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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La verdadera generosidad y solidaridad no teme al sacrificio, como la de Cristo, que se dio plenamente por nosotros. Dios inspira una entrega que va más allá del límite humano, tocando el corazón y transformándolo.
Homilía i112013a, predicada en 20250617, con 6 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Hay palabras que tienen un sentido bello, pero que cuando llega ese toque que da la fe, adquieren un sentido muy, pero muy superior. Te voy a dar tres ejemplos rápidos. Tomemos la palabra fe. Uno puede decir ten fe en tu país, ten fe en ti mismo. Eso, pues, tiene un cierto sentido, tiene un cierto significado, invita a la esperanza. Por ejemplo, con respecto al país en el que uno vive o del que uno es. Sí, perfecto.
Pero ahora piensa ¿Qué altura alcanza la palabra fe cuando hablamos de creer en Dios? Ahí, como dice el refrán. Ahí estamos a otro nivel. Lo mismo pasa con la palabra paz. Por algo Cristo dijo Yo no doy la paz como la da el mundo. Por eso también dijo Mi paz os doy. O sea, que la palabra paz es una palabra deseable, yo creo que para todo el mundo. Pero cuando nosotros hablamos de la paz que trae Cristo, eso es otro nivel. Porque la paz que da el mundo fácilmente se destruye cuando se destruyen las seguridades que el mismo mundo da. En cambio, la paz que trae Cristo es capaz de vencer hasta las peores adversidades, y eso es mucho decir.
Bueno, en ese mismo sentido, yo quiero irme con dos palabras que adquieren un nivel mucho más alto. La palabra solidaridad y la palabra generosidad. Son palabras que tienen un sentido dentro del contexto de lo puramente humano. Si uno ve una persona que es generosa, yo creo que uno aprecia eso. Tal vez la persona puede ser atea, la persona puede ser budista, la persona puede ser judía, es un judío muy generoso, eso es algo que nos alegra, eso es algo que tiene sentido. Pero cuando nosotros hablamos de la generosidad de Dios y cuando hablamos de la generosidad que Dios engendra en nuestros corazones, eso es otro nivel.
¿Y cuál es la gran diferencia? La generosidad humana, la generosidad puramente mundana, por supuesto que es bella. Pero es una generosidad que ya se empieza a detener, cuando ser generoso afecta mi patrimonio, afecta mis planes, afecta mi futuro, afecta mi integridad. Es decir, yo soy generoso mientras eso realmente no me afecte demasiado. Es esa la idea típica de generosidad en el plano mundano. Soy generoso, pero generoso mientras no me afecte demasiado a mí. Y es hermoso ver que San Pablo, en la primera lectura de hoy, tomada de la Segunda Carta a los Corintios, Capítulo Ocho. Nos habla de la generosidad de Cristo y nos muestra que la generosidad de Cristo afectó a Cristo. La generosidad de Dios en Cristo se manifiesta en que siendo rico, se hizo pobre. O sea, a Él la generosidad lo afectó. Esa es la clave. Esa es la generosidad divina, esa es la generosidad de los mártires y de todos los santos.
Lo mismo pasa con la solidaridad. Yo creo que a todos nos parece muy bella la solidaridad. Es hermoso que una persona tenga sensibilidad frente a las necesidades de otros y predicar la solidaridad del mundo es una cosa buena. Pero quién lo va a negar. Ser solidarios, por favor. Pero es que la solidaridad de la que estamos hablando aquí, la solidaridad que mostró Cristo, volvemos al mismo punto. Es la solidaridad que me afecta a mí. Y eso lo muestra Pablo en el mismo pasaje de la primera lectura de hoy, cuando habla del tipo de solidaridad de los cristianos de Macedonia. Seguramente se refiere a la comunidad cristiana de Filipos. Y dice que ellos dieron según sus posibilidades, y añade por encima de sus posibilidades. ¿Por qué estos cristianos de Macedonia estaban dando esa colaboración económica? Porque los cristianos de Jerusalén y sus alrededores estaban siendo muy, muy aislados, muy perseguidos, y estaban pasando muchas necesidades. Entonces se necesitaba apoyarlos.
Y eso es exactamente lo que nos presenta el apóstol San Pablo aquí. Es decir, que los cristianos de Filipos estaban siendo solidarios. Eso se llama comunicación cristiana de bienes. Estaban siendo solidarios con los cristianos de Jerusalén. Pero ¿Qué tipo de solidaridad? ¿La solidaridad, que consiste en que yo ayudo un poquito, pero que eso no me afecte? No, mira lo que dice Pablo. Dieron según sus posibilidades y por encima de sus posibilidades. Es decir, estamos ante la auténtica, auténtica solidaridad. Y eso fue lo que vivieron los cristianos de Macedonia, a ejemplo de Cristo, que nos mostró su manera de ser infinitamente generoso, infinitamente solidario. Porque Él vio nuestra miseria, porque Él vio quiénes éramos, porque Él vio en qué condición estábamos y compadecido se hizo solidario de nuestra miseria para que nosotros pudiéramos levantarnos con Él y pudiéramos llegar a la dignidad, antes impensable de ser hijos de Dios y coherederos de la vida eterna. Fíjate cómo Dios todo lo mejora. Fíjate cómo Dios nos va llevando a nuevos niveles, a niveles mucho más altos. Que la gloria sea para Él. Amén.

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