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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestra liturgia católica celebra a Jesucristo. De modo intenso, el comienzo de su vida, en los tiempos de adviento y navidad, y luego su final en esta tierra, en cuaresma y pascua. El resto del año es el tiempo ordinario.
Homilía i112004a, predicada en 20110614, con 4 min. y 25 seg. 
Transcripción:
Vamos avanzando por la semana número once del tiempo ordinario. Recordemos que en la liturgia de nuestra Iglesia Católica existen lo que se llaman tiempos. De esos hay unos que llamamos tiempos fuertes, porque se concentran como con intensidad en un misterio de la vida de Cristo. Así, por ejemplo, el Adviento, el tiempo de Adviento va con el tiempo de Navidad. Esos dos van juntos. El Adviento prepara y el tiempo de Navidad celebra el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Esos dos son tiempos fuertes Adviento y Navidad y forman una pareja. Sí, Adviento y Navidad se concentran en el comienzo de la vida de Cristo. Hay otros dos tiempos litúrgicos que miran al final de la vida terrena de nuestro Señor. Ellos son Cuaresma y Pascua. También estos dos van juntos las semanas de Cuaresma, esos cuarenta días y luego los cincuenta días de Pascua forman una unidad. Esta vez el centro es el misterio de misterios y la solemnidad de solemnidades, a saber, la Pascua, la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. ¿Esto qué quiere decir? Esto quiere decir que nosotros somos invitados durante ese tiempo a fijarnos como con intensidad en el final de la vida de Cristo. Adviento y Navidad nos invitan a concentrarnos en el comienzo de la vida del Señor. Cuaresma y Pascua, el final de la vida de Cristo. Pero entre ese comienzo y ese final está el camino, el recorrido que hizo Jesús. Y esto es lo que recordamos en todas las otras semanas del año que se llaman entonces el tiempo ordinario. En el tiempo ordinario recorremos la vida, pero para ser más precisos, el ministerio de Cristo. Podemos decir acompañamos a Jesucristo en su ministerio. Ministerio quiere decir, la manera como Él sirvió a Dios y se hizo también servidor de nosotros. Ese servicio fue a través de la predicación, a través de la oración, a través de los milagros y los exorcismos. Jesucristo, con todas estas acciones, con sus oraciones, palabras, exorcismos, milagros, estaba revelando el reino de Dios. Así, por ejemplo, en los evangelios de la misa de estos días, vamos siguiendo el capítulo quinto de San Mateo. Es decir, estamos siguiendo de un modo pausado lo que podemos llamar el sermón más extenso de Cristo. Es llamado el Sermón de la Montaña. Se encuentra entre los capítulos cinco y siete, es decir, cinco, seis y siete de San Mateo. Y nosotros vamos siguiendo poco a poco, como quien va tomando a sorbos ese mensaje de Jesús. Es posible que Cristo no hubiera dicho todas estas palabras exactamente en este orden. No había grabadoras en aquella época. Pero al agrupar ese material, esas palabras de Cristo, el evangelista Mateo nos da una idea muy precisa, amplia y completa de cómo enseñaba el Señor. Eso es lo que vamos encontrando en el Evangelio. Y durante estos días, en la semana once del tiempo Ordinario, nos encontramos con la segunda Carta a los Corintios, con el testimonio de uno San Pablo que tomó desde el fondo de su corazón y abrazó en el fondo de su corazón la enseñanza de Cristo. Creo que estas explicaciones nos ayudan a descubrir mejor en dónde estamos y qué riquezas nos está ofreciendo la Iglesia cada día. Estuvo contigo Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores.

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