Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El amor necesita ser comparado y comprobado.

Homilía i112003a, predicada en 20010619, con 15 min. y 51 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Queridos hermanos. El refrán dice que las comparaciones son odiosas. Sin embargo, en las lecturas del día de hoy encontramos varias comparaciones y los que hacen esas comparaciones no son cualquier persona. El gran apóstol San Pablo utiliza comparaciones y nuestro Señor Jesucristo, maestro de maestros, utiliza comparaciones. De todo lo que se puede comentar a partir de las lecturas de hoy. Yo quiero hablar sobre esto de las comparaciones porque a veces creemos que una comparación solo puede engendrar envidia si uno queda muy pequeño en si no orgullo si uno queda muy grande. Pero resulta que las comparaciones, así como pueden dar malos frutos, también pueden dar buenos frutos. Hay una manera buena de compararse y hay una manera buena de comparar.

Las lecturas de hoy nos enseñan cuál es esta manera buena. Dice el apóstol San Pablo a la comunidad de Corinto, una comunidad que se sentía llena de carismas, rebosante del Espíritu Santo. Les dice: Que quiere poner a prueba, el amor. Les hablo del empeño que ponen otros para comprobar si vuestro amor es genuino. No es cualquiera. Es San Pablo. Y está diciéndole: Voy a medirlo en el amor. En el amor, hay un aspecto interior, subjetivo, propio de las intenciones, lo que uno tiene por dentro, el sentimiento. Nuestro mundo está acostumbrado a hablar del amor solo en términos del sentimiento, lo que uno tiene por dentro, ese aspecto es importante. Pero San Pablo hoy nos enseña que no es el único. El amor necesita también de una voz exterior, que en este caso es la del mismo apóstol, una voz para medir. Quiero medir tu amor.

Creo que muchos diríamos con la mentalidad de hoy eso es imposible. ¿Quién va a medir mi amor? ¿Quién puede saber si mi amor es genuino? Es genuino porque yo lo siento. No. No porque tú lo sientas, es genuino. No porque a ti te parezca grande. Es grande. El amor necesita ser también comprobado. Y hay una comprobación del amor. Por lo menos eso es lo que nos sugiere la primera lectura. Os hablo del empeño que ponen otros para comprobar si vuestro amor es genuino. Cuando el amor se mira solamente desde el aspecto subjetivo, lo que yo estoy sintiendo no soporta ser comparado con nada ni con nadie. Lo que yo estoy sintiendo nadie lo ha sentido. Lo que yo estoy viviendo, nadie lo ha vivido. Nadie puede comprenderme. Soy único. Eso es cierto en alguna medida, pero no es toda la verdad.

Y son demasiados los engaños y los daños que se pueden causar cuando la única norma del amor es lo que yo sienta y lo que yo piense de lo que estoy sintiendo y lo que yo diga, de lo que estoy pensando, de lo que estoy sintiendo. El amor necesita también una medida exterior, y esa medida exterior, en últimas, es la generosidad que brota en términos o en la tierra de la pobreza. Ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Esa es la medida del amor. Si el amor enriquece desde su pobreza. Si el amor se puede comprobar, si produce frutos y cambia, si transforma, si soporta ser comparado y desde la pobreza, sale victorioso porque es generoso, ese amor vale la pena. ¿Qué tal que midiéramos los amores, con esta regla? Saldríamos muy tristes porque hay muchos amores que no pasan este examen, pero saldríamos muy alegres porque encontraríamos una defensa contra muchas mentiras que se dicen en nombre del amor. Todos los desastres en la vida de la pareja nacen porque el amor es solamente un sentimiento. Es que mis intenciones son buenas. Es que lo que yo siento por ti. ¿Y quién mide eso? No, nadie lo puede medir. Simplemente yo lo siento.

Bueno, hoy te necesito. No, eso no entra dentro de mi idea de amor. Quiero contar contigo en este momento. No, no, no, eso no entra dentro de mi esquema. Yo si siento mucho, pero no puedo servirte. No puedo ayudarte. Ese sentimiento causa mucho daño. Cuando el sentimiento se levanta como única autoridad para decir qué es el amor, hace mucho daño. Porque cada persona se imagina que el otro está sintiendo lo que él mismo siente y eso llega al engaño. Y qué duro despertar de ese engaño. ¡Ah! Entonces no estás sintiendo lo que yo creía. Pero me dijo que me amaba. Me dijo que yo era todo para él. Sí, pero es que vaya usted a saber qué significa, yo soy todo para ti o tú eres todo para mí. Pero eso, hay una medida exterior y hay que saber tener el valor de tomar el sentimiento que uno tiene y ponerlo junto a esa regla que se llama la cruz de Jesucristo.

Las reglas del verdadero amor son uno, permite la comparación. Un amor que no permite comparaciones, un amor que pretende presentarse como absoluto, como único en su especie, es un ídolo. El amor permite comparaciones. Así como se oye. Porque ahí está que San Pablo les dijo: Los estoy comparando a ustedes con los de Macedonia. Un amor de puro sentimiento dice ¡Ay, no! Pero cómo nos va a comparar si nosotros somos los corintios de por Dios, ¿cómo nos compara? Somos los corintios. Pues señores Corintios, vamos a ver si ustedes aman como aman los macedonios. Punto.

El amor verdadero está calcado en la cruz de Cristo. No tiene miedo ni de ser comparado, ni tiene miedo de ser pobre, ni tiene miedo de ser generoso. Eso es amor. Eso es amor. En el Evangelio nos encontramos también con otra comparación. una comparación supremamente antipática. Tengamos en cuenta que Cristo dirige estas palabras a oyentes judíos. Y los judíos. Ustedes saben lo que pensaban los judíos. Los judíos sentían que había dos tipos de personas que no merecían ni el más mínimo aprecio o respeto. Los publicanos, que eran gente de raza judía pero que trabajaba para el Imperio Romano, eran los encargados de los impuestos. Los miraban como los peores traidores de la patria, de la raza, de la fe, los publicanos y los gentiles. Es decir, los no judíos para los judíos piadosos. Había dos personas que no merecían ningún amor, ningún respeto, y que sólo merecían desprecio.

Los publicanos y los gentiles. Y Cristo los compara. ¿Si amáis a los que os aman, qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Ese que tú desprecias. Si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Este que tu desprecia. Que duras tuvieron que sonar estas palabras en los oídos de los judíos. Me está comparando a mí con un desgraciado publicano? ¿Me está comparando a mí, a mí, que soy judío, que soy creyente, me está comparando a mí con un gentil que no tiene ni siquiera la ley de Moisés? Si, no hacen lo mismo, también los publicanos no hacen lo mismo también los gentiles. Te está comparando con ellos. Las comparaciones son odiosas. Pues sí, Sí, es cierto. Es cierto que son odiosas, pero cuando el Maestro es Jesucristo.

Cuando el propósito es la maduración en la fe. Cuando se trata de creer a fondo y de encontrar la verdad del corazón. A veces se necesitan comparaciones y Cristo las hizo, como en el Evangelio de hoy. ¿Qué tal esa pregunta? ¿Qué te diferencia del publicano? ¿Qué te diferencia del pagano? ¿Qué te diferencia de él? Si tú dices que tienes una fe mejor, es posible que tienes más conocimientos. Es posible. Pero en tu vida rige el mismo egoísmo, la misma conveniencia que en cualquiera que no tiene fe. ¿De qué sirve tu fe? Compárate con el que no cree y mira a ver si de ahí sacas algo en claro de qué está haciendo la fe en verdad en tu vida. Hermanos míos, es un lenguaje duro. Tuvo que haber sido un golpe fuerte para esos oyentes y tal vez sea todavía un golpe fuerte para nosotros.

Pero Dios sabe que cuando se trata de encontrar la verdad del corazón humano, hay una asignatura que es necesario aprobar y es saber soportar la comparación, descubrir que muchas de nuestras cosas son mentira, que no somos ni tan amorosos, ni tan generosos, ni tan piadosos, ni tan buenos como creemos o como hacemos creer que somos. No somos todo eso. Necesitamos humillarnos en la presencia de Dios y descubrir en él nuestra única riqueza de estas comparaciones.

Estoy seguro de que todos o casi todos, salimos desaprobados, salimos en rojo, pero hay que admitirlo y hay que acercarse donde Cristo para decirle: Señor Jesús, quiero que sepas que me duele mucho que me compares mucho y me duele tanto porque me duele descubrir lo profundo de mi verdad. No amo como yo creí que amaba, no me aman como yo creí que me amaban. Pero ahora, Señor, frente a la verdad de tu cruz y frente a tu palabra vigorosa, descubro qué es lo que hay en realidad en mi corazón. Y así, humillado, quiero venir ante ti para que tu corazón haga mi corazón.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM