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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Somos generosos con Dios?

Homilía i113001a, predicada en 19970618, con 11 min. y 48 seg.

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Transcripción:

Con motivo de la colecta que estaba haciendo el apóstol Pablo entre las iglesias formadas de la gentilidad del paganismo y en favor de los cristianos convertidos del judaísmo, con motivo de esa colecta, Pablo hace una hermosa reflexión sobre la donación que nos hizo Dios en Cristo. Estaba en la frase que escuchamos el día de ayer: «Ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza». Y desde esa generosidad de Dios nos invita a ser también generosos, a dar, a dar verdaderamente.

Lo interesante de la reflexión de Pablo es que tratándose de un verbo que tiene que ver con la donación, con el dar, con el regalo, lo describo en términos de negocio, casi como invitando a las personas, invitando a estos fieles a que pongan a prueba a Dios: «El que siembra tacañamente, cosechará tacañamente. El que siembra generosamente, cosecha generosamente». La invitación profunda del apóstol es a que imitemos la generosidad de Cristo, que lo perdió todo y que lo dio todo.

Pero, la manera de conducirnos a esa generosidad es como experimentando poco a poco pedagógicamente, que cuanto más da uno al Señor, cuanto más da uno en el nombre del Señor, pues también más recibe. «Cada uno dé como haya decidido su conciencia, no a disgusto ni por compromiso». Apela a Pablo a la conciencia como para que uno, lo mismo que nos dice el Evangelio, no esté esperando la recompensa, no está esperando la paga de las otras personas, sino solo de Dios.

Este es el momento de preguntarnos qué será lo que nosotros no le hemos dado al Señor, qué será lo que nosotros nos hemos reservado, cuáles son los predios nuestros en los que todavía no ha entrado Jesucristo, cuáles serán esos tesoros o talentos, o de pronto esas heridas o esos problemas. A veces pienso que cuando una herida tarda tanto tiempo en sanar en el corazón de uno, es porque uno no ha querido entregarla. Decía un predicador: Dele a Dios no una fotocopia de su problema, sino el problema.

Uno le da fotocopias a Dios, pero se queda con el original. Uno se reserva el derecho último de resolver sus problemas, de saldar sus cuentas, de hasta cierto punto desquitarse con la vida e incluso con personas concretas. Esta, por ejemplo, es una veta en la que seguramente encontraremos cosas que no le hemos dado a Dios problemas, inquietudes, crisis, tentaciones, heridas que de alguna forma queremos resolver por nosotros mismos. Hay otra veta de cosas que tampoco solemos darle a Dios. Nuestra manera de descansar, la alegría de nuestro descanso.

Hemos notado, y yo pienso que sobre todo nosotros, religiosos, hemos notado como muchas veces el tono espiritual de la vida se baja, cuando llegan las vacaciones, cuando llegan los paseos, cuando llegan los descansos. Esta parece ser una prueba de que en nuestro descanso hay algo que no le damos a Dios, como que queremos también descansar un poquito de Él, descansar un poquito, pues de ese ritmo que la oración y que las otras cosas y que las obligaciones.

Y entonces, como un poquito fatigados del esfuerzo de llevar una vida coherente con nuestra consagración, entonces queremos descansar de Él. Y, a veces, en nuestros descansos, entonces entra sutilmente la vanidad, el egoísmo, la mundanidad, la sensualidad de lo que sea, y ahí tenemos cosas que no le hemos dado a Dios. Parece que Dios nos estuviera invitando a que también ese tiempo, de alguna manera, sea suyo.

No estamos diciendo que no haya descanso, sino que ese descanso también suceda en su presencia y ante sus ojos. Fíjate cómo hemos encontrado ya dos cosas, no dos cosas, sino dos vetas las llamo yo, en donde suele haber muchas cosas que nosotros no le damos a Dios. Primero, ciertos problemas nuestros y segundo, nuestros descansos. Pues ahí está la invitación de Pablo, no será que estamos sembrando tacañamente y por consiguiente cosechamos también tacañamente.

Una tercera veta, el tiempo que está reservado específicamente para Él, el tiempo llámalo de oración, por ejemplo. Quiénes de nosotros podríamos decir: Yo soy generoso en el tiempo que le doy a Dios para la oración. Yo pienso que la mayoría de nosotros tendríamos que confesar, si somos sinceros, que hemos sido, por lo menos buena parte de nuestra vida, hemos sido mezquinos con el tiempo de Dios, Mezquinos, como personas y como comunidades, el tiempo de Dios es recortadito y si algo se tiene que perder, se pierde el tiempo de Dios.

Cuenta un chiste que ya conté en otra ocasión, cuenta un chiste que la mamá le dio al niño que iba para la misa, le dio dos monedas de $500. El chiste hay que estarlo reeditando a medida que se devalúa la moneda, le dio dos moneditas de $500 pesos y le dijo: Bueno, la una la echas en la limosna y la otra para que después de misa te compres un heladito. El niño se fue contento para la Eucaristía, iba jugando con una de las moneditas y de pronto, en uno de esos tiros a lo alto, cayó la moneda, no la alcanzó a agarrar, rodó y se fue por una alcantarilla. Y dice el niño: Ay, se perdieron los $500 de nuestro Señor.

Sí se va a perder algo que sea lo de Dios, sí se va a perder algo que sea lo de Dios, porque el tiempo de mi trabajo no lo puedo perder. O sea, yo no voy a quedar mal con este trabajo que tengo que entregar, no voy a quedar mal con esto que se espera de mí. En cambio, a Dios sí le puedo quedar mal, porque, al fin y al cabo, Dios no alega, Dios entiende, Dios comprende. Entonces, fíjate cómo somos mezquinos. Si un esposo intenta tratar a su esposa con esas limitaciones de tiempo.

Dicen las señoras cuando van a comprar telas, le dicen al dependiente: Pero no se corte la uña, porque está midiendo el metro. Y dice la señora: Pero no se corte la uña. Que no sea mezquino, ¿no? Si un esposo tratara a la esposa con la mezquindad con que nosotros tratamos a Dios, en esos tiempos que son, llamémoslo así, como especialmente para Él, pues pronto, pronto se acabaría esa relación de esposos o de novios o de lo que sea. Prueba de que nosotros usualmente no somos generosos en la oración y usualmente tampoco lo somos en otras prácticas de vida espiritual, en otros ejercicios espirituales, como decir lecturas.

¿Quién de nosotros es generoso en la lectura que enriquezca el corazón? A lo sumo somos generosos en lo que tiene que ver con nuestro trabajo, es decir, con lo que nosotros vamos a hacer, pero en aquello que Dios va a hacer con nosotros, quién es generoso, quien le da abundantes oportunidades a Dios para que entre, reforme, transforme, quien le da esas puertas abiertas al Espíritu de Dios para que llegue y reorganice el corazón. Cuando uno piensa en estas cosas, uno dice: Verdaderamente yo no estoy siendo generoso con Dios.

Y verdaderamente esto explica, pues, mucho de la lentitud en la vida espiritual, de la lentitud, porque, de hecho, a la vida espiritual, pienso que nosotros los religiosos, dolorosamente le estamos aplicando el mismo esquema que en lo personal le aplicamos a la oración. Es decir, en la comunidad pueden fallar muchas cosas y en la comunidad hay muchas cosas que reformar. Pero, que caigamos en la cuenta como comunidad local, como comunidad, como congregación, como orden, que caigamos en la cuenta que lo primero es reformar nuestro corazón en Dios, eso no está claro.

Eso no está claro para muchos de nosotros. Y como dice el apóstol: El que siembra tacañamente, tacañamente, cosechará. Yo creo que a veces nos encontramos con los frutos tacaños, con los frutos escasos de una siembra escasa. No digo que dejemos de hacer el bien, no. Seguramente nuestra vida se ha gastado en bienes y se seguirá gastando en la obra de Dios y en hacer el bien. Pero ¿de cuantos bienes hemos privado a nuestro prójimo? Cuántas palabras, por ejemplo, que hubieran podido hacer mucho bien, las hemos omitido.

Bien hace la Iglesia en invitarnos a arrepentirnos de los pecados de omisión cuando se inicia la Eucaristía, tal vez no hemos hecho muchos males, pero quién lleva la cuenta de los bienes que dejamos de hacer, cuántos prójimos nos rodean, a cuantos les hemos conducido, a cuantos les hemos llevado a un amor más puro, más generoso, más libre, más ardiente, más completo, más fiel hacia Dios, cuántas personas han recibido del fuego que Dios puso en nuestro corazón.

Realmente creo que hemos de ser muy humildes, muy, muy humildes todos, y reconocer que es necesaria una reforma de nuestras vidas y un abrir generosamente las puertas del alma para que sea el Espíritu de Dios el que verdaderamente nos haga testigos suyos. Estamos omitiendo demasiados bienes y de esa manera, esto es duro decirlo, estamos volviendo artrítico a Dios. Dios dice un pensamiento, una reflexión muy bonita, no tiene más manos que nuestras manos.

Bueno, ese es un modo de decir, teológicamente se le puede cuestionar, porque claro, la gracia de Dios no está atada a ninguna mediación ni etcétera, pero eso también tiene sentido. Hay muchas obras buenas que no se hicieron porque nuestras manos artríticas, porque nuestra cobardía, porque nuestra siembra tacaña las impidió. Pues vamos a abrir el corazón en oración, en reparación, en generosidad, para que no siga siendo así, sino para que Dios pueda desplegar toda su gloria y toda su obra en honor suyo, en bien de la Iglesia y en salvación nuestra.

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