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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Contexto de las afirmaciones de Pablo sobre sus propias dificultades en la tarea de la evangelización.
Homilía i111006a, predicada en 20150515, con 18 min. y 26 seg. 
Transcripción:
Quiero llamar la atención sobre la primera lectura tomada de la segunda Carta de San Pablo a los Corintios. De hecho, esa segunda carta a los Corintios nos va a acompañar esta semana. Entonces vamos a tener como un hilo de reflexión en estos pasajes a partir del capítulo sexto. Conviene dar un poquito de contexto, porque Pablo habla tanto en estos capítulos de esta carta, porque habla tanto de sí mismo, de sus dificultades, de las persecuciones, de todo lo que sufre en relación al Evangelio. La razón es que a estas alturas de su servicio apostólico, Pablo ya es perfectamente consciente de una especie de competencia desleal. Quiero decir, Pablo es consciente de una dificultad que no aparecía al principio, cuando Bernabé y Pablo inician su servicio de evangelización. Puede decirse que no tienen competencia, pero después de un tiempo de estar en esa labor, le salió competencia. Y esa competencia desleal proviene de algunos hermanos que se decían enviados por Santiago. Santiago, el menor, desde la ciudad de Jerusalén. Y el grave problema es que Pablo estaba anunciando el evangelio de salvación como regalo de amor de Dios que se ha hecho presente en Cristo, y el único requisito para recibir ese regalo es abrirse con fe, con humilde pero firme fe y acoger el don. Este es el mensaje de Pablo. Dios ha hecho una oferta que es una oferta de gracia, y nosotros recibimos esa oferta a través de la fe. Tal vez las dos palabras más importantes de la enseñanza de San Pablo son esas dos: la gracia y la fe. Gracia que está indicando regalo. Fe que está indicando nuestra respuesta. Aunque ciertamente responder al regalo es otro regalo, porque la fe misma es un don. Este es el mensaje que Pablo está predicando ya desde hace unos cuantos años. Ha recorrido zonas de lo que hoy es Turquía y que en esa época se llamaba Asia Menor. Luego pasó por el lado de Macedonia. Entró a Europa empezando por la ciudad de Filipos, bajó después a Atenas y después bajó a lo que se llamaba la provincia de Acaya, cuya capital era Corinto, un puerto muy importante. Es decir, ya Pablo tiene todo ese recorrido, pero él se ha dado cuenta de que después de que él se va de una comunidad llegan los otros, los de los de la competencia y esos otros que traen un evangelio distinto, se presentan como discípulos y como enviados de Santiago, el apóstol Santiago, el menor, por supuesto, porque Santiago, el mayor, había sido ya decapitado tiempo atrás. Estos se presentan como enviados del apóstol Santiago y empiezan a confundir horriblemente a la gente. Porque lo que hacen estos que son conocidos como los judaizantes y Pablo los llama irónicamente aquí los superapóstoles. Los que lo que ellos hacen es decirle a la gente muy bueno todo lo que anda predicando Pablo, pero tengan presente que Dios escogió un pueblo y que ese pueblo, ese pueblo tiene una alianza con Dios. Entonces ustedes tienen que entrar en esa alianza y por eso tienen que circuncidarse y tienen que cumplir la ley de Moisés. Y la gente quedaba muy confundida porque resulta que Pablo les había hablado de un Dios generoso, bondadoso, compasivo y poderoso que lo único que pedía era El el que le abrieran la puerta por la fe. Eso era lo único que pedía a Dios. Pero ahora llegan estos y les hablan a los paganos y les dicen: Ustedes tienen ahora que circuncidarse y tienen que empezar a aprenderse todos los mandamientos de Moisés. Y tienen en la práctica que volverse judíos. Para mayor tristeza de San Pablo, algunas comunidades recibían este mensaje equivocado y lo acogían. El caso más dramático es el de los cristianos de una región llamada Galacia, donde está, por supuesto, la comunidad de los Gálatas. Si ustedes miran el capítulo primero de la carta a los Gálatas, se dan cuenta que Pablo siente que ha perdido su tiempo. Les dice palabras durísimas, les dice: O sea que cualquiera llega y les predica cualquier evangelio y ustedes lo aceptan. Es decir, ustedes no tienen fundamento, no tienen firmeza en lo que han creído. Ese es el drama, ese es el contexto para que entendamos qué es lo que está pasando aquí. Es un drama que tiene por lo menos tres dimensiones. Hay una dimensión existencial que tal vez es la más evidente. Pablo se pregunta ¿Estoy trabajando en vano? Porque todo lo que tiene que esforzarse y después llegan los otros a destruir. Más o menos como cuando una persona ha ayudado en la educación, en la catequesis y después de unos años se encuentra con sus exalumnos o sus exalumnas y le dice una de esas mujeres le dice: hermana, yo siempre le tendré mucho respeto, pero yo ya me liberé de las idolatrías del catolicismo. Yo ahora soy evangélica. Y siente la que catequizó a esa niña, la que era niña en esa época, siente una decepción profunda. Qué tristeza ver llegar las sectas. Qué tristeza ver que la gente se aparta del fundamento que recibió con todos los cuestionamientos y con todo el dolor que esto trae. Eso lo vivió San Pablo. Hay una dimensión existencial en estas palabras. También hay una dimensión teológica. ¿Por qué? Porque resulta que este Santiago es el autor de la carta donde se dice: La fe sin obras está muerta. De modo que Pablo tiene toda la razón al insistir en que el don fundamental lo recibimos gratis y lo recibimos por la sola fe. Pero Santiago también tiene razón cuando dice que no podemos guardar la fe como un don muerto, sino que la fe tiene que verse y tiene que verse en las obras. Entonces, el tema teológico tan interesante de la fe y de las obras, un tema en el que naufragó, por ejemplo Lutero, es un tema que también está presente aquí. Nosotros no tenemos que practicar la ley de Moisés. Por supuesto que no, pero sí estamos llamados a dar frutos. Es decir, sí tiene que hacerse visible esa obra de redención que ha llegado a nosotros. Es una dimensión teológica. Y también hay otra dimensión que podemos llamar histórica, porque nos muestra cómo el camino de la evangelización no es un camino suave que vaya ascendiendo simplemente como una pendiente amable, sino que el camino de la evangelización es siempre conflicto. Es siempre difícil. No debemos declarar católica una región, ni declarar católico un país, ni declarar católica a una familia y creer que ya porque una vez acogieron el Evangelio ya se quedaron siempre católicos. No, lamentablemente la fe es siempre y eso nos lo muestra en estos textos. La fe siempre un combate. Es un tesoro demasiado grande que toca defenderlo una y otra y otra vez. Y también en nuestras familias católicas surgen ateos, surge frialdad religiosa, surge gente que está en otros caminos. Aquí donde ustedes me ven, yo tengo un primo que es pastor protestante, aunque dicen los hermanos de él que es el único pastor que no ha aprendido bien la lección porque sigue pobre. Pero ahí se da cuenta usted. Yo tengo en mi propia familia gente que ha perdido la fe, gente que se ha apartado. Entonces es una dimensión importante. Históricamente la fe nunca es una conquista ya terminada. Siempre estaremos en combate, siempre. Bueno, con ese contexto, digamos solamente una palabra sobre el pasaje de hoy. Quiero destacar lo que nos dice el apóstol al final: somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra. Y me gusta sobre todo esto moribundos que están bien vivos, sentenciados, nunca ajusticiados. ¿Por qué destaco eso? Porque en la historia reciente de la humanidad se ha declarado muchas veces el final del cristianismo. El filósofo francés Augusto Comte declaró el final del cristianismo. Él dijo Cómo se va a acabar la fe cristiana, pero no se van a acabar los edificios que construyeron los cristianos. Entonces tengan un poco de paciencia y ya me verán predicando el positivismo en Notre Dame. No quería otro púlpito, no quería otro lugar para predicar su visión de la ciencia. Augusto Comte es un positivista, uno de aquellos que considera que la fe es una pura superstición que queda superada por la ciencia. Entonces, fíjate la presunción de este hombre Estaba tan convencido de que el cristianismo ya se va a acabar. Es que no falta nada para que se acabe. Estaba tan convencido que, según él, en su propia vida ya iba a tener tiempo para predicar el positivismo desde el púlpito de la Catedral de Notre Dame en París. Y después de él, muchos otros han anunciado el final del cristianismo. El declive radical del cristianismo. Cuando empezó a difundirse este movimiento cultural medio filosófico, medio religioso, sumamente pegajoso y ambiguo, sumamente ambiguo y persistente, llamado la Nueva Era. Cuando empezó eso de la Nueva Era, El nombre que tenía estaba basado en el acuario, es decir, en la constelación del zodiaco que se llama Acuario. Porque resulta que según ellos, por esta época precisamente del siglo veintiuno, el eje de la Tierra ya no iba a apuntar hacia la constelación de Piscis, o sea el pez, sino que iba a apuntar hacia la constelación de Acuario. Y como el pez ha sido asociado al cristianismo desde los primeros tiempos, porque la palabra pez en griego sirve como de anagrama de Cristo, no. Iesus quiere decir Jesús Soter. Y Jesús es Iesus Jesús Khristós Luego sigue la Z. zheú Hyiós Soter. Entonces Iesus quiere decir Jesús Cristo, Hijo de Dios Salvador. Por eso los cristianos utilizaban el pescadito para indicar su presencia. Por ejemplo, en las catacumbas. Entonces los de la Nueva Era decían que la tierra ya va a dejar al pescadito y que ahora va a apuntar a Acuario. El agua, el agua, el medio ambiente, la vida, la vida abundante. Entonces el cristianismo ya se va a acabar. Los primeros predicadores de la Nueva era insistían mucho en eso, en que el cristianismo ya le había sonado su hora final y ya se iba a terminar. Lo mismo en Inglaterra, en Irlanda se hacen ceremonias que intentan resucitar los cultos de los celtas y de los druidas, pueblos antiquísimos que vivieron ahí en Dinamarca erigieron en Dinamarca o en Noruega. Ahora no recuerdo. Erigieron un templo, un templo nuevo a Thor. La antigua deidad de los escandinavos. Al dios Thor. Erigieron un nuevo templo a Thor. Por supuesto, nadie cree en eso. Pero es una manera de decir lo que algunos escriben. El cristianismo fue un largo, fastidioso y vergonzoso paréntesis. Pero ya eso quedó atrás. Ahora volvemos al paganismo, volvemos a Thor, volvemos a las antiguas deidades. Lo mismo en España también hay unas manifestaciones muy claras de ese neopaganismo. No hace mucho, hace unos pocos años, que me invitaron para predicar unos retiros. Me encontré en la estación central de Atocha, que, ustedes saben, es de las más importantes estaciones de trenes en toda España. Me encontré allá en Atocha. Había una feria esotérica. Entonces ustedes vieran a los mismos españoles que escupen sobre el nombre de Cristo y se burlan de la Iglesia y viven blasfemando, haciéndose leer la mano, buscando cuál es su horóscopo, viendo a ver si un aroma o el arreglo de los muebles o unas velas de colores les van a dar la prosperidad. Eso sucede en una parte importante de España y todos ellos consideran que ya el cristianismo mira, no le queda nada. Un par de estertores y esto se extingue. Me hace acordar la palabra de San Pablo: Somos los desconocidos conocidos de sobra. Los moribundos que están bien vivos. Los sentenciados nunca ajusticiados. ¿Y esto que vale para la Iglesia? Yo le pido al Señor que se cumpla también para la vida religiosa. A veces parece que la vida religiosa ya se va a acabar, ya se va a extinguir. Mejor dicho, la última que apague la luz, por favor. Y resulta que el Espíritu Santo tiene todavía muchas sorpresas bellas para darnos. Y hay prodigios y hay maravillas que si nosotros somos fieles al Señor, estoy seguro que las vamos a contemplar y podremos decir: Nosotros somos de aquellos religiosos que la gente llamaba moribundos, pero estamos bien vivos. Nosotros somos de aquellos sentenciados a muerte que nunca fuimos ajusticiados.

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