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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuando Cristo entra en contacto con nosotros, desde nuestra pobreza y debilidad aprendemos como cristianos a poner todo lo que tenemos al servicio de los demás.
Homilía i112008a, predicada en 20170620, con 5 min. y 50 seg. 
Transcripción:
La segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios, nos ha acompañado en estos últimos días, de hecho desde la semana pasada. El texto de la primera lectura de la Misa de hoy ha sido tomado nuevamente de esta segunda Carta a los Corintios. Esta vez en el Capítulo Octavo. Y aunque estamos en la segunda carta a los Corintios, el pasaje de hoy me hace acordar de algo que aparece en la primera carta. Por allá en el principio de esta primera carta a los Corintios. Pablo invita a esa comunidad cristiana a que se miren a sí mismos y les dice estas palabras o parecidas. No hay entre ustedes muchos que sean ricos según el mundo, ni muchos que sean sabios según el mundo. Eso retrata una realidad de las primeras comunidades cristianas. Pero creo que no es algo que exista solamente en los orígenes cronológicos de la Iglesia. Ahí hay algo más profundo.
Con la ayuda de Dios, quisiera explicar lo que nos está diciendo San Pablo. Es que en esas primeras comunidades, las personas que aceptaron a Cristo fueron ante todo los que tenían mayores necesidades, es decir, los pobres materialmente hablando, y también los menos cultos, los menos sobresalientes socialmente hablando. ¿Por qué sucede así? Antes de responder, conviene recordar que en vida de Cristo fue exactamente lo mismo. Las personas que acompañaban a Cristo, las multitudes que lo rodeaban, no eran las multitudes de sabios, ni las multitudes de escribas. No eran las multitudes de los sumos sacerdotes o de los seguidores de Pilato o de Herodes, los poderosos, los ricos, los sabios, los que se creen buenos. No son esos los que están más cerca de Cristo. ¿Quiénes son los que le rodean? Los enfermos, los pecadores, los marginados, los despreciados.
Por ejemplo, en tiempo de Cristo era bastante despreciada la población infantil. Tanto que incluso los apóstoles en algún momento rechazaban a las mamás que querían acercar a sus hijos para que Cristo los bendijera. Y Cristo tiene que decir a los apóstoles Dejen que los niños vengan a mí. O sea, que esos parecen ser como predilectos de Cristo. Hay como un entendimiento profundo entre la humanidad necesitada y la oferta del amor de Dios en Cristo. Y la razón parece que está en el Capítulo Sexto de San Lucas. Porque nos enseña Cristo en ese lugar, de ese Evangelio que cuando una persona tiene demasiado en qué apoyarse, por ejemplo, se considera muy inteligente o muy apuesto, o muy líder, o muy amigable, o muy famoso. Cuando el ser humano encuentra algo en lo que se siente muy fuerte, difícilmente busca a Dios. ¿Por qué? Porque precisamente se siente fuerte. Está bien donde está. Está cómodo donde está.
Los escribas, en su gran mayoría, eran personas que se sentían muy fuertes. En el caso de ellos, por la montaña de conocimientos que tenían. Era gente que tenía un conocimiento de la escritura realmente muy profundo. Entonces, ellos estaban muy seguros en el valor de su conocimiento y precisamente porque se creían tan fuertes en el conocimiento, pues por esa razón miraban con desconfianza a este tal profeta de Nazaret. Entonces aquí hay algo. Por eso decía que no es simplemente un hecho histórico, es un hecho bastante profundo. Parece que Dios tiene una predilección, un modo particular de acercarse a nosotros a través de la debilidad. Pero al mismo tiempo, esa debilidad o esa fragilidad, o esa necesidad que uno experimenta, se convierte en un modo de vida dentro del cristianismo cuando aprendemos de la generosidad de Cristo. Porque Cristo, aunque estaba rodeado de ignorantes, es el manantial de la sabiduría. Aunque estaba rodeado de pobres, es el dueño del universo. Aunque estaba rodeado de marginados, no es otro, sino el Hijo mismo de Dios. Es decir, que toda la presencia de Cristo en medio de esas multitudes de descartados y marginados, toda esa presencia de Cristo es pura generosidad. Es la pura bondad de Él. La única razón por la que Él está en medio de nosotros es por su amor desbordante, por su amor incontenible. Y eso se le pega al cristiano.
El cristiano también aprende a poner de lo que tiene, ponerlo al servicio de los demás. ¿Por qué? Porque eso es lo que ha recibido de Cristo. Porque Cristo ha sido el primer generoso, porque Cristo ha sido el primero que se ha dado. Y eso es lo que San Pablo alaba en este pasaje tan bello de la segunda Carta a los Corintios, refiriéndose en particular a los fieles de la comunidad de Macedonia, es decir, la comunidad de Filipos. ¡Qué lecciones tan bellas! Por una parte, descubrir nuestra necesidad, descubrir nuestra pobreza. Pero, por otra parte, descubrir que cuando entramos en contacto con Cristo desde nuestra pobreza, tenemos tantísimo para dar a los demás.

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