Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Cómo entender lo de la otra mejilla

Homilía i111009a, predicada en 20190617, con 14 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Las palabras de Cristo en el evangelio de hoy parecen una invitación a la injusticia o a la cobardía. Este filósofo anticristiano, Federico Nietzsche, decía que nosotros, los creyentes en Cristo, éramos una manada de cobardes que, como no nos atrevíamos a buscar la justicia, nos habíamos inventado el lenguaje del perdón. Es decir, que el perdón, según él, es una especie de contentillo mental, una especie de consuelo mental con el que tratamos de salvar nuestra imagen porque no nos atrevemos a luchar. La verdad es que estas palabras de Cristo, como muchas otras, están marcadas por lo que podemos llamar una exageración pedagógica. Pertenecen al Sermón de la Montaña, donde tenemos otros ejemplos de esas exageraciones. La más famosa es cuando Cristo dice: Si tu mano te hace caer, córtatela. Si tu ojo te hace caer, sácatelo. Eso se llama una exageración pedagógica.

¿Porque es una exageración? Pues es evidente porque propone un comportamiento extremo que en muchos casos sería contraproducente, destructivo. Pero es una exageración pedagógica. ¿Qué quiere decir? Que es tan violenta la imagen que le queda grabada a uno y es fácil de recordar. Tan bien le resultó a Cristo esa estrategia que, fíjate, dos mil años después seguimos recordando esas palabras. Dice el Señor: Si tu mano te hace caer, córtatela uno de imaginarse nada más una cosa tan horripilante. Le queda muy grabado lo que Cristo quiere que en el fondo entendamos. Y lo que Cristo quiere que entendamos es que no se puede estar negociando con el pecado, que hay que romper con el pecado.

Parece que en el Evangelio de hoy, versículos treinta y ocho cuarenta y dos del capítulo quinto de San Mateo, pleno Sermón de la montaña, estamos ante otra de esas exageraciones pedagógicas. Sabemos que es es efectivamente una exageración, porque en el mismo evangelio de Mateo encontramos que cuando Cristo fue golpeado por un sirviente en el Sanedrín, Caifás le pregunta sobre su enseñanza y entonces Cristo es golpeado. Porque el servidor dice que así no se le habla al sumo sacerdote y Cristo en ese momento no se limita a poner la otra mejilla, sino que cuestiona en público al sirviente y le dice: ¿Si he dicho mal, muéstrame en qué y si no, por qué me pegas? Si Cristo, el mismo que enseñó esto, tiene ese comportamiento distinto en el momento de su juicio ante el Sanedrín. Y si sabemos de la coherencia y la integridad absoluta de Cristo, pues nos damos cuenta que esta enseñanza es una exageración pedagógica. Sí, es una exageración pedagógica. Quiere decir que tenemos la tarea de encontrar cuál es el contenido. En el caso de aquello de arrancarse la mano o sacarse el ojo. Podemos pensar que el contenido que Cristo quiere es: no te pongas a jugar o a negociar con el pecado lo que tienes que suspender. Suspéndelo. Lo que tienes que cortar, córtalo. Esa es la enseñanza.

Pero por supuesto, con esa imagen tan gráfica y otra vez repito la expresión con esa exageración pedagógica se nos graba mucho mejor. Teniendo en cuenta ese recurso literario que no es extraño en la Biblia, en los Proverbios, en la literatura sapiencial, encontramos varias de estas expresiones así exageradas. En los salmos también. El ejemplo más conocido de los Salmos es cuando dice el salmista: que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti. Es algo exagerado, es algo brutal, pero es una manera de expresar con bastante fuerza y con algo fácil de recordar la grandeza del amor que aquel judío tiene por la Ciudad Santa, por la ciudad de Jerusalén. ¿Y cuál es la enseñanza que no es tampoco tan difícil de encontrar? Porque tenemos una frase preparatoria. Jesús dice: Ustedes han oído que se dijo ojo por ojo, diente por diente. Eso es lo que se conoce como la ley del Talión. Es un recurso legal para tratar de frenar un poco la venganza.

Nosotros, que estamos atentos a las noticias, vemos cuál es la lógica que suele haber en esos países del Medio Oriente. Muchas veces es una lógica salvaje, brutal. Tú me hiciste un daño, yo te devuelvo ocho veces, veinte veces el daño, porque conmigo no te vas a meter. Me mataste a uno. Te mato a cuarenta. Esa exageración, esa brutalidad trata de ser contenida por la ley del Talión. La ley del talión no es una invitación a la crueldad, es más bien un modo de intentar limitar la violencia. No hagas más daño del que te hicieron a ti para tratar de contener la violencia. Pero Jesús se da cuenta y así nos lo enseña, que la Ley del Talión, aunque sea una mejora con respecto a la brutalidad pura, al estilo de Caín, aunque sea una mejora con respecto a la crueldad demencial de un hombre como Lamec, aquel descendiente de Caín que decía El que me golpee lo paga con la vida.

O sea, por un moretón que me dejen al golpearme yo mato a uno. Aunque la ley del talión sea una mejora, aunque sea un poquito más humana en un cierto sentido. Jesucristo se da cuenta de que se queda demasiado corta. ¿Por qué? Porque imagínese que usted intentara aplicar la Ley del Talión a todas las áreas de su vida y a todos los momentos de su día. Imagínese que usted tratara de aplicar eso. ¿Cómo se vuelve algo sencillo que todos conocemos la vida comunitaria? Ah esta hermana no me saludó hoy, mañana yo no la saludo. Esta no me trató bien tengo que ocuparme tratarla mal mañana. Esa sería la ley del Talión. La ley del Talión sería esa. Me podía haber ayudado y no me ayudó. Tengo que tenerlo presente para cuando me pida un favor. Cuando me pida un favor. Se lo niego. Se lo niego porque se lo niego. Esa sería la ley del Talión.

Uno se da cuenta de que la ley del Talión vuelve, aunque sea un intento de frenar la brutalidad y la crueldad. La ley del Talión finalmente nos vuelve máquinas de venganza, máquinas de continuo desquite y sobre todo, llena nuestro corazón, llena nuestra mente de una amargura y de una continua estrategia defensiva que nos esteriliza, que nos bloquea, que hace imposible avanzar. Decía el Papa Francisco refiriéndose a la familia. Decía: Sin perdón no puede existir familia. Porque si yo estoy llevando cuentas de todo lo que me hicieron y yo vivo con cuarenta personas, que es más o menos, por cierto, el número de frailes que tengo allá en mi convento en Bogotá. Si yo vivo con cuarenta, entonces tengo que tener una cantidad de archivos y una memoria estúpidamente desperdiciada, llevando cuentas de qué me hizo este y qué me hizo el otro y el otro que me hizo. Y cuando me desquito. Qué infierno de vida. Qué porquería de vida, qué miseria de vida.

Entonces el grito de Cristo, el llamado de Cristo, es rompe, rompe esa cadena, rompe esa cadena. No vivas en función de la venganza, no vivas en función de la venganza. No vivas en función del desquite, sobre todo por un hecho, porque la persona que está siempre atenta a qué me hicieron y qué me hicieron es una persona que muy a menudo va a tener sus ojos muy mal puestos y va a haber insultos donde no lo hay, exclusión donde no la hay, maltrato donde no lo hay. Todos conocemos algunas personas que se van volviendo hipersensibles y todo les duele y todo es terrible. Y cómo me tratan ¡Ahhh! Y su vida es un lamento perpetuo. Eso sucede porque cuando uno está tan atento a lo que me están haciendo. Entonces uno no tiene tiempo ni siquiera para darse cuenta del bien que uno podría hacer y que ha dejado de hacer.

Entonces, ¿cuál es la invitación de Cristo aquí con ese lenguaje que hemos llamado exageración pedagógica? ¿Cuál es el mensaje de Cristo? Rompe esos ciclos, rompe esos ciclos, deja que la vida fluya. Deja que tu propia vida sea libre de un pasado permanente. Ya les dije, yo tengo cuarenta hermanos que me esperan allá en Bogotá. Aunque algunos no me esperan y yo tengo claro los nombres. Pero entonces, si yo tengo claro los nombres de quién me quiere, quién no me quiere. Mi vida se vuelve una prisión. Una prisión de prejuicios y de venganzas. Y lo que está diciendo a Cristo aquí es: Rompe con eso. Tu vida es más que tus problemas. Tu vida es más que los obstáculos. Tu vida es más que las amarguras que hayas encontrado. Empieza a vivir tu vida. No vivas en función de reaccionar. Ese es un modo bonito de traducir este evangelio. No vivas en reacción a ver quién me la hizo y por qué me hizo esto.

En algunos casos, esto conduce a una enfermedad mental. Hay personas que creen que todo es por algún motivo y son personas súper sospechosas, muy más que sospechosas, esa no es la palabra suspicaces, es la palabra. Personas Suspicaces. Entonces ahora termina la misa y tal vez se me acerque alguna hermana y diga: Padre, eso lo dijo por mí, cierto. Entonces hay personas que se van llenando de suspicacia y Cristo lo que nos dice es tu vida no puede ser una montaña de suspicacias. Tu vida no puede ser una prisión de venganzas. Tu vida no puede ser una cárcel donde estás llevando las cuentas de qué me hicieron y qué me hicieron. Suelta, suelta eso, empieza a caminar. Así como el paralítico al paralítico le dice: Toma tu camilla y echa a andar, Así nos está diciendo aquí ustedes están paralizados por esas cuentas ridículas que están llevando de lo que les hicieron. Rompan con esas cuentas, empiecen a caminar. Cristo nos está librando aquí de la parálisis y en el tiempo de Cristo sí que había muchos paralíticos.

Había gente que le llevaba una cuenta estricta, sobre todo a los romanos. Este ejemplo que da Cristo. El que te obligue a caminar mil pasos, acompáñale dos mil. ¿A qué se refiere ahí? Pues según los estudiosos de estos temas, parece que Cristo se está refiriendo a la costumbre humillante que tenían las legiones romanas. Estos soldados romanos tenían que cargar una especie de morral que estoy seguro que no era nada ergonómico. Según las cuentas, pesaba entre veinticinco y treinta kilos y estos romanos tenían que caminar decenas de kilómetros al día. Entonces, agotados o simplemente cómodos, lo que hacían era tomar a cualquiera de cualquier sitio. A ver usted que yo estoy trabajando en mi campo, en ningún trabajando. Venga acá y me ayuda. Y le ponían su morral ese. Y usted camina conmigo una milla o dos millas o lo que sea. A eso es a lo que está aludiendo Cristo aquí.

Entonces la gente llevaba esas cuentas, no las cuentas de lo que me hizo mi vecino que me quiso demandar, el romano que me puso a caminar mil pasos, ese tipo de cosas. Y es como si Cristo nos dijera: no te das cuenta lo absurda, lo ridícula, lo paralítica que se te ha vuelto la vida. No te has dado cuenta de eso. No te has dado cuenta lo prisionero que estás de lo que te hicieron, de los dolores, de lo que me pasó, del resentimiento. No te das cuenta que eres un paralítico. No será la hora. No será la hora de romper con eso. Levantarte y empezar a caminar. Creo que es una invitación preciosa que nos hace el señor Recibámosla, recibámosla. Una vida un poco más libre. Una vida bastante más libre. Esa vida quiere Cristo para nosotros.

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