señor, que nadie me puede ver. Dame esa luz que solo tú conoces, o cómo suplicaba aquel otro pobre hombre en el Evangelio: Señor, haz que vea. Los que saben predicar retiros espirituales siempre invitan a los ejercitantes a que, especialmente en los primeros días del retiro, se haga esa súplica muchas veces: Señor, haz que vea lo que vea desde mis limitaciones, desde mis condicionamientos, sino que los vea por fin a ellos. Esto solo podrá venir como una gracia tuya, pero sin esa gracia no puede dar un solo paso.

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