Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

San Pablo nos llama a responder a la generosidad divina, primero en la comunidad cristiana, y luego a través de la misión.

Homilía i112006a, predicada en 20150616, con 5 min. y 51 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios. Esta vez del capítulo octavo. La palabra más sobresaliente dentro del pasaje de hoy es la generosidad. Una iniciativa que tuvo su origen en la comunidad de Filipos realmente tiene respuesta tiene eco en el corazón de San Pablo. ¿De qué se trata? Se trata de lo que hoy llamamos, por lo menos en el medio católico colombiano, la comunicación cristiana de bienes, la cual es una expresión de una de las realidades más bellas de nuestra fe, la comunión de los santos.

Una vez que Cristo se ha convertido en el tesoro de nuestra vida, una vez que Él es la riqueza que compartimos, empezamos a entender que quienes comparten a Cristo, ¿por qué no van a compartir los tesoros que valen mucho más, mucho menos que él? Y entre esos tesoros están también los bienes materiales. De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta como una de las señales de la llegada de la fe que la gente es capaz de compartir. Podemos decir que si el sello del pecado es el egoísmo, el sello de la conversión y el sello de la gracia va por el camino de la generosidad. La generosidad es nuestra respuesta a un Dios que no se ha limitado. Un Dios que se ha entregado sin límites, que se ha entregado hasta el extremo. La contemplación, pero sobre todo la experiencia de la generosidad divina, debe reventar nuestros diques. Debe extinguir nuestros temores. Debe quitar las barreras para también nosotros ser generosos.

Por supuesto, para la persona que no tiene experiencia de esta generosidad divina, lo que estamos diciendo suena a locura o a comunismo, pero no se trata ni de una ideología política, ni tampoco de un devaneo mental. Es más bien el fruto natural del corazón que se ha sentido verdaderamente amado. Así como sucede muchas veces que cuando una persona nos sonríe amablemente, finalmente arranca de nuestro rostro mustio una sonrisa. Así también la sonrisa de Dios, bien presente, bien clara en la generosidad de Cristo, saca de nosotros una generosidad. Generosidad que, como explican los santos, en primer lugar, se vuelve gratitud y alabanza hacia Dios mismo. Y esa expresión de acción de gracias muy pronto tiene que pronunciar esta pregunta Bueno, ¿y qué puedo hacer yo por ti? Tú lo has dado todo por mí, Señor. ¿Qué puedo hacer yo por ti? Y ahí es donde los santos nos responden diciendo ciertamente no podemos hacer ningún bien propiamente a Dios, porque Dios es fuente de todo bien.

Pero Dios ha querido tomar como hecho a Él aquello que nosotros hacemos por nuestros hermanos en necesidad. Ya se trate de los que padecen por la pobreza material, o ya se trate de los que están extraviados por falta de un buen consejo, ya se trate de los que sufren soledad y se hunden en sus angustias, o ya se trate de los difuntos que nada pueden hacer por mejorar su condición. En cada una de estas circunstancias estamos hablando de los pequeños. Estamos hablando de aquellos que Cristo ha querido llamar mis humildes hermanos. Y precisamente porque hay una unión de amor profunda entre Cristo y sus humildes hermanos, precisamente por eso, el bien que nosotros con generosidad realizamos hacia esos hermanos, Cristo lo toma como hecho a sí mismo.

Según leemos en el capítulo veinticinco de San Mateo lo que hicisteis por estos mis humildes hermanos, por mí, lo hicisteis. Con lo cual aprendemos que si es posible, de algún modo, responder a la generosidad divina. Y la expresión de esa respuesta nuestra no es otra cosa sino prolongar la generosidad en la comunidad cristiana en primer lugar, pero también a través de la misión, a través de la evangelización, a través de la intercesión. Prolongarlo hacia otros que también puedan recibir noticia de la ternura de Dios. Y ese es el llamado que hace San Pablo que aprendamos a vivir en comunicación cristiana de bienes. Que aprendamos a compartir nuestra oración para que salga del ámbito pequeñito de nuestra familia y de nuestros amigos, para convertirse verdaderamente en una oración que difunde las ondas saludables, que difunde la ternura, la compasión de Dios, incluso hacia aquellos que ni le nombran ni le conocen.

Así ha de ser nuestra oración, y lo mismo nuestra caridad, lo mismo nuestra preocupación por las necesidades de otros, expandiéndose de los círculos a veces tan estrechos, de la sola familia, los amigos, la comunidad en la que yo estoy. Tenemos que abrirnos, porque finalmente, como dice el capítulo décimo sexto de San Marcos, el Evangelio ha de llegar a toda la creación.

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